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El Precio de Predecir

Capítulo 2 

Palabras:584    |    Actualizado en: 07/07/2025

rtura de murmullos y

los amigos de mi papá, sus com

y a mí, nos daban el pésame,

los susurros cuando pen

o, un acciden

el que no habla, d

mosa, son cos

uenta, que el niño t

tía en el aire, densa y pegajosa,

la, apartado de todos, sin mirar a nadie, de

, llegó el informe o

: traumatismo cran

suceso: muerte acc

cer

final lógico y trágico, un hombre so

a el vacío, no calmaba la inquietud que

he, no

que había estado g

u cuarto

su escritorio, dibu

rame", l

ojos grandes y oscuros no

a. "¿Qué pasó ese día? ¿Por qué le dijiste a papá que

miraba, e

ano. "¡Dejaste de hablar por diez años solo para decir esa fras

n por mis mejillas,

desesper

uesta, una explicac

ta, tomó un lápiz y escribió lent

ó la libre

palabras escri

quer

zón se

i papá no quería ir al traba

abría más preguntas, una

ta. "¿Después de todo lo que pasó,

vacía,

rtió en un dolor

staba segura de si era verdad.

onó, no escr

se quedó ahí

sintiendo el peso de su sil

erta, me giré para mi

onces

nrisa se dibuj

a ni de burla, era algo más,

a extraña, cas

onrisa de mi hermano silencioso en me

ndo, un miedo que me decía qu

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El Precio de Predecir
El Precio de Predecir
“Mi hermano Leo, que llevaba diez años en un silencio ininterrumpido, era una presencia extraña en nuestra casa. Mi mamá lo llamaba un alma vieja, mi papá suspiraba, esperando que algún día hablara. Yo, Ana, de diecisiete, solo veía un niño mudo. Hasta un martes por la mañana, cuando, con mi papá a punto de irse al trabajo, Leo rompió el silencio. "Papá no va a ir a la chamba", dijo con una voz rasposa pero firme, clavando mi mundo en el asombro y el miedo. Mi mamá dejó caer la licuadora, mi papá quedó petrificado en la puerta. Él se quedó en casa ese día, pero no para descansar. Horas después, lo encontré en el patio, tirado en un charco de sangre, muerto. La policía lo cerró como un trágico accidente: un sonámbulo que cayó. Pero las palabras de Leo se clavaron en mi mente; nadie más pareció notarlas, solo yo. Cinco años después, el dolor seguía, mezclado con la culpa de un secreto que guardaba. Me había enamorado de Carlos, un refugio de normalidad. Anunciar nuestro compromiso significaba volver a casa, a ese mausoleo de nuestra familia rota, y enfrentarme a Leo, ahora un adolescente distante. Intenté ignorar el nudo en mi estómago, la inquietud que me decía que esa cena familiar no sería un nuevo comienzo. En medio de la cena, Leo, de nuevo en un susurro inaudible para mí, advirtió a Carlos. "Gracias por el consejo", dijo Carlos, una extraña calma en su voz, mientras mi hermano me lanzaba una sonrisa vacía, la misma de nuestra tragedia pasada. Él negó que fuera algo importante, pero yo sabía que me estaba mintiendo. La historia se repetía, y yo estaba, de nuevo, en el centro de la tormenta. Menos de veinticuatro horas después, el mundo se derrumbó. Los titulares lo gritaron: "El \'Niño Profeta\'...es encontrado muerto. Autoridades sospechan suicidio". No podía ser, no me creí la versión oficial. La llamada de Leo antes de su muerte resonó en mi cabeza, cortada por un ruido sordo. "No vayas a la iglesia... es una trampa...", me había advertido con pánico en su voz. Justo después, Carlos tuvo un accidente, su auto destrozado. La advertencia de Leo no era una casualidad, sino una profecía. Y ahora, todo se conectaba en una telaraña oscura y pegajosa que nos estaba atrapando a todos. El miedo me invadió, un terror insoportable por Leo, por Carlos, por mi madre. Ignoré todo y tomé una decisión: debía ir a esa iglesia. Tenía que llegar al pueblo de San Miguel y descubrir la verdad, sin importar cuál fuera.”
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