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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

Capítulo 3 

Palabras:514    |    Actualizado en: 08/07/2025

ardo era un veneno q

orpulentos que habían entrado detrás de él y permanecían en silencio junto a

na mirada incómoda. Uno de e

... es solo un ni

e cuándo mis empleados me cuestionan? ¡Les ordené que le q

ás joven dio un pas

, no haga las cosa

paso, manteniendo a Mateo pegado a mi pecho. Mate

sus hombres enfurec

"Si no pueden hacerl

mis brazos. Luché con todas mis fuerzas, girando, usando mi cuerpo co

ejeo, Camila lanz

Ay

l suelo, agarrán

icardo, Sofía m

o, estaba demasiado ocupada protegiendo a mi hi

undo. Me agarró del brazo con una fuerza brutal

ité, el pánico a

rostro a centímetros del mío, su aliento apestando a soberbia.

soladamente, llamándome. "¡Mami! ¡Mami!". El corazón se me partió en mil p

ome por dentro, doblé las rodillas y m

ila," musité

onrió, tr

o sintieras. Y quiero que admitas que este niño

mis ojos llenos de

do. Ya basta. Dev

ía hacerle un favor a la familia Vargas

ra una amenaza. El aire se me heló en los pulmones. El mundo se

de lo más profundo de mi alma. "¡Haré lo que

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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
“La tarde en que Ricardo regresó, el sol implacable bañaba los impecables jardines de la mansión Vargas, casi tan cegador como el traje de lino blanco que él vestía. Un deportivo, escandaloso y ostentoso como su dueño, derrapó sobre la grava, soltando a una mujer pálida y frágil, aferrada a él como si su vida dependiera de ello: Camila Soto, la influencer desaparecida. Los vi entrar por el ventanal, sin invitación, como si la casa aún les perteneciera, ignorando a una Lupe que intentaba detenerlos. "Vengo a verla a ella," dijo él, su sonrisa torcida, esa misma sonrisa de hace tres años cuando me dejó plantada en el altar, diciendo que buscaba su «espíritu» en un rancho. "Sofía," espetó, su voz cargada de una autoridad inexistente, "veo que sigues aquí, como una buena perra fiel esperando a su amo." Luego, Ricardo se desplomó en el sofá de cuero de Alejandro, su padre, y dijo: "Hemos vuelto para quedarnos." Mi corazón no tembló, solo una fría calma, la calma de quien espera una tormenta anunciada, porque sabía que él no era el rey, y yo ya no era la ingenua que él había abandonado. Él no sabía que, con Alejandro, había encontrado dignidad, un hogar y un amor profundo que sanó las heridas de su traición. Me di la vuelta para ir a la cocina, con sus miradas clavadas en mi espalda, pensando que yo seguía siendo la misma Sofía. Pero justo en ese momento, una pequeña figura se lanzó hacia mí, riendo a carcajadas. "¡Mami, te encontré!" Un niño de dos años, con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a mi pierna, ajeno a la gélida tensión que se cernió sobre el salón. "Mami," preguntó con su vocecita clara, "¿Quiénes son?"”
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