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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

Capítulo 1 

Palabras:659    |    Actualizado en: 08/07/2025

impecables de la mansión Vargas. Un auto deportivo, tan ruidoso y llamativo co

lado, descendió una mujer delgada, de rostro pálido y ojos grandes, que se aferró a su brazo como si temiera caerse. Era Cami

té, pero mis manos no temblaron. El corazón tampoco se me aceleró. Sol

s, como si aún les perteneciera. La

el señor Alejandr

rtó con un ges

a mi padre. Veng

ostro. Era la misma sonrisa con la que me había dejado plantada en el altar hacía

ue ya no poseía. "Ha pasado tiempo. Veo que sigues

ado, bajó la m

con ella. Pobre, deb

és de que me abandonara, encontré las fotos en una cuenta privada. Ricardo y Camila, riendo en una cabaña lujosa, no e

e cuero, el que su padre, Alejand

un viaje largo. Sírvenos algo de beber. Y después, ordena que p

llo. No tenía idea de que el castillo ya no era suyo, y

lación, las lágrimas que derramé hasta quedarme seca. Recordé cómo Alejandro, el padre de Ricardo, me encontró hecha un

ndentemente firme. "Enseguida le

as en mi espalda. Ricardo probablemente pensaba que yo seguía siendo l

cocina, una pequeña figura salió co

te enc

uro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a

. ¿Jugamos a l

salón era total. M

abierta, sus ojos desorbitados fijos en el niño que yo sostenía en mis bra

su vocecita clara

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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
“La tarde en que Ricardo regresó, el sol implacable bañaba los impecables jardines de la mansión Vargas, casi tan cegador como el traje de lino blanco que él vestía. Un deportivo, escandaloso y ostentoso como su dueño, derrapó sobre la grava, soltando a una mujer pálida y frágil, aferrada a él como si su vida dependiera de ello: Camila Soto, la influencer desaparecida. Los vi entrar por el ventanal, sin invitación, como si la casa aún les perteneciera, ignorando a una Lupe que intentaba detenerlos. "Vengo a verla a ella," dijo él, su sonrisa torcida, esa misma sonrisa de hace tres años cuando me dejó plantada en el altar, diciendo que buscaba su «espíritu» en un rancho. "Sofía," espetó, su voz cargada de una autoridad inexistente, "veo que sigues aquí, como una buena perra fiel esperando a su amo." Luego, Ricardo se desplomó en el sofá de cuero de Alejandro, su padre, y dijo: "Hemos vuelto para quedarnos." Mi corazón no tembló, solo una fría calma, la calma de quien espera una tormenta anunciada, porque sabía que él no era el rey, y yo ya no era la ingenua que él había abandonado. Él no sabía que, con Alejandro, había encontrado dignidad, un hogar y un amor profundo que sanó las heridas de su traición. Me di la vuelta para ir a la cocina, con sus miradas clavadas en mi espalda, pensando que yo seguía siendo la misma Sofía. Pero justo en ese momento, una pequeña figura se lanzó hacia mí, riendo a carcajadas. "¡Mami, te encontré!" Un niño de dos años, con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a mi pierna, ajeno a la gélida tensión que se cernió sobre el salón. "Mami," preguntó con su vocecita clara, "¿Quiénes son?"”
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