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El Secreto de Sofía: Venganza

El Secreto de Sofía: Venganza

La música llenaba el salón, pero para Sofía, cada nota era la banda sonora de la noche perfecta que había planeado durante meses, el aniversario de la empresa que construyó con Mateo, su prometido. En su bolso, la prueba de embarazo confirmaba que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Pero su sonrisa se congeló cuando vio a Daniela, la secretaria de Mateo, entrar pálida y tambaleándose. Los ojos de Mateo no estaban en Sofía, estaban fijos en Daniela, corriendo hacia ella, ignorando a todos. La atrapó justo cuando iba a caer, y Daniela, con una mano en su vientre, anunció: "Es el bebé… a veces me hace sentir así." La palabra "bebé" resonó en el silencio como un disparo. El mundo de Sofía se derrumbó. Dejó la copa temblorosa y salió, sintiendo las miradas de lástima y burla. Al llegar a casa, Mateo la confrontó, diciendo que fue un error, que la amaba a ella y que se "encargaría" de Daniela. En un arrebato de desesperación, Sofía le mostró su propia prueba de embarazo positiva. La alegría retorcida de Mateo al saber que ella también estaba embarazada fue la gota que derramó el vaso. "No habrá ningún bebé", dijo Sofía, arrojando la prueba al inodoro, decidida a terminar con todo. Mateo no la dejó ir fácilmente; llamó a sus padres, quienes llegaron para manipularla. "Los hombres son hombres", dijo su madre, añadiendo sal a la herida. Su padre la golpeó por "deshonrar" a Mateo. Allí, Sofía lo entendió: no podía seguir siendo la víctima. La guerra apenas comenzaba, y esta vez, ella no perdería.
Subasta de Dignidad y Amor

Subasta de Dignidad y Amor

Mi esposo, Mateo, y yo éramos la pareja perfecta, el epítome del éxito en la alta sociedad de la Ciudad de México. Él, el empresario de la construcción, y yo, Ximena, la reconocida diseñadora de moda, que vestía un diseño propio y a mi lado Mateo sonreía a las cámaras. Incluso construimos un imperio juntos, o eso creía yo. Pero en la Gala Benéfica Anual de Arte, una subasta de "Corazón Roto" lo cambió todo. Una voz chillona interrumpió la noche: "¡Cinco millones de pesos!", gritó Sofía, la influencer de las redes, con una sonrisa triunfante. Esa era la cantidad exacta que había desaparecido de nuestra cuenta conjunta la semana pasada. Mi primer impulso fue gritarle, pero la frialdad tomó el control. Mientras Mateo miraba a Sofía con orgullo y fastidio, demostrando que ella era su amante, saqué mi teléfono y marqué un número bancario. "Ernesto, soy Ximena. Necesito que congeles una transacción saliente de la cuenta corporativa 77B. ¡Urgente! Considera la tarjeta asociada como robada". El mundo se detuvo. La traición no fue un descubrimiento lento, fue un golpe seco y brutal. Mateo me agarró del brazo: "¿Qué hiciste?", siseó, con una voz baja y peligrosa. "A un lugar donde aprenderás a no humillarme", dijo, sin mirarme. El auto se detuvo en un rancho aislado. Allí, con Sofía a su lado, Mateo me empujó al escenario, declarando: "Mi esposa... será vendida al mejor postor. Empezaremos con su dignidad". "No tienes nada", susurró, destruyendo mi teléfono. Pero yo tenía un secreto, un plan de contingencia escondido en mi vestido. "Ricardo… Necesito ayuda" .
Su Juego Cruel, Su Corazón Roto

