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Cuando el legendario CEO de una editorial comienza a perder la memoria, su hija debe regresar para salvar el legado familiar no solo del olvido, sino de un antiguo protegido despiadado que busca aprovechar la debilidad de su mentor para ejecutar una toma hostil. Julián Casal es el último gran editor de la vieja escuela. Su firma, Editorial Legado, es un bastión de la cultura impresa. Pero a sus 72 años, el hombre que nunca olvidaba una cita empieza a fallar. Un diagnóstico temprano de Alzheimer amenaza con desmoronar su imperio desde dentro, mientras él se atrinchera en la negación, confundiendo la ayuda con traición. Elena, su hija, ha construido una exitosa carrera como arquitecta lejos de la sombra de su padre. Sin embargo, el caos financiero y los errores erráticos de Julián la obligan a volver. Lo que encuentra no es solo a un padre enfermo, sino a un lobo en la puerta. Adrián Varo, el antiguo pupilo de Julián, ahora CEO de un gigante tecnológico de lectura digital, huele la sangre. Adrián, quien conoce los secretos y las manías de Julián mejor que nadie, ve en la enfermedad de su ex-mentor la oportunidad perfecta para una venganza intelectual y comercial. Su plan: desacreditar a Julián públicamente, devaluar la empresa y comprar su catálogo a precio de saldo para alimentar su algoritmo, desmantelando el legado físico que Julián construyó.

Capítulo 1 El Vacío entre las Palabras

El Salón de Baile del Círculo de Bellas Artes olía a una mezcla muy específica de éxito y decadencia: cera para madera antigua, perfume francés de trescientos euros y el rastro metálico del champán helado. Para Elena Casal, ese olor era la esencia misma de su padre. Un aroma que proyectaba una seguridad que ella, como arquitecta acostumbrada a estructuras tangibles, siempre había encontrado sospechosa.

Elena ajustó el tirante de su vestido negro, sintiéndose como una intrusa en un templo. Había pasado diez años construyendo una vida de hormigón y cristal, lejos de las metáforas y las intrigas de la industria editorial, pero allí estaba, sentada en la mesa presidencial. A su derecha, una silla vacía esperaba al hombre de la noche.

-Está nervioso -susurró Marcos, el director adjunto de Editorial Legado, inclinándose hacia ella. Marcos llevaba veinte años siendo la sombra de Julián, un hombre cuya lealtad era tan absoluta que rozaba la ceguera.

-Mi padre no se pone nervioso, Marcos. Mi padre "genera expectativa" -respondió Elena con una ironía que no llegó a ocultar su propia inquietud.

En el otro extremo del salón, cerca de una de las columnas monumentales, una figura destacaba por su inmovilidad. Adrián Varo. Elena lo reconoció antes de verlo de frente. Tenía la misma postura depredadora de siempre: los hombros relajados, la barbilla ligeramente alzada, sosteniendo una tablet en lugar de una copa de cristal. Adrián no estaba allí para celebrar; estaba allí para auditar. Como CEO de Vértice Digital, él representaba todo lo que Julián despreciaba: la literatura como "contenido", el libro como "dato". Pero también era el hombre que, cinco años atrás, Elena había creído amar.

Adrián levantó su copa hacia ella en un saludo silencioso y gélido. Sabía algo. Elena lo sintió en la boca del estómago.

Las luces parpadearon y el murmullo de la élite cultural madrileña se extinguió. Julián Casal emergió de las sombras del lateral del escenario. A sus setenta y dos años, seguía siendo una figura imponente. Su melena plateada brillaba bajo los focos y su paso era firme, casi marcial. El aplauso fue unánime, un estallido de respeto hacia el hombre que había mantenido a flote la alta literatura en español durante cuatro décadas.

Julián se colocó tras el atril de madera noble. No llevaba papeles. Nunca los llevaba. Se jactaba de tener una memoria fotográfica que le permitía recitar poemas enteros en tres idiomas.

-La memoria -comenzó Julián, y su voz de barítono llenó el salón sin necesidad de esfuerzo-, es el único archivo que no admite copias de seguridad.

Hubo una risa ligera en la audiencia. Era una pulla directa a los "hombres digitales" como Adrián Varo.

-He pasado cuarenta años rodeado de palabras -continuó-. Palabras que sobreviven a guerras, a crisis económicas y a la tiranía de la inmediatez. En Editorial Legado, siempre hemos creído que un libro es un contrato de permanencia entre el autor y el tiempo.

Elena relajó los hombros. Era el discurso perfecto. Julián estaba "encendido", usando esa retórica que mezclaba la erudición con la calidez humana. Durante quince minutos, construyó una catedral de ideas. Habló de la importancia de la pausa, de la belleza del papel rugoso y de cómo la cultura es lo único que nos separa del caos.

Adrián Varo, desde su columna, no apartaba los ojos de Julián. Su expresión era la de un entomólogo observando un espécimen bajo el microscopio.

-Pero nadie camina solo en esta selva de papel -dijo Julián, bajando el tono de voz para el cierre emocional-. Este premio a la trayectoria no me pertenece a mí. Le pertenece a la persona que, en 1982, decidió que mi sueño de publicar libros de poesía en un garaje no era una locura. A la mujer que fue el primer lector de cada manuscrito y el último baluarte de mi cordura.

Elena sintió un nudo en la garganta. Sabía que venía el nombre de su madre, Marta. Era el ritual. El homenaje que Julián rendía en cada ocasión importante desde que ella falleció.

Julián hizo una pausa. Fue una pausa un segundo más larga de lo habitual.

-Quiero dedicarle este honor a... -Julián se detuvo de nuevo.

El silencio, que hasta entonces había sido de respetuosa admiración, empezó a transformarse. Se volvió denso. Elena vio cómo la mano izquierda de su padre, apoyada en el atril, empezaba a presionar la madera hasta que los nudillos se volvieron blancos.

-A mi... -Julián carraspeó. Sus ojos, antes chispeantes, se fijaron en un punto inexistente en el fondo del salón.

Elena se inclinó hacia adelante, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. "Dilo, papá. Marta. Solo tienes que decir Marta", pensó con una urgencia que le quemaba.

Julián abrió la boca, pero no salió sonido alguno. Por un instante, la máscara de confianza se desmoronó. Sus ojos se volvieron hacia la mesa presidencial, buscando a Elena. En ese segundo, ella no vio al gigante de la edición; vio a un náufrago pidiendo aire. Fue un grito silencioso que solo ella pudo escuchar.

-... A mi mujer -dijo finalmente. La palabra salió seca, genérica, desprovista del nombre propio que la hacía única-. A ella. Gracias.

Julián bajó del escenario casi antes de que los aplausos comenzaran. Fueron aplausos confusos, interrumpidos por susurros. El Rey de la Palabra acababa de perder la palabra más importante de su vida.

Cuando Julián llegó a la mesa, no miró a nadie. Se sentó y tomó una servilleta, doblándola una y otra vez con una precisión obsesiva.

-Julián, ha sido... magnífico -balbuceó Marcos, intentando salvar la situación.

-Me ha cegado un foco -cortó Julián. Su voz era ahora una cuchilla de hielo-. No veía las caras. Un deslumbramiento, eso es todo.

-Padre... -empezó Elena, poniendo una mano sobre la suya.

Julián la apartó con una brusquedad que la dejó sin aliento. -Estoy bien, Elena. No me analices como si fuera uno de tus edificios en ruinas.

Antes de que ella pudiera responder, una sombra se proyectó sobre la mesa. Adrián Varo estaba allí, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos calculadores.

-Felicidades, Julián -dijo Adrián. Su tono era suave, casi compasivo, lo que lo hacía doblemente peligroso-. Un discurso... revelador. Especialmente el final. La memoria, como bien dijiste, no admite copias de seguridad.

Julián se puso en pie, recuperando su estatura, aunque Elena notó que le temblaba ligeramente el mentón.

-Varo. No sabía que dejaban entrar a algoritmos en el Círculo de Bellas Artes.

-Vine a ver la historia, Julián. Pero me parece que lo que he visto es el epílogo.

Adrián miró a Elena. Hubo un destello de algo parecido a la lástima en sus ojos, o quizás era simple anticipación. -Elena, qué alegría verte de vuelta en el fango. Te queda bien el luto.

-No es un luto, Adrián. Es una gala -respondió ella con la mandíbula apretada.

-Dales tiempo -dijo él antes de darse la vuelta-. Las dos cosas suelen parecerse mucho al final.

Adrián se alejó, perdiéndose entre la multitud que ya empezaba a especular. Elena miró a su padre. Julián estaba mirando su copa vacía, con una expresión de vacío absoluto que la aterrorizó más que cualquier amenaza de Adrián.

En ese momento, Elena Casal supo que su vida como arquitecta había terminado. No podía dejar que la biblioteca de su padre se quemara mientras ella miraba desde la distancia. La estructura de Editorial Legado estaba fallando, y el cimiento principal, la mente de Julián, acababa de mostrar su primera grieta irreparable.

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