Siete Años de Una Farsa

Siete Años de Una Farsa

Bo Bo

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Capítulo

Era el séptimo aniversario de bodas y la tensión en el comedor de los Fuentes era palpable, Sofía, como siempre, sostenía una sonrisa forzada, mientras su esposo, Ricardo, un genio arqueólogo, permanecía ajeno, rígido y distante. Todo se vino abajo cuando, intentando mostrar fotos familiares, la pantalla grande del comedor proyectó, por error, la transmisión en vivo de la cámara de seguridad del estudio de Ricardo. Lo que vimos nos heló la sangre: gemidos ambiguos de dolor y placer, Ricardo aferrado a su escritorio, y una mujer, Elena Vargas, su supuesta "terapeuta", asistiéndole con una pericia explícita en su cuerpo. La humillación me quemaba la cara; él, que se estremecía con mi roce, ¿pagaba a otra para excitarse así? Sin decir una palabra, cancelé mi beca en Florencia, mi sueño de toda la vida, y con la voz extrañamente calmada, marqué el número de un abogado: "Buenas noches, hablo para solicitar una cita para iniciar un trámite de divorcio".

Introducción

Era el séptimo aniversario de bodas y la tensión en el comedor de los Fuentes era palpable, Sofía, como siempre, sostenía una sonrisa forzada, mientras su esposo, Ricardo, un genio arqueólogo, permanecía ajeno, rígido y distante.

Todo se vino abajo cuando, intentando mostrar fotos familiares, la pantalla grande del comedor proyectó, por error, la transmisión en vivo de la cámara de seguridad del estudio de Ricardo.

Lo que vimos nos heló la sangre: gemidos ambiguos de dolor y placer, Ricardo aferrado a su escritorio, y una mujer, Elena Vargas, su supuesta "terapeuta", asistiéndole con una pericia explícita en su cuerpo.

La humillación me quemaba la cara; él, que se estremecía con mi roce, ¿pagaba a otra para excitarse así?

Sin decir una palabra, cancelé mi beca en Florencia, mi sueño de toda la vida, y con la voz extrañamente calmada, marqué el número de un abogado: "Buenas noches, hablo para solicitar una cita para iniciar un trámite de divorcio".

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La invitación llegó en un sobre nacarado, con letras doradas que anunciaban el evento del año. Isabella, la flor y la promesa de nuestra generación, se casaba con Ricardo, el magnate más joven. Con una falsa generosidad, invitó a todos, menos a mí. Mi nombre, Sofía, no estaba en la lista, como esperaba. Para ella, siempre fui una sombra, una vieja insignificante. "No estás invitada a mi boda", dijo Isabella, sus ojos fríos como el hielo, su voz, veneno disfrazado de miel. Me acusó de ser una cazafortunas, de no merecer ni el aire que respiraba. "Entiendo", le respondí con calma, intentando ahogar la rabia que me quemaba por dentro. Entonces, me empujó, me arrastró por el cabello y me metieron a la fuerza en una camioneta de lujo. Me llevaron a la perrera municipal, arrojándome a una jaula inmunda. Allí, encadenada y humillada, fui testigo de lo impensable. Regresó con sus amigas, y mientras se burlaban, Isabella golpeó mi rodilla con su tacón. El dolor era insoportable, pero no tanto como ver a mi leal Pancho, mi pequeño chihuahueño, interponerse entre nosotras, valiente hasta el final. "No… por favor, no…" , supliqué entre lágrimas, ofreciéndole todo mi dinero, mi fortuna entera, si tan solo lo dejaba ir. Pero ella se rió. Y luego, ante mis impotentes ojos, lo mató. El chillido final de Pancho resonó en mi alma, rompiéndola por completo. "Soy… la abuela de Ricardo" , logré susurrar entre los golpes, mientras ella se reía, pensando que estaba loca. Me arañó la cara con sus uñas, y luego, con los restos de un plato de cerámica, aceró un trozo a mi mejilla. La sangre brotó, y ella sonrió. "Ahora tienes una marca que te recordará tu lugar cada vez que te mires al espejo" . Pero en la oscuridad de esa jaula, mientras abrazaba el cuerpo sin vida de Pancho, algo se encendió en mí. La Matriarca había despertado. Y mi venganza sería legendaria.

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El temporizador sonó, y ahí estaba: dos líneas rosas. ¡Iba a ser mamá! Tomé mi teléfono para contárselo a mi Mateo, mi esposo, el amor de mi vida. Pero una notificación, un video de un número desconocido, me detuvo. Lo reproduje, esperando un chistorete. La imagen borrosa de Mateo en un bar ruidoso, riendo a carcajadas con una cerveza. Luego, sus palabras: "¿Sofía? La rutina mata todo, ¿sabes? A veces parece que ya no la amo tanto como antes" . Mi mundo se desmoronó. Mi felicidad se evaporó, reemplazada por un frío que me caló hasta los huesos. ¿Quién envió esto? ¿Por qué? Lo vi una y otra vez, esperando que el significado cambiara, que hubiera entendido mal. Pero no, la frase se repetía en mi cabeza como un eco infernal. Con las manos temblorosas, abrí Instagram: Mateo, sonriendo con una tal Ximena, su "colega" , la misma que comentaba en nuestras fotos, ¡" #RelationshipGoals" ! La hipocresía me golpeó como una bofetada. Esperé a Mateo, le mostré el video. Su sonrisa se desvaneció, no por culpa, sino por fastidio. "Fue una broma, Sofía. Estábamos tomando, no significó nada. No exageres" . Al día siguiente, en la cafetería, lo vi con ella. Juntos. Riendo. Él la protegía, y el perfume de ella, ese que negaba, ahora lo inundaba. "¿Desde cuándo?" , le espeté. Ximena, la hipócrita, sonreía, mientras yo, rota, gritaba: "¿Te acuestas con ella y yo soy la que te avergüenza?" . En mi rabia, mi bolso cayó, revelando... la caja de la prueba de embarazo. Mateo me empujó, y caí. Un dolor agudo me atravesó. Mucha sangre. Estaba perdiendo a nuestro bebé. Mi resentimiento, al ver la crueldad de Ximena hacia un indefenso gatito callejero, se transformó en una determinación inquebrantable. En el hospital, con el doctor Alejandro Díaz consolándome, Mateo admitió que él me había empujado. Entonces, mi voz, clara y firme como nunca, anunció: "Quiero el divorcio, Mateo" . La frase selló mi libertad.

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