Su Juego Cruel, Su Corazón Roto

Estaba a punto de casarme con Héctor de la Torre, el heredero de un imperio inmobiliario. Durante tres años, el mundo fue testigo de nuestro cuento de hadas: la pobre estudiante de arte que se robó el corazón de un príncipe. Pero en la víspera de nuestra boda, descubrí la verdad. Toda nuestra relación era una mentira, un cruel "experimento social" de tres años que él orquestó para humillarme y divertir a su amor de la infancia, Estela. La verdad salió a la luz después de que un accidente de coche revelara que tenía tres meses de embarazo. Con el corazón destrozado, entré sola a una clínica y dejé a nuestro bebé en una fría mesa de operaciones. Pero mi dolor era solo parte de su entretenimiento. Montaron un falso secuestro, y Héctor eligió "salvar" a Estela sin dudarlo, dejándome a mí para que me empujaran por un acantilado sobre un colchón de aire mientras sus amigos se reían a carcajadas. En una gala benéfica para un centro de artes en el que había puesto toda mi alma, él le dio públicamente todo el crédito a Estela, tachándome de fraude. El escándalo resultante provocó que mi mentor muriera de un infarto. Luego, enviaron un pastel de "condolencias" a su funeral. Con un glaseado alegre, decía: "¡Lamento tu pérdida! ¡Otra víctima de la broma!". Estaba firmado por ambos. Fue entonces cuando el último trozo de mi corazón se convirtió en piedra. Me alejé de la tumba, saqué mi celular e hice una llamada. -Gael -logré decir con un nudo en la garganta-, perdí la apuesta. Estoy lista para irme.
El Velo Manchado: Ximena Renace

El Velo Manchado: Ximena Renace

El frío abrazo de la decepción me asfixiaba, mientras mi vestido de novia, antes un sueño, yacía ahora sucio bajo mis rodillas en el piso de un club nocturno. Ricardo, mi prometido hasta hacía unas horas, me miraba con desprecio, sus palabras goteando veneno: "¿Por qué tenías que ser tan estúpida, Ximena? ¿Por qué tenías que meterte en mis asuntos?" La verdad de sus fraudes, de los materiales de mala calidad en sus construcciones, era un sabor amargo en mi boca. Creí que al exponerlo lo salvaba, pero solo aceleré mi propia caída. Me arrojó a las manos de un hombre corpulento con una sonrisa cruel: "Diviértete. Asegúrate de que entienda su nuevo lugar." Mi mundo se desmoronó: fui arrastrada, humillada, traicionada por el hombre que creí amar. Luego llegó la noticia: mi padre, Don Fernando, un urbanista respetado, acusado de corrupción. Y el "héroe" que lo denunció, el hombre elogiado por todos, era Ricardo Vargas. La desesperación me consumió, el dolor y la humillación eran insoportables. Cerré los ojos, deseando que todo terminara. Y entonces, desperté. El aroma a café y chilaquiles de mi madre me envolvió, la luz del sol inundaba mi habitación de la infancia. Era hoy. El día en que los padres de Ricardo Vargas vendrían a pedir mi mano. Los vi en nuestra sala, sus sonrisas fingidas, sus ojos llenos de codicia. La señora Vargas me vio y se levantó, exclamando: "¡Ximena, querida! Cada día estás más hermosa. Ricardo no deja de hablar de ti." Recordé sus verdaderas palabras de mi vida pasada: "Esa tonta de Ximena, si no fuera por el estatus de su padre, ¿quién se fijaría en ella? Ricardo solo la está usando para conseguir los contratos." Mi padre me miró con cariño: "¿Hija, qué dices?" Tomé una bocanada de aire, levanté la barbilla y los miré directamente. Mi voz, clara y firme, resonó en la habitación: "Lo siento, pero no puedo aceptar." El silencio fue sepulcral. "Ricardo Vargas no se casará conmigo," continué, mi voz cortando el aire. "Él no es digno."
Tras tu abandono, me convertí en eminencia médica

Tras tu abandono, me convertí en eminencia médica

Vivian Harrison solía ser una enfermera común y corriente en el hospital, pero tenía una rara sangre RH negativa. Hace tres años, con su sangre, rescató la vida del líder del inframundo, Archie Palmer, quien estaba al borde de la muerte. Desde entonces, se enamoró de él a primera vista. Sin embargo, cuando el hombre despertó, simplemente le entregó un contrato de matrimonio con frialdad. "Nunca le debo un favor a nadie". Este matrimonio en nombre de la gratitud se convirtió en una jaula que la confinó durante tres años. Archie la convirtió en su esposa, pero dedicó toda su ternura y devoción a otra mujer: Cassie Fuller, una chica vivaz e inocente. Él conducía a través de media ciudad en una noche de tormenta solo para quedarse con Cassie porque ella tenía miedo a la oscuridad. Gastaba una fortuna en una subasta para adquirir una joya invaluable, porque a esa chica le gustaba. Mientras que lo único que le daba a Vivian era un continuo desprecio y desconfianza. Cuando Cassie sufría incluso la más mínima aflicción, él sin dudar echaba toda la culpa a Vivian, e incluso la atormentaba y castigaba de las formas más crueles. "Tu sangre me repugna tanto como tú, Vivian". Más tarde, cuando Vivian recibió una bala fatal por él y yacía desangrándose en el suelo, ese hombre pasó fríamente junto a ella, sosteniendo a la asustada Cassie en sus brazos, sin dedicarle ni una mirada a su esposa. En ese momento, Vivian finalmente entendió que este matrimonio no era más que una broma desde el principio. Dado eso, decidió que no iba a seguir así. Sin embargo, cuando Vivian, con el cuerpo maltrecho y roto, dejó a Archie con determinación, el hombre, quien siempre había afirmado que nunca amó a Vivian, por primera vez se le enrojecieron los ojos y, desesperado, la buscó por todo el mundo.
El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

Mientras empacaba mi maleta para regresar a Andalucía, aceptando el matrimonio arreglado que mis padres proponían para huir de Madrid, el teléfono sonó. Era Valentina, con una pregunta que me heló: "¿Estás segura de esto? ¿Qué hay de Javier?" Abrí un álbum de fotos y descubrí la imagen de un hombre arrogante, el mismo que irrumpió furiosamente en mi apartamento y me trató como un objeto mientras su amante, Isabella, fingía un embarazo. La humillación se volvió una pesadilla cuando, tras un incidente traumático que culminó en un aborto espontáneo, ese mismo hombre, Javier, con una crueldad inhumana, me pateó brutalmente en el estómago. En el hospital, con la sangre manchando las sábanas blancas, el dolor físico no se comparaba con su orden fría: "¡Vas a arrodillarte ante Isabella y pedirle perdón por nuestro hijo!" ¿Perdón? ¿Por la vida de un hijo inocente que él mismo me había arrebatado con sus patadas? En ese instante, la niebla de la amnesia se disipó brutalmente, no para devolverme el amor, sino para mostrarme la cruda y fea verdad de mis últimos cinco años de estupidez. Me arrodillé, no por sumisión, sino para un último y doloroso acto de liberación: "Considéralo el pago final por mi devoción", susurré, mientras me levantaba para marcharme, dejando atrás esa vida y a ese monstruo para siempre. Salir de Madrid, dejarlo todo, era el verdadero inicio de algo puro y completamente mío.
La Humillación Imperdonable

La Humillación Imperdonable

En la sala de subastas de Polanco, la joya zapoteca que anhelaba para mi boda se convirtió en el epicentro de mi infierno. De repente, una voz dulce y serpentina, la de Sofía -la protegida de mi prometido Alejandro- irrumpió, elevando la puja por apenas un peso. La miré, extrañada, y ella me sonrió con una dulzura que me heló el alma. Las risas se alzaron, cada oferta y cada mirada de burla de Sofía, aprobadas por el silencio de Alejandro, resonaron como bofetadas. La humillación pública se volvió insoportable, pero él solo me susurró: "Mi amor, a la muchacha le encantan estas cositas brillantes, déjala, sé buena" . ¿Ser buena? Mi ira crecía, hirviendo. ¿Cómo podía permitir que su protegida me humillara, compitiendo por un símbolo tan importante para nuestra boda? La Leona estaba herida, la vergüenza ardía. En un arrebato, prendí fuego al catálogo, declarando con voz firme: "Anulo la puja. Este objeto ha sido manchado por la mala fe. Ya no tiene valor" . Alejandro, lejos de recriminarme, me besó la frente y susurró: "Qué carácter, mi Leona" . No entendí que esa noche, mi "fuego de protesta" no fue una victoria, sino una declaración de guerra. Un año después, en la subasta privada de Alejandro, mi alma se desplomó al ver mis propias fotos íntimas expuestas, cada lágrima mía valorada y subastada. "Tengo 365 fotos tuyas, Elena. Una por cada día que me has desafiado" , dijo sonriendo, "Si no quieres que caigan en manos de otros, ya sabes qué hacer. Sigue prendiendo fuegos. Usa tu dinero para comprar tu dignidad" . La sala estalló en risas. Luego, la voz de Ricardo, un socio, resonó: "La Joyería Rojas se fue a la quiebra el mes pasado" . Mi mundo se detuvo. ¿Quebrada? Mi legado. Alejandro lo había hecho. Me había despojado de todo. La combinación de la quiebra y la humillación pública era demasiado. Me tambaleé, pero en el fondo de mis ojos, la misma llama que encendió el catálogo un año atrás, empezó a arder de nuevo. "Emergencia. Alejandro me está destruyendo. Necesito el plan B. Ahora" , envié a mis amigas. Esta vez, no iba a quemar un objeto simbólico. Iba a quemarlo todo.
Diseñadora Renacida: Su Dulce Venganza

Diseñadora Renacida: Su Dulce Venganza

Cinco años, cinco largos años había esperado este momento. Hoy, la diseñadora Sofía Pérez, renacida de las cenizas, lanzaba su nueva colección "Renacer" . Todo el salón de eventos estaba lleno, las cámaras apuntaban, y a mi lado, mi esposo Alejandro Vargas me sostenía la mano. "¿Nerviosa, mi amor?" Su voz era un bálsamo. Pero entonces, el murmullo recorrió el salón. Las cámaras giraron bruscamente hacia la entrada. Ahí estaba él. Ricardo Morales. El hombre que me humilló. Y a su lado, Valeria Soto, mi ex mejor amiga y su cómplice. Se acercó a mí, su sonrisa torcida, su voz llena de veneno. "No esperaba encontrarte en un lugar como este. Pensé que seguirías escondida." Valeria soltó una risita burlona. "Tal vez encontró a algún viejito rico que la sacara de la miseria." Sentí la mano de Alejandro tensarse. Mi corazón se revolvió de asco al ver a Ricardo. Él, un fracasado en un reality de cocina, se atrevió a exigir mi perdón. "¡Miren a esta mujer! ¡La gran diseñadora Sofía Pérez, la misma que fue abandonada en el altar por infiel!" El viejo escándalo, la herida que tanto había tardado en cicatrizar, se abría de nuevo. Me forzó a arrodillarme. Agarró mi mano izquierda, la que llevaba mi anillo de esmeralda, mi símbolo de renacimiento. "Quería destruir tu carrera, Sofía. Quería que nunca más pudieras diseñar." Levantó una botella vacía, sus ojos brillando con locura. Cerré los ojos, preparándome para el impacto. Un crujido nauseabundo. Un dolor blanco y candente explotó en mi mano. "Señor Morales, me informan que tiene algo que me pertenece." La voz de Alejandro, tranquila y letal, resonó en la sala. Mi esposo había llegado. Y me di cuenta, Ricardo Morales, este infeliz, va a desear no haber nacido.
De Heredera a Desesperada

De Heredera a Desesperada

Era la prometida de Damián Valdés, el heredero glacial de un imperio tecnológico. Nuestro compromiso era una fusión de dinastías, una mentira perfecta adornando las portadas de las revistas. Pero tras las puertas cerradas, nuestra vida era una guerra extraña, peleada con dinero y humillaciones públicas. La guerra se volvió salvaje cuando su amante, Ximena, irrumpió en nuestra casa con sus amigos y ordenó que me golpearan, pisoteando mi mano hasta que se rompió. Presenté cargos, pero cuando Damián llegó a la delegación, le bastó una mirada a mi rostro amoratado para pasar de largo a mi lado y consolar a una Ximena que sollozaba. -No hagas un escándalo, Sofía -dijo, su voz cargada de fastidio. Los dejó en libertad sin pensarlo dos veces. La traición final llegó cuando Ximena me empujó a un lago. No sé nadar. Damián se zambulló, nadó pasando justo a mi lado para salvarla a ella, y me dio la espalda mientras me hundía, dejándome morir. Un extraño me sacó. En ese instante, por fin lo entendí. No es que fuera incapaz de amar; simplemente era incapaz de amarme a mí. Por la que amaba, destruiría a cualquiera. Por la que no, la dejaría morir. Las últimas brasas de mi estúpido amor se hicieron cenizas. Tumbada en la cama del hospital, saqué mi celular y llamé al único hombre que alguna vez me había mostrado bondad. -Mateo -dije, con la voz firme-. Estoy lista para quemarlo todo hasta los cimientos.
De prisionera a fénix: el arrepentimiento de él

De prisionera a fénix: el arrepentimiento de él

Durante tres años creí que estaba felizmente casada con Gavin, un luchador de MMA que apenas lograba salir adelante. Yo trabajaba en dos empleos para poder pagar las cuentas, cuidaba de sus heridas y pensaba que nuestro amor era lo único que lo sostenía. Sobre todo porque, tras un accidente de auto, perdí la memoria y él se había convertido en mi mundo entero. Una tarde, mientras fregaba el suelo de nuestra diminuta cocina, las noticias locales mostraron un titular: "El gigante tecnológico Gavin Hawkins, CEO de Hawkins Industries, anunció hoy su compromiso con la vicepresidenta Heidi Daniel". El hombre en la pantalla, de pie frente a un rascacielos y abrazando a una mujer deslumbrante, era mi esposo. Llevaba un traje impecable, tan distinto al luchador magullado que yo conocía. En su pecho reposaba la pequeña figura de pájaro que yo había tallado con esmero para nuestro aniversario, mientras la besaba de una manera intensa y posesiva. Mi estómago se retorció, mi cabeza comenzó a latir con fuerza y el filete que preparaba empezó a humear, llenando el apartamento con un olor amargo y quemado. Salí tambaleándome, detuve un taxi y pedí que me llevara a Hawkins Industries. Estaba desesperada por respuestas. Allí lo encontré, riendo con Heidi, como si yo no existiera. Ignoró mi llamada y me envió un mensaje: "En una reunión, cariño. No puedo hablar. Llegaré tarde esta noche. No me esperes. Te amo". Sus palabras se mezclaron con mis lágrimas. Un sollozo se me escapó, crudo y desgarrador. Un dolor punzante atravesó mi cabeza, y entonces los recuerdos regresaron. El accidente no había sido tal: Heidi conducía aquel auto, y Gavin, protegido de mi padre, había orquestado toda esta farsa, una cruel prueba de mi lealtad. Me lo había arrebatado todo: mi identidad, mi fortuna, mi familia. Me había hundido en la pobreza solo para comprobar si lo amaría incondicionalmente. No era un esposo, sino un monstruo... y yo, su prisionera. Pero la rabia helada que me recorrió despertó una determinación en mi interior: destruiría su mundo, empezando por fingir mi propia muerte.
Mi Venganza, Mi Destino

Mi Venganza, Mi Destino

El aire del aeropuerto de la Ciudad de México vibraba con una electricidad que solo yo sentía. Después de tres años esperando a Leonardo, mi prometido y renombrado chef, el hombre que me robó el corazón, la pantalla parpadeó: "Aterrizado". Pero mi alivio se hizo pedazos cuando lo escuché susurrar al teléfono: "Todo va según el plan. Le pediré que nos casemos. Una vez que sea mi esposa, el dinero de los Romero será nuestro. Esto es por nuestro futuro, por el de Leíto. Necesito asegurar este matrimonio, ¿entiendes? Esta vieja fortuna es la clave." Leíto. Un hijo. ¿Su hijo? Mi cuerpo se paralizó al ver a una mujer llamarlo: "¡Leo!", con un niño de unos dos años, una copia de él. Él tartamudeó una excusa patética: "Ella es... Fernanda Díaz. Una colega. Su situación es complicada." Ella sonrió con burla: "¿Colega? Leo, cariño, no creo que esa sea la palabra adecuada." Entonces lo entendí, él había construido una familia a mis espaldas, usándome mientras