Mi Salvador me Daña

Mi Salvador me Daña

Swing

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Capítulo

Mi abuela se moría y tuve que llamar a Mateo Reyes, mi amor de la infancia convertido en magnate, para una ayuda que sabía que no me daría. Su primera frase fue un gélido "¿Qué quieres, Sofía?", y al verme en Atocha, sentenció con desprecio: "¿Qué te ha pasado? Hueles a pobreza." Su prometida, Isabella, me humilló sutilmente en la mansión, luego los prestamistas me golpearon y amenazaron con revelar mi secreto: la cicatriz de una subrogación desesperada en mi abdomen. Mateo, ciego a mi dolor, me rechazó: "Deja de actuar. No soy tu salvador." La culminación fue la gala benéfica, donde fui públicamente expuesta y humillada, culminando con la "accidental" bebida derramada sobre mí por Isabella. ¿Cómo el hombre que me había amado podía odiarme tanto, sin ver el sacrificio que había hecho para salvar a mi familia? Mi cicatriz, el testamento silencioso de mi miseria, era invisible para él, y mi alma sangraba bajo sus golpes de desprecio. La muerte era mi única salida. Tras una silenciosa despedida a mi abuela, dejé una nota y me perdí en el abrazo oscuro de la noche de Madrid. Sofía Vega, la heredera arruinada, había muerto esa noche.

Introducción

Mi abuela se moría y tuve que llamar a Mateo Reyes, mi amor de la infancia convertido en magnate, para una ayuda que sabía que no me daría.

Su primera frase fue un gélido "¿Qué quieres, Sofía?", y al verme en Atocha, sentenció con desprecio: "¿Qué te ha pasado? Hueles a pobreza."

Su prometida, Isabella, me humilló sutilmente en la mansión, luego los prestamistas me golpearon y amenazaron con revelar mi secreto: la cicatriz de una subrogación desesperada en mi abdomen.

Mateo, ciego a mi dolor, me rechazó: "Deja de actuar. No soy tu salvador."

La culminación fue la gala benéfica, donde fui públicamente expuesta y humillada, culminando con la "accidental" bebida derramada sobre mí por Isabella.

¿Cómo el hombre que me había amado podía odiarme tanto, sin ver el sacrificio que había hecho para salvar a mi familia?

Mi cicatriz, el testamento silencioso de mi miseria, era invisible para él, y mi alma sangraba bajo sus golpes de desprecio.

La muerte era mi única salida.

Tras una silenciosa despedida a mi abuela, dejé una nota y me perdí en el abrazo oscuro de la noche de Madrid.

Sofía Vega, la heredera arruinada, había muerto esa noche.

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El olor a humo y a carne quemada me arrancó de la oscuridad de golpe, un grito ahogado en mi garganta. Mi corazón martilleaba, pero no había llamas, solo el frío familiar de la hacienda. Abrí los ojos, estaba viva. Estaba en mi cama. Mi calendario de escritorio marcaba el día, el mismo día en que todo se fue al infierno. El eco de la explosión final, el fuego devorándolo todo, aún resonaba. Vi a Rodrigo, mi esposo, caer en la nieve y el cuerpecito sin vida de mi pequeña Isabel. "¿Mami?" la voz de Camila, mi hija adoptiva y su preocupación ensayada, la misma de siempre. Sentí un escalofrío y la recordé, esa misma cara que me miró con odio mientras su padre, el líder del culto, nos despojaba de todo. "Estaba pensando en mis papás biológicos" , dijo Camila con esa voz suave de serpiente. "Necesitan comida. Y cobijas. Tal vez algo de dinero. Tú tienes tanto, y a ellos les falta todo." Mi estómago se revolvió. Esos animales nos encerraron en un almacén helado. Vi a Bernardo, su padre biológico, sonriendo mientras sostenía el cuchillo sobre mi Isabel. El grito de Rodrigo. Mi propio grito. El olor a sangre mezclado con tierra húmeda. ¿Cómo podía ser tan egoísta? La criamos como a una reina. Le dimos un amor que creí incondicional, un amor nacido de la culpa por perder a mi primera hija. Y para ella éramos solo un banco, un recurso inagotable. "Claro que sí, mi amor" , dije, mi voz extrañamente tranquila. Vi el destello de triunfo en sus ojos. Me levanté de la cama, mi mente trabajando a toda velocidad. El plan ya se estaba formando, frío y afilado. "Prepara una lista de lo que crees que necesitan" , le dije, "Yo me encargo de que tengan todo. Absolutamente todo lo que se merecen." Esta vez, no seremos las víctimas. Esta vez, yo seré la depredadora.

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El aire se cortaba con la anticipación. Hoy, mi esposa Sofía, la brillante cofundadora de "Innovación Financiera", finalmente me presentaría, Ricardo "El Ingeniero" Morales, no solo como el cerebro técnico, sino como su esposo oculto. Pero en el escenario, en su lugar, ella levantó la mano de Mateo Vega, el arrogante pero carismático pasante, la mano de otro. No una, sino dos veces, me humilló frente a toda la industria que yo mismo había ayudado a construir, llamándome solo un "cerebrito" y luego permitiendo que ese chico, ese pasante, me suplantara. Me vi forzado a tragar la amarga píldora de mi insignificancia. Aún peor, cuando confronté a Sofía, ella se puso de su lado, acusándome de celos y de intimidar "al futuro de la empresa". Me amenazó con arruinar mi carrera si persistía en mi "berrinche". ¿Cómo podía? ¿Cómo podía olvidar que yo hipotequé la casa de mis padres y vendí mi auto para financiar nuestro sueño? ¿Cómo podía ignorar que yo escribí cada línea de código, que yo creé cada patente? Mientras observaba a Sofía cenar con Mateo en "nuestro" restaurante, en "nuestra" mesa, la última ficha del dominó cayó. El silencio se posó en mi alma, era el momento. No más humillaciones. No más vivir en las sombras. Era hora de que mi trabajo y mi valía fueran reconocidos. Al día siguiente, con una calma que venía de lo más profundo de mi ser, le di a Sofía los papeles del divorcio y le confesé mi secreto: soy el propietario legal de todas las patentes de la empresa. Mi camino hacia la libertad, por fin, había comenzado.

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