El Odio de Mi Hermano

El Odio de Mi Hermano

Gavin

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Capítulo

El calor de Jalisco me envolvía, marcando un día más en mi sencilla infancia junto a Ricardo, mi hermano menor. Pero una punzada helada me atravesó, un recuerdo químico, insoportable: mi propia muerte, cuarenta años en el futuro, envenenada por él. La imagen de Ricardo, ya adulto, diciéndome: "Ojalá te murieras antes, Sofía. Arruinaste mi vida" , resonó como un eco horrendo. Me había salvado de unos secuestradores cuando éramos niños, pero él siempre lo vio como el robo de un destino de riqueza. ¿Cómo pudo el amor de una hermana convertirse en el veneno de su odio? Parpadeé y regresé a ese preciso día, donde mi hermano de seis años se acercaba a un coche polvoriento, con una pareja sonriente ofreciéndole dulces. Esta vez, las palabras de mi yo futuro, la mujer traicionada, resonaron en mi mente: "¡Justicia! ¡Venganza!" .

Introducción

El calor de Jalisco me envolvía, marcando un día más en mi sencilla infancia junto a Ricardo, mi hermano menor.

Pero una punzada helada me atravesó, un recuerdo químico, insoportable: mi propia muerte, cuarenta años en el futuro, envenenada por él.

La imagen de Ricardo, ya adulto, diciéndome: "Ojalá te murieras antes, Sofía. Arruinaste mi vida" , resonó como un eco horrendo.

Me había salvado de unos secuestradores cuando éramos niños, pero él siempre lo vio como el robo de un destino de riqueza. ¿Cómo pudo el amor de una hermana convertirse en el veneno de su odio?

Parpadeé y regresé a ese preciso día, donde mi hermano de seis años se acercaba a un coche polvoriento, con una pareja sonriente ofreciéndole dulces. Esta vez, las palabras de mi yo futuro, la mujer traicionada, resonaron en mi mente: "¡Justicia! ¡Venganza!" .

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5.0

"¿Sofía? ¿Has sabido algo de Jorge?" El teléfono no paraba de sonar, una y otra vez, con la misma pregunta, el mismo tono de urgencia de mis suegros y mi padre. Acababa de dar a luz sola, mi pequeña Luna dormía a mi lado, ajena al mundo y al hombre que nos abandonó. Nadie preguntó cómo estaba yo. Solo por Jorge, mi esposo. La noche que todo se rompió, él miraba la televisión, hipnotizado por la noticia: "LAURA VEGA, DESAPARECIDA EN ZONA DE COMBATE". Laura Vega, su ex, su obsesión. Aquella cuya sombra siempre sentí. Sus ojos no me veían, solo a ella. Su decisión fue instantánea, loca: "Tengo que encontrarla", me dijo mientras yo sentía las primeras contracciones. "¿Qué estás diciendo, Jorge? Soy tu esposa, vamos a tener una hija", le supliqué, pero él ya empacaba, ciego, sordo. El dolor se hizo insoportable, la fuente se rompió, el líquido manchó el suelo. "Jorge, estoy de parto", le dije con la voz rota. Me miró, vio el charco. Una fracción de segundo de duda, luego la maleza de su obsesión le cubrió el rostro. "Llama a una ambulancia, Sofía. Estarás bien", dijo, y siguió empacando. Me apoyé en el umbral, el dolor cada vez más fuerte. "Si cruzas esa puerta ahora", mi voz sonó como hielo, "no vuelvas. Para nosotras, estarás muerto." "Cuando vuelva con Laura, lo entenderás", respondió. Y se fue. Se llevó todo: mi paz, mi confianza, y hasta el último centavo de nuestra cuenta conjunta. Me dejó aquí, sola, a punto de parir, para ir tras una fantasía. "¿Cómo pudiste?", chillaron. "¡Es tu esposo! ¡El padre de tu hija!" "Corazón es lo que a él le faltó", les respondí. El circo mediático, las llamadas, el acoso de su familia, la humillación pública... Era demasiado. Me llamaron fría, sin corazón. ¿Yo? ¿Sin corazón? La traición, el desamparo, el miedo me habían endurecido. Pero mi hija, mi Luna, era mi ancla. Y por ella, no iba a sucumbir. No me iba a derrumbar. No iba a suplicar. Iba a pelear. Iba a desmantelar cada parte de la vida que compartíamos. Iba a recuperar lo que era mío. Y él, Jorge, el "héroe", pagaría las consecuencias.

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