El Canto de la Venganza

El Canto de la Venganza

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Capítulo

El dolor agudo en mi pecho fue lo último que sentí. A través de mi visión borrosa, vi a Pedro, el vocalista de "El Zorro de Seis Colas", arrodillado frente a mi hermana Elena. "¡Si no fuera por ti, yo debería haber sido el mariachi de Elena, y ya estaríamos juntos!", su voz llena de un resentimiento que nunca antes había escuchado, resonó en mis oídos antes de la oscuridad. Entonces, un destello cegador. Abrí los ojos bruscamente. Había vuelto, el día exacto de mi mayor humillación y de mi muerte. Pedro se arrodillaba en el escenario, pero no ante mí, sino ante Elena. "Elena", su voz profunda y resonante, "tu talento es una estrella brillante, mientras que el de tu hermana ya está en declive. Te ofrezco mi lealtad y mi carrera. Por favor, permíteme ser tu mariachi". La declaración fue una bofetada en público. Elena sonreía, sus ojos brillaban con un triunfo mal disimulado. Mi padre, ignorando mi presencia, se aclaró la garganta, su silencio una aprobación. Pedro se giró hacia mí, su expresión ya no era devoción, sino fría condescendencia. "Sofía, sé que compusiste 'Corazón de Agave' para mí. Pero eso fue un golpe de suerte. Tu estrella se está apagando. Elena es el futuro". "Todo lo que hiciste por mí, te lo agradezco", continuó, su tono ligero. "Fue una inversión. Te daré el doble de lo que gastaste en mí. Con eso, estamos a mano y podemos cortar lazos por completo". "Incluso te compensaré por esas pequeñas heridas en tus manos. Cien mil pesos deberían ser suficientes para cualquier tratamiento estético", dijo con una sonrisa. El aire se escapó de mis pulmones. En mi vida pasada, esto me destrozó. Pero ahora, solo sentía un frío glacial. Levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos, una calma escalofriante en mi sonrisa. "De acuerdo", mi voz clara y firme en el silencio. "Acepto. Cortamos lazos. Eres libre, Pedro". La sorpresa cruzó sus rostros. No esperaban que yo lo dejara ir con tanta facilidad. Pero ya no era la misma Sofía. La mujer que murió con el corazón roto había aprendido la lección. Y esta vez, la que iba a reír al final sería yo.

Introducción

El dolor agudo en mi pecho fue lo último que sentí.

A través de mi visión borrosa, vi a Pedro, el vocalista de "El Zorro de Seis Colas", arrodillado frente a mi hermana Elena.

"¡Si no fuera por ti, yo debería haber sido el mariachi de Elena, y ya estaríamos juntos!", su voz llena de un resentimiento que nunca antes había escuchado, resonó en mis oídos antes de la oscuridad.

Entonces, un destello cegador.

Abrí los ojos bruscamente. Había vuelto, el día exacto de mi mayor humillación y de mi muerte.

Pedro se arrodillaba en el escenario, pero no ante mí, sino ante Elena.

"Elena", su voz profunda y resonante, "tu talento es una estrella brillante, mientras que el de tu hermana ya está en declive. Te ofrezco mi lealtad y mi carrera. Por favor, permíteme ser tu mariachi".

La declaración fue una bofetada en público. Elena sonreía, sus ojos brillaban con un triunfo mal disimulado.

Mi padre, ignorando mi presencia, se aclaró la garganta, su silencio una aprobación.

Pedro se giró hacia mí, su expresión ya no era devoción, sino fría condescendencia.

"Sofía, sé que compusiste 'Corazón de Agave' para mí. Pero eso fue un golpe de suerte. Tu estrella se está apagando. Elena es el futuro".

"Todo lo que hiciste por mí, te lo agradezco", continuó, su tono ligero.

"Fue una inversión. Te daré el doble de lo que gastaste en mí. Con eso, estamos a mano y podemos cortar lazos por completo".

"Incluso te compensaré por esas pequeñas heridas en tus manos. Cien mil pesos deberían ser suficientes para cualquier tratamiento estético", dijo con una sonrisa.

El aire se escapó de mis pulmones. En mi vida pasada, esto me destrozó. Pero ahora, solo sentía un frío glacial.

Levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos, una calma escalofriante en mi sonrisa.

"De acuerdo", mi voz clara y firme en el silencio. "Acepto. Cortamos lazos. Eres libre, Pedro".

La sorpresa cruzó sus rostros. No esperaban que yo lo dejara ir con tanta facilidad.

Pero ya no era la misma Sofía. La mujer que murió con el corazón roto había aprendido la lección.

Y esta vez, la que iba a reír al final sería yo.

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