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La Pena Merecida Tardía Pero Llega

Capítulo 4 

Palabras:1068    |    Actualizado en: 04/07/2025

o había insistido, después de que un médico privado que mi tía llamó le p

despejada. Más despejada que nunca. El ataque de Ricardo y Camila, lejos de romperme,

uso dormido, parecía estar de guardia. Tenía ojeras, y

Este era el amor de verdad. No los grandes gestos vacíos de Ricardo, sino el silencio cómodo,

la barra, había un periódico. Mi tía lo había dejado allí. En la sección de sociales, había una

NTINÚA: SOFÍA VARGAS SUFRE OTRO

tiva, no se había tragado el cuento de Ricardo. Escribió sobre la extraña llegada de Ricardo y Camila, sobre la tensi

victoria, pero e

teo estaba despierto, de pie en la

" preguntó, su voz

esa de mármol," dije con una sonrisa to

acercó y preparó café para los dos, moviéndose por l

con un amigo mío que es un genio de la ciberseguridad. Vamos a nece

cetos, los discos duros, todo, en el taller de

" dijo inmediatamente.

respondí. Una idea empeza

do. Era la madre de Ricardo, la señora Angélica Montiel. Una

He oído las cosas terribles que han pasado. Estoy tan pr

lica," dije, sin pac

se volvi

obre una boda. Espero que sea solo eso, un rumor. Sería una terrible mancha

mí es robar mi trabajo

los Montiel te abre todas las puertas. Una alianza con un don nadie te las cierra para siempr

ntiel era poderosa en ciertos círculo

con una dulzura venenosa. "Pero ya he to

asustó. Me dio el empuj

io se opusieron, dijeron que era demasiado arriesgado. Pero le

xclusivos de la ciudad. Se aseguró de que los paparazzi fueran alert

podrían resistirse a la oportunidad de crear

mis vendajes. Mateo, guapísimo con un traje a la medida, actuand

y Camila ya estaban en una

a, en el centro del restauran

poner un brindis. Por mi sobrina, Sofía. Y por su prometido, Mateo Durán. Dos personas ma

os cegaron. Miré a Ricardo. Su rostro era una máscara de furia c

eso rápido pero ll

ese momento, supe que era la

respondió, sus

on la noticia, envié un mensaje

hor

ad, estaba entrando en la casa que una vez compartí con Ricardo. Tenían una hora. Una hora p

ante, con miradas y rumores. Pero la verdadera guerra es

champán. El juego había cambi

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La Pena Merecida Tardía Pero Llega
La Pena Merecida Tardía Pero Llega
“El olor a desinfectante me asfixiaba. En la cama del hospital, las luces brillantes del techo no me dejaban olvidar. El coche que se pasó el alto, el golpe seco contra la ventana, todo era fresco en mi memoria. Pero debajo de eso, una avalancha de recuerdos aterradores. Eran de otra vida. Una donde un accidente como este no me salvó. En esa vida, corría hacia mi destrucción. Hacia Ricardo Montiel, el influencer de sonrisa perfecta que me esperaba en un restaurante de lujo. Listos para su "gran sorpresa". La sorpresa era un anillo. Un "sí" que fue el principio de mi fin. Ricardo y Camila Soto, su socia, me despojaron de todo: mi talento, mi dinero, mi alma. Mis diseños, mi trabajo, con su nombre en la etiqueta. Yo, relegada a la sombra, alimentando su éxito. La última memoria era la más clara y fría: él riéndose, diciéndome que yo fui un "escalón necesario". Me echaron de la casa que yo pagué. Sola y en bancarrota, un coche me atropelló. Mi último pensamiento, Mateo Durán. El único que me advirtió. Una enfermera rompió mi trance. Miré el calendario digital. ¡Era el día! El día de la propuesta. ¡El accidente me había salvado! Una furia fría reemplazó el pánico. Esta vez, las cosas serían diferentes. Mi celular vibró. Ricardo. "Mi amor, ¿dónde andas? Te estoy esperando. La sorpresa de tu vida te espera, no tardes." Su voz, antes melosa, ahora me provocaba asco. "Ricardo. Se acabó. No vengas. No me busques. Terminamos." Colgué. Bloqueé su número, luego el de Camila. Sentí un alivio inmenso. Pude respirar de nuevo. La puerta se abrió de golpe. Mi tía Carmen, mi ancla, entró pálida. "¡Mija! ¿Estás bien?" "Mejor que nunca. Acabo de terminar con Ricardo." "Ya era hora," dijo mi tía, con una pequeña sonrisa. "Ese hombre nunca me dio buena espina." Pero Ricardo no aceptaba un "no". Apareció en el hospital, furioso, exigiendo explicaciones. "No me puedes dejar. No después de todo lo que me debes." Su frase, antes manipuladora, ahora solo mostraba su patetismo. Mi tía, como un látigo, lo detuvo: "Suéltala, Ricardo. Ahora mismo." Él me soltó, con una mirada venenosa. "Esto no se queda así, Sofía," prometió. La guerra acababa de empezar. Y esta vez, yo estaba lista. El dolor de la humillación, del abandono. La rabia. Pero debajo, la tristeza por la Sofía ingenua. Esa Sofía estaba muerta. Recordé la traición más grande: el departamento de mi abuela vendido para financiar su primer evento. "Una inversión en nuestro futuro," me dijo. Nunca vi un peso. Pero ahora, en esta nueva vida, el departamento era mío. La primera pieza que le arrebaté. Fue entonces cuando apareció Mateo Durán. Mi mejor amigo. El chef increíblemente talentoso. El hombre que siempre me amó en secreto. "Sof," dijo en voz baja. "Tu tía me llamó. ¿Cómo estás?" Me trajo pan de elote. Ricardo nunca recordó mi pan favorito. No iba a cometer el mismo error. Necesitaba un escudo. Una declaración de intenciones. Lo miré a los ojos. "Mateo. Cásate conmigo." El silencio. Su rostro, una mezcla de sorpresa y alivio. "¿Tú... acabas de terminar con Ricardo?" "Nunca he pensado con tanta claridad. Por favor, solo di que sí. Te lo explicaré todo." La puerta se abrió. Ricardo y Camila. Ella, hermosa y calculadora. Él, el novio herido. "¡Sofía, querida! ¡Nos enteramos y vinimos corriendo!" dijo Camila, su voz puro almíbar. Ambos se detuvieron al ver a Mateo. La mirada de Ricardo se endureció. "¿Qué hace él aquí?" espetó. Tomé la mano de Mateo, entrelazando mis dedos. "Está aquí conmigo. Le acabo de pedir que se case conmigo." La mandíbula de Camila cayó. Ricardo se puso pálido, luego rojo. "¡Qué! ¡Estás en shock! ¡No sabes lo que dices!" gritó. "Ayer me decías que me amabas. ¿Y ahora esto? ¿Con él? ¿Un simple cocinero?" La ira me encendió. "Ese 'simple cocinero' es más hombre de lo que tú serás en toda tu patética vida. Así que ahora, por favor, lárgate de mi habitación." Ricardo, derrotado, intentó culparme: "Después de todo lo que he hecho por ti. Me necesitas." Me reí. "No, Ricardo. Tú me necesitas a mí. Pero esa fuente se secó. Se acabó el juego." Mientras se iban, Ricardo me lanzó una mirada de odio, una promesa de destrucción. Pero esta vez, yo no estaba sola. Apreté la mano de Mateo. La batalla por mi futuro había comenzado. Y acababa de elegir a mi general.”
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