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Capítulo

Fuertemente influenciado y tomando por piedra angular "La vida es sueño" de Calderón de la Barca, Amado Nervo implica en este cuento que toda vigilia es sueño y los sueños, nos permiten acceder, aunque sea por un sólo instante al mundo verdadero.

Clásico 1
No.1

Al lector

Este cuento debió llevar por título «Segismundo o la vida es sueño», pero luego elegí uno más breve, como para ser voceado en la Puerta del Sol por vendedores afanosos, entre el ajetreo y la balumba de todas las horas. «Un sueño», llamose, pues, a secas, y con tan simple designación llega a ti, amigo mío, a hablarte de cosas pretéritas que suelen tener un vago encanto…

Claro que no es un cuento histórico. Mi buena estrella me libre de presumir tal cosa, ahora que tanto abundan los eruditos y los sabios, a mí, que por gracia de Dios no seré erudito jamás, y que sabio… no he acertado a serlo nunca.

Es, sí, un cuento de «ambiente histórico», como diría un italiano. Lo que pasa en él, «pudo haber sido».

Si hay contradicciones, si hay inexactitudes y errores, si esto no se compadece con aquello, si lo de acá no concierta con lo de allá, perdónamelo, amigo, pensando que Lope de Figueroa no ha existido nunca; que todo fue un sueño, a ratos lógico, desmadejado y absurdo a ratos, y que, como dijo el gran ingenio, a quien fui a pedir un nombre para bautizar estas páginas, «los sueños… ¡sueños son!».

Amado Nervo

Capítulo 1

Lope de Figueroa, Platero

Cuando Su Majestad abrió los ojos, todavía presa de cierta indecisión crepuscular que al despertarse había experimentado otras veces, y que era como la ilusión de que flotaba entre dos vidas, entre dos mundos, advirtió que la fina y vertical hebra de luz que escapaba de las maderas de una ventana, era más pálida y más fina que de ordinario.

Su Majestad estaba de tal suerte familiarizada con aquella hebra de luz, que bien podía notar cosa tal. Por ella adivinaba a diario, sin necesidad de extender negligentemente la mano hacia la repetición que latía sobre la jaspeada malaquita de su mesa de noche, la hora exacta de la mañana, y aun el tiempo que hacía.

Todos los matices del tenue hilo de oro tenían para Su Majestad un lenguaje. Pero el de aquella mañana jamás lo había visto; se hubiera dicho que ni venía de la misma ventana, ni del mismo cielo, ni del mismo sol…

Mirando con más detenimiento, Su Majestad acabó por advertir que, en efecto, aquella no era la gran ventana de su alcoba.

¡Vaya si había diferencia!

Su humildad y tosco material saltaban a la vista. Su Majestad se incorporó a medias en el lecho, y apoyando la cabeza en la diestra púsose a examinar en el aposento, estrecho y lucido de blanco, en la media luz, a la cual iban acostumbrándose ya sus ojos, lo que le rodeaba.

Al pie del lecho, pequeño y bajo, había un taburete de pino, y sobre él, en desorden, algunas prendas de vestir. Una ropilla y un ropón de modesta tela, harto usada, unas calzas, una capa. Más allá, pegado al muro, un vargueño, cuyos cerrojos relucían redes, algunas estampas de santos y en un rincón una espada…

Su Majestad se frotó los párpados con vigor, y cada vez más confusa buscó maquinalmente la pera del timbre eléctrico, que caía casi sobre la almohada, aquella pera de ágata con botón de lapislázuli, que tantas veces oprimió entre sus dedos, y a cuya trémula vibración respondía siempre el discreto rumor de una puerta, que, al entreabrirse, dejaba ver, bajo las colgaduras, la cabeza empolvada de un gentilhombre de cámara.

Pero no había timbre alguno…

Su Majestad, sentada ya al borde del lecho, perdida absolutamente la moral, sintiendo algo así como una terrible desorientación de su espíritu, el derrumbamiento interior de toda su lógica, más aún, de su identidad, quedose abismada.

En esto, la puerta que Su Majestad, por invencible hábito, suponía que era una ventana que caía sobre la gran plaza de Enrique V, se entreabrió, y una figura de mujer, alta, esbelta, armoniosa, se recortó en la amplia zona de luz que limitaban las maderas.

-Lope -dijo con voz dulcísima de un timbre de plata-, ¿estás ya despierto?

Su Majestad -o mejor dicho Lope-, estupefacto, quiso balbucir algo; no pudo y quedose mirando, sin contestar, aquella aparición.

