Mi Primer Amor Me Duele

Mi Primer Amor Me Duele

Gavin

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Capítulo

En el bullicioso Mercado de la Ciudad de México, mi vida giraba en torno al chisporroteo del comal y el aroma a cilantro. Era Sofía, la "chica de los tacos", y creía tener un amor platónico inofensivo por Diego, la estrella de fútbol de la prepa, un chico de sonrisa perfecta. Pero un día, después de un almuerzo dudoso, un zumbido irracional comenzó en mi cabeza, una voz clara que lo cambió todo. Cuando Diego se acercó a mi puesto, su voz sonó amable, pero la otra voz, la de mi mente, reveló una verdad brutal: "Uf, la chica de los tacos. Siempre se me queda viendo. Sus manos seguro huelen a grasa y a cebolla. Qué asco". Esa revelación me dejó sin aire, las pinzas cayeron de mis manos y el dolor en mi estómago se volvió una garra punzante. La humillación, la náusea, y el sabor amargo de la bilis y la desilusión me quemaron por dentro. Mi primer amor resultó ser una farsa, y yo, el chiste. Días después, el infierno continuó: choqué con Diego en el pasillo y, mientras estaba en el suelo, su pensamiento resonó: "Genial. Lo que me faltaba. La chica rara de los tacos tirada a mis pies. Qué patética se ve". La humillación se hizo carne y hueso. El punto de quiebre vino cuando Valeria, la hija del magnate del tequila, y amiga de Diego, me acusó de robar un collar. Me sentí sucia, pobre, insignificante, y Diego permaneció en silencio, cómplice de su crueldad. Al comprender que él nunca me defendería, que sólo la elegiría a ella, decidí que no iba a destruirme. Quemé mi diario con los sueños tontos de un amor platónico y las cenizas se llevaron a la chica que fui. Años después, siendo una chef exitosa y con un nuevo amor, el destino nos puso de nuevo en la misma mesa. Diego, ya no el ídolo, sino un hombre con el semblante cansado, intentó acercarse. Pero la chica que él conoció, la estúpida que lo admiraba, ya no existía. La había matado.

Introducción

En el bullicioso Mercado de la Ciudad de México, mi vida giraba en torno al chisporroteo del comal y el aroma a cilantro.

Era Sofía, la "chica de los tacos", y creía tener un amor platónico inofensivo por Diego, la estrella de fútbol de la prepa, un chico de sonrisa perfecta.

Pero un día, después de un almuerzo dudoso, un zumbido irracional comenzó en mi cabeza, una voz clara que lo cambió todo.

Cuando Diego se acercó a mi puesto, su voz sonó amable, pero la otra voz, la de mi mente, reveló una verdad brutal: "Uf, la chica de los tacos. Siempre se me queda viendo. Sus manos seguro huelen a grasa y a cebolla. Qué asco".

Esa revelación me dejó sin aire, las pinzas cayeron de mis manos y el dolor en mi estómago se volvió una garra punzante.

La humillación, la náusea, y el sabor amargo de la bilis y la desilusión me quemaron por dentro.

Mi primer amor resultó ser una farsa, y yo, el chiste.

Días después, el infierno continuó: choqué con Diego en el pasillo y, mientras estaba en el suelo, su pensamiento resonó: "Genial. Lo que me faltaba. La chica rara de los tacos tirada a mis pies. Qué patética se ve".

La humillación se hizo carne y hueso.

El punto de quiebre vino cuando Valeria, la hija del magnate del tequila, y amiga de Diego, me acusó de robar un collar.

Me sentí sucia, pobre, insignificante, y Diego permaneció en silencio, cómplice de su crueldad.

Al comprender que él nunca me defendería, que sólo la elegiría a ella, decidí que no iba a destruirme.

Quemé mi diario con los sueños tontos de un amor platónico y las cenizas se llevaron a la chica que fui.

Años después, siendo una chef exitosa y con un nuevo amor, el destino nos puso de nuevo en la misma mesa.

Diego, ya no el ídolo, sino un hombre con el semblante cansado, intentó acercarse.

Pero la chica que él conoció, la estúpida que lo admiraba, ya no existía.

La había matado.

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Romance

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Trabajé tres años como asistente personal de Roy Castillo, el heredero del imperio tequilero. Me enamoré perdidamente de él, aunque yo solo era un consuelo, un cuerpo cálido mientras esperaba a su verdadera obsesión, Scarlett Salazar. Cuando Scarlett regresó, fui desechada como si nunca hubiera existido. Fui abofeteada y humillada públicamente, mis fotos comprometedoras filtradas por toda la alta sociedad. En el colmo del desprecio, me forzaron a arrodillarme sobre granos de maíz, mientras Roy y Scarlett observaban mi agonía. Me despidieron, pero no sin antes hacerme pagar un precio final. El dolor de la rodilla no era nada comparado con la humillación, la confusión. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Por qué la mujer que amaba se convertía en mi verdugo, y el hombre al que di todo me entregaba al lobo? Él me vendió como un objeto, como una mercancía, por un estúpido collar de diamantes para Scarlett. Me arrojaron a una habitación de hotel con un asqueroso desconocido, y solo por un milagro, o quizás un último acto de misericordia de Roy antes de irse con ella, logré escapar. Decidí huir. Borrar mi antigua vida, la que había sido definida por la obsesión y el desprecio. Pero el pasado tenía garras. Las fotos, el acoso, me siguieron hasta mi refugio en Oaxaca. ¿Me dejaría consumir por la vergüenza, o me levantaría de las cenizas como el agave, más fuerte y con una nueva esencia? Esta vez, no huiría. Esta vez, lucharía.

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