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La Madre Ciega y Su Fin

Capítulo 2 

Palabras:718    |    Actualizado en: 03/07/2025

a joven, con cara de no saber qué decir, le entregó a Armando una bolsa de plástico transparente. Dentro, estaban las pertenenci

, señor. Fue insta

n se lo quitaba? Sostuvo la bolsa con manos temblorosas, como si pesara una tonelada. El oficial dijo algo más sobre

intió una náusea violenta subirle por la garganta. Se dobló en dos y vomitó en las jardineras, un espasmo amargo que le sacudió todo el cuerpo, pero

arto y la luz de la luna que se colaba por la ventana iluminó algo sobre la cama. Era un traje de mariachi. Un traje nuevo, de tela cara, con bordados de plata que brillaban en la

con su ropa de trabajo humilde, en una motocicleta vieja y peligrosa, se superpuso a la del traj

el sol y el sudor. Armando la descolgó y la abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo la cara en la tela, tratando de encontrar el último rastro del olor de su hijo. Y entonces se derrumbó. Un sollozo seco y

a escuchó tararear una canción de mariachi mientras entraba. Luego, su voz, alegre y un poco arrastrada por el

zo una pausa. "¿Armando? Ay, no te preocupes por él. Y

miseta de Juanito con más fuerza, las

pura farsa para que no me pida nada. Aquí la que manda soy yo. Todo lo que tenemos, tod

odrida que había sostenido toda su vida juntos. El aire se le escapó de los pulmones. Se quedó inmóvil en la oscuridad

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La Madre Ciega y Su Fin
La Madre Ciega y Su Fin
“El teléfono sonó, rompiendo la calma de la madrugada en mi pequeña panga. Era el Hospital General, hablando de un accidente, una motocicleta y de mi hijo, Juanito, el campeón que intentaba saldar nuestras deudas. Las deudas que Sofía había acumulado. Desesperado, marqué el número de mi esposa una y otra vez, pero nadie respondía. Recordé la estúpida fiesta que Sofía había organizado para su primo Ricardo, un mariachi con más ego que talento, una fiesta costeada con el dinero que no teníamos. Llegué, con mi ropa de pescador apestando a mar, a una mansión alquilada donde la música de mariachi atronaba. En el centro, como una reina de hielo, estaba Sofía, riendo con Ricardo en un vestido rojo que nunca le vi. Cuando le dije que Juanito había sufrido un grave accidente, me soltó con desprecio: "No me arruines la fiesta. Ricardo está a punto de cantar" . Ese día, mi hijo murió. La policía me entregó sus pocas pertenencias, incluida su cartera con una foto de su primer equipo de fútbol. Sufrió, sí, pero el verdadero sufrimiento era el mío. Regresé a casa y encontré sobre la cama un costoso traje de mariachi para Ricardo, comprado con el mismo dinero que Juanito, en su moto vieja, intentaba recuperar. Y luego escuché la voz de Sofía: "Lo del pescador pobre es una farsa... todo lo que tengo es para ti, Ricardo. Tú eres mi familia de verdad" . Las palabras de mi esposa me destrozaron. Mi hijo había muerto, y para ella, todo había sido una mentira. Me odió por estropear su noche, y yo no entendía cómo podía haber vivido tanto tiempo con una extraña. Pero la confusión se convirtió en una fría determinación. No, yo no era la farsa. Pronto, la verdad saldría a la luz.}”
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