Era, a lo que podía verse, una mujer de veinte años, a lo sumo, de una admirable belleza. Sus ojos, obscuros y radiantes, iluminaban el óvalo ideal de un rostro de virgen, y sus cabellos, partidos por en medio y recogidos luego a ambos lados, formando un trenzado gracioso que aprisionaba la robusta mata, eran de un castaño obscuro magnífico. Vestía modestamente saya y justillo negros, y de los lóbulos de sus orejas, que apenas asomaban al ras de las bandas de pelo, pendían largos aretes de oro, en los cuales rojeaban vivos corales.

-¿Duermes, Lope? -preguntó aún la voz de plata-. Tarde es ya, más de las siete… Recuerda que mañana ha de estar acabada la custodia. El hermano Lorenzo nos ha dicho que en el convento la quieren para la fiesta de San Francisco, que es el jueves.

-¡Lope! -murmuró Su Majestad- ¡Lope, yo!… ¿Pero quién sois vos, señora?…

-¿Bromeas, Lope? -respondió la voz de plata-. ¿O no despiertas aún del todo?

Y acercándose con suavidad puso un beso de amor en la frente de Su Majestad, murmurándole al oído:

-¡Quién he de ser, sino tu Mencía, que tanto te quiere!

Lope se puso en pie, restregose aún los ojos, se palpó la cabeza, el cuello, el busto, puso sus manos sobre los hombros de la joven, y convencido de que aquello era objetivo, consistente, de que no se desvanecía como vano fantasma, se dejó caer de nuevo sobre el lecho, exclamando:

-¡Estoy loco!

-¿Por qué? -insinuó la voz de plata.

-¿Quién ha podido traerme aquí?… Yo soy el Rey…

-Cierto -dijo Mencía con tristeza-. ¡Lo has dicho tanto en sueños!…

-¡Cómo en sueños!

-¡Soñabas agitadamente! ¡Hablabas de cosas que no me era dado entender! ¡Dabas títulos! ¡Conferías dignidades!

-¡Yo!…

-Ibas de caza… Nunca, Lope, habías soñado tanto ni en voz tan alta… Por la mañana, tu dormir se volvió más tranquilo, y yo me marché a misa con ánimo de que reposaras aún hasta mi vuelta. Lope, mi Lope querido, ¿te vistes? Ya es tarde… ¡Has de acabar mañana la custodia!

* * *

¿Sería dado, al que esto escribe, expresar la sensación de costumbres, de familiaridad, de hábito, que iba rápidamente invadiendo el alma de Lope?

¡El pasmo se fue, se fue la estupefacción; quedaba un poco de asombro; lo sustituyó cierta sorpresa, un resabio de extrañeza, de desorientación; luego, nada, nada (tal es nuestra prodigiosa facultad de adaptación a las más extraordinarias circunstancias); nada que no fuera el sentimiento tranquilizador de la continuidad de una vida ya vivida que sólo había podido interrumpir por breves horas un ensueño que él había sido engañoso: el de rey!

¡Peregrino ensueño! Mientras se vestía, referíalo a grandes rasgos a la ideal mujer de los ojos luminosos y de la voz de plata:

«Yo era rey, un rey viejo de un país poderoso del Norte de Europa. Vivía en un gran palacio rodeado de parques. Mis distracciones eran la caza y los viajes por mar en un "yate". Poseía también automóviles… ».

Y seguía su historia.

La celeste criatura movía la cabeza corroborando con signos afirmativos el relato de Lope, entre sorprendida y confusa:

-Sí, cierto -interrumpía a cada paso-, eso soñabas… , eso decías, esas palabras desconocidas pronunciabas…

Y añadía pensativa:

-¡Raras cosas se sueñan!

-Tú has tenido siempre letras, Lope -continuó después de una pausa-; no es extraño, pues, que dormido imaginases historias peregrinas…

-¡Bien dices, Mencía, raras cosas se sueñan!

-¡Raras cosas se sueñan, Lope!

Capítulo 2

Los sueños son así

En la pieza contigua había una gran mesa, sobre la cual, en medio de un desorden de herramientas, de crisoles, de barras metálicas diversas, de envoltorios con limaduras, y otros con piedras preciosas, se erguía una custodia de plata con relicario de oro.

Era la obra del platero Lope, para el convento.

No lejos de la mesa, un gran bastidor sobre toscos pies de madera enmarcaba, bien restirada, una tela de seda, bordada, en gran parte, con diversos motivos, también de oro y plata, siendo el principal un divino Pastor que llevaba al hombro, amoroso, a la oveja perdida. Era aquella labor, visiblemente destinada a un ornamento de iglesia, la obra de Mencía.

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