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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

Capítulo 4 

Palabras:478    |    Actualizado en: 08/07/2025

ralizadas por el horror. Lupe tenía las man

r de Dios," suplicó. "Es el h

cardo sin apartar la mirada de mí. "No e

pendía de un hilo, un juguete en manos de un hombre desquiciado por el ego herido. El rostro de Mateo e

ro no es suficiente. Quiero que te arrastres hasta los pies d

anta. Pero la imagen del rostro de mi hijo, luchan

é. "Lo haré. Pero

aldad. "Arrastrate. Ahora. O juro qu

pantalón. Cada centímetro era una tortura. Camila me miraba desde el suelo, do

haciéndome caer de lado. Mi cabeza golpeó contra la pata de una mesa de

o lento,"

de dolor, vi que apretab

peligrosamente calmada. "Pedir perdón no limpiará tu deshonra.

Mateo en

humillación, todo desapareció, reem

ARDO,

manos. Sus ojos se cerraron. Dejó de llorar. El

jo. M

dolor y desesperación, s

lada y cargada de una furia que nunca antes hab

mi hijo. A

ndro. Hab

sereno y controlado, era una máscara de ira glacial. Sus ojos no estaban en Ricardo. E

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Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
Después de que me dejó, me convertí en su madrastra
“La tarde en que Ricardo regresó, el sol implacable bañaba los impecables jardines de la mansión Vargas, casi tan cegador como el traje de lino blanco que él vestía. Un deportivo, escandaloso y ostentoso como su dueño, derrapó sobre la grava, soltando a una mujer pálida y frágil, aferrada a él como si su vida dependiera de ello: Camila Soto, la influencer desaparecida. Los vi entrar por el ventanal, sin invitación, como si la casa aún les perteneciera, ignorando a una Lupe que intentaba detenerlos. "Vengo a verla a ella," dijo él, su sonrisa torcida, esa misma sonrisa de hace tres años cuando me dejó plantada en el altar, diciendo que buscaba su «espíritu» en un rancho. "Sofía," espetó, su voz cargada de una autoridad inexistente, "veo que sigues aquí, como una buena perra fiel esperando a su amo." Luego, Ricardo se desplomó en el sofá de cuero de Alejandro, su padre, y dijo: "Hemos vuelto para quedarnos." Mi corazón no tembló, solo una fría calma, la calma de quien espera una tormenta anunciada, porque sabía que él no era el rey, y yo ya no era la ingenua que él había abandonado. Él no sabía que, con Alejandro, había encontrado dignidad, un hogar y un amor profundo que sanó las heridas de su traición. Me di la vuelta para ir a la cocina, con sus miradas clavadas en mi espalda, pensando que yo seguía siendo la misma Sofía. Pero justo en ese momento, una pequeña figura se lanzó hacia mí, riendo a carcajadas. "¡Mami, te encontré!" Un niño de dos años, con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a mi pierna, ajeno a la gélida tensión que se cernió sobre el salón. "Mami," preguntó con su vocecita clara, "¿Quiénes son?"”
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