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La Madre Ciega y Su Fin

Capítulo 1 

Palabras:751    |    Actualizado en: 03/07/2025

n las manos ásperas y agrietadas por la sal y el trabajo, lo sacó con torpeza de su bolsillo. El olor a

Bue

o. Armando no entendió la mitad de las palabras, pero comprendió el final. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó sobre la red de pesca. El mundo se detuvo. El suave vaivén de la barca se conv

udas d

os, tres veces. El tono de llamada sonaba y sonaba en el vacío, una y otra vez, hasta que la operadora le decía que el número n

esta..." susurró al viento, pero so

ego que talento. Sofía había estado planeándola durante semanas, gastando el dinero que no tenían. "Es una inversión, Armando. Cuando R

. No le importó el olor a pescado ni la mugre. Condujo su vieja camioneta hasta la dirección que Sofía le había

omo una reina en su corte, estaba Sofía. Llevaba un vestido rojo, brillante y ajustado, que él nunca le había visto. Se reía a carcajadas de algo que le decía su primo Ri

sintiendo sus miradas de desprecio sob

Sof

ró de la cara al verlo. Fue un insta

ces aquí así vestido? Me es

n susurro fr

r, con la voz rota. "Hubo un accid

e preocupación. Su mirada se desvió hacia

do. Estoy ocupada. Ricardo está a p

grave!" insistió él,

ó con un tir

és hablamos. No me

o, viendo cómo ella levantaba su copa para brindar, completamente ajena a la tragedia que él le anunciaba. En ese instante, algo dentro de Armando se rompió para siempre. No era solo la falta de amor, era

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La Madre Ciega y Su Fin
La Madre Ciega y Su Fin
“El teléfono sonó, rompiendo la calma de la madrugada en mi pequeña panga. Era el Hospital General, hablando de un accidente, una motocicleta y de mi hijo, Juanito, el campeón que intentaba saldar nuestras deudas. Las deudas que Sofía había acumulado. Desesperado, marqué el número de mi esposa una y otra vez, pero nadie respondía. Recordé la estúpida fiesta que Sofía había organizado para su primo Ricardo, un mariachi con más ego que talento, una fiesta costeada con el dinero que no teníamos. Llegué, con mi ropa de pescador apestando a mar, a una mansión alquilada donde la música de mariachi atronaba. En el centro, como una reina de hielo, estaba Sofía, riendo con Ricardo en un vestido rojo que nunca le vi. Cuando le dije que Juanito había sufrido un grave accidente, me soltó con desprecio: "No me arruines la fiesta. Ricardo está a punto de cantar" . Ese día, mi hijo murió. La policía me entregó sus pocas pertenencias, incluida su cartera con una foto de su primer equipo de fútbol. Sufrió, sí, pero el verdadero sufrimiento era el mío. Regresé a casa y encontré sobre la cama un costoso traje de mariachi para Ricardo, comprado con el mismo dinero que Juanito, en su moto vieja, intentaba recuperar. Y luego escuché la voz de Sofía: "Lo del pescador pobre es una farsa... todo lo que tengo es para ti, Ricardo. Tú eres mi familia de verdad" . Las palabras de mi esposa me destrozaron. Mi hijo había muerto, y para ella, todo había sido una mentira. Me odió por estropear su noche, y yo no entendía cómo podía haber vivido tanto tiempo con una extraña. Pero la confusión se convirtió en una fría determinación. No, yo no era la farsa. Pronto, la verdad saldría a la luz.}”
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