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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

Capítulo 2 

Palabras:560    |    Actualizado en: 08/07/2025

resonó en el sal

to, su rostro transformado por u

monios signific

acurrucó contra mi pech

es ese ni

ra calmarlo y miré a Ricar

e con sencillez.

una risa ama

tras yo sufría en mi retiro espiritual, ¿tú te

stima. Él no había sufrido. Había estado viviendo una farsa co

, corrió al lado de Ricardo, adoptando

ba cargada de veneno. "No puedo creerlo. Sofía, ¿cómo pudiste? Él

e me había visto llorar durant

scuche. Las cosas no son como u

brutalidad. "Eres una simple sirvienta. Na

n los ojos llenos d

ía siendo su prometida abandonada, una propiedad que había dejado en espera y que ahora encontraba "contaminada".

trozara, Alejandro me recogió. Me trató con un respeto que su hijo nunca conoció. Me ofreció seguridad, cariño y, con el tiempo, un amor

ra fija en Mateo. Mi instinto protector

ardo, su voz baja y peligrosa. "Esta es la casa de los Va

entar arrebatarme a

completamente entre él y mi hijo,

calmada, ahora era dura como el acero. "No te

, vio en mis ojos algo que no era la adoración ciega d

a hacer tú, Sofía? ¿Llamar a la policía? No olvides en q

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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
“La tarde en que Ricardo regresó, el sol implacable bañaba los impecables jardines de la mansión Vargas, casi tan cegador como el traje de lino blanco que él vestía. Un deportivo, escandaloso y ostentoso como su dueño, derrapó sobre la grava, soltando a una mujer pálida y frágil, aferrada a él como si su vida dependiera de ello: Camila Soto, la influencer desaparecida. Los vi entrar por el ventanal, sin invitación, como si la casa aún les perteneciera, ignorando a una Lupe que intentaba detenerlos. "Vengo a verla a ella," dijo él, su sonrisa torcida, esa misma sonrisa de hace tres años cuando me dejó plantada en el altar, diciendo que buscaba su «espíritu» en un rancho. "Sofía," espetó, su voz cargada de una autoridad inexistente, "veo que sigues aquí, como una buena perra fiel esperando a su amo." Luego, Ricardo se desplomó en el sofá de cuero de Alejandro, su padre, y dijo: "Hemos vuelto para quedarnos." Mi corazón no tembló, solo una fría calma, la calma de quien espera una tormenta anunciada, porque sabía que él no era el rey, y yo ya no era la ingenua que él había abandonado. Él no sabía que, con Alejandro, había encontrado dignidad, un hogar y un amor profundo que sanó las heridas de su traición. Me di la vuelta para ir a la cocina, con sus miradas clavadas en mi espalda, pensando que yo seguía siendo la misma Sofía. Pero justo en ese momento, una pequeña figura se lanzó hacia mí, riendo a carcajadas. "¡Mami, te encontré!" Un niño de dos años, con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a mi pierna, ajeno a la gélida tensión que se cernió sobre el salón. "Mami," preguntó con su vocecita clara, "¿Quiénes son?"”
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