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El Precio de Predecir

Capítulo 3 

Palabras:642    |    Actualizado en: 07/07/2025

n cinc

re lo hace, arrastrando lo

ra ciudad, necesitaba poner distancia, respirar un ai

a misma casa, un mausoleo de l

había encontrado su voz en el mundo digital, se pasaba horas encerrado en su cuarto

leto en su fe, la casa estaba llena

me sentaba en la sala, ahora silenciosa y oscura

papá me cargaba en sus hombros y Leo, un be

familia nor

stra realidad era tan doloroso qu

conté a nadie, ni a la

ue me carcom

ntes de escuchar el grito de mi mad

ido en la

quieto, mirando al cielo, con una exp

sé en gritarle, en

no lo

aralizada,

aparté l

seguía en mis pesadillas, la cu

era gritado?

contradictorios, lo quería, era mi hermano pequeñ

lo odiaba por haber encendido la mecha de

rsidad cono

era luz, era ris

ura, era inteligent

idente, y lentamente, con mucho c

que podía volver a respirar, que el futuro

e noviazgo, me pidió

zón lleno de una alegría qu

egría vino tamb

ntarle formalme

je por teléfono. "Y no voy sola, Carlos viene c

aba cansada pero contenta. "Aquí los esperamo

no y sentí un nu

cena para anunciar mi compromiso, en e

s de viajar,

cama, imaginando lo

s me

Ana? Te sien

mplicada", le dije, sin atrev

ró al oído. "Todo va a esta

la inquietud seguía ahí, una corriente

cena no sería u

principio

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El Precio de Predecir
El Precio de Predecir
“Mi hermano Leo, que llevaba diez años en un silencio ininterrumpido, era una presencia extraña en nuestra casa. Mi mamá lo llamaba un alma vieja, mi papá suspiraba, esperando que algún día hablara. Yo, Ana, de diecisiete, solo veía un niño mudo. Hasta un martes por la mañana, cuando, con mi papá a punto de irse al trabajo, Leo rompió el silencio. "Papá no va a ir a la chamba", dijo con una voz rasposa pero firme, clavando mi mundo en el asombro y el miedo. Mi mamá dejó caer la licuadora, mi papá quedó petrificado en la puerta. Él se quedó en casa ese día, pero no para descansar. Horas después, lo encontré en el patio, tirado en un charco de sangre, muerto. La policía lo cerró como un trágico accidente: un sonámbulo que cayó. Pero las palabras de Leo se clavaron en mi mente; nadie más pareció notarlas, solo yo. Cinco años después, el dolor seguía, mezclado con la culpa de un secreto que guardaba. Me había enamorado de Carlos, un refugio de normalidad. Anunciar nuestro compromiso significaba volver a casa, a ese mausoleo de nuestra familia rota, y enfrentarme a Leo, ahora un adolescente distante. Intenté ignorar el nudo en mi estómago, la inquietud que me decía que esa cena familiar no sería un nuevo comienzo. En medio de la cena, Leo, de nuevo en un susurro inaudible para mí, advirtió a Carlos. "Gracias por el consejo", dijo Carlos, una extraña calma en su voz, mientras mi hermano me lanzaba una sonrisa vacía, la misma de nuestra tragedia pasada. Él negó que fuera algo importante, pero yo sabía que me estaba mintiendo. La historia se repetía, y yo estaba, de nuevo, en el centro de la tormenta. Menos de veinticuatro horas después, el mundo se derrumbó. Los titulares lo gritaron: "El \'Niño Profeta\'...es encontrado muerto. Autoridades sospechan suicidio". No podía ser, no me creí la versión oficial. La llamada de Leo antes de su muerte resonó en mi cabeza, cortada por un ruido sordo. "No vayas a la iglesia... es una trampa...", me había advertido con pánico en su voz. Justo después, Carlos tuvo un accidente, su auto destrozado. La advertencia de Leo no era una casualidad, sino una profecía. Y ahora, todo se conectaba en una telaraña oscura y pegajosa que nos estaba atrapando a todos. El miedo me invadió, un terror insoportable por Leo, por Carlos, por mi madre. Ignoré todo y tomé una decisión: debía ir a esa iglesia. Tenía que llegar al pueblo de San Miguel y descubrir la verdad, sin importar cuál fuera.”
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