“Durante cuatro años, lo patrociné todo. Apoyé a un artista de Iztapalapa, Damián Rojas. Pagué las facturas médicas de su madre, mandé a su hermana a una preparatoria privada y financié su carrera entera, convirtiéndolo de un don nadie en una estrella. Hice todo eso porque era el vivo retrato de mi prometido muerto. Mañana era nuestra boda. Pero esta noche, parada afuera de la casa de su familia, escuché la verdad. Estaba conspirando con su novia de la preparatoria, Karla, para plantarme en el altar. Nunca me amó; todo fue por el dinero. Su madre, a quien le salvé la vida, me llamó arrogante y dijo que yo los despreciaba. Su hermana, cuyo futuro pagué, dijo que siempre quiso a Karla como cuñada. Karla le exigió que no solo me dejara, sino que me humillara públicamente frente a todos. Y Damián, el hombre cuyo mundo construí de la nada, aceptó. Había intentado comprar un sustituto para un hombre muerto, y este era el precio. Creyeron que era una tonta a la que podían usar y desechar. Pero se equivocaron. A la mañana siguiente, grabé un video. "Damián", le dije a la cámara, "sé tu plan de dejarme en el altar. Te ahorro la molestia. Te dejo yo primero". Envié el video para que lo proyectaran en la iglesia justo cuando la ceremonia estuviera por comenzar, y luego abordé un vuelo sin regreso a Madrid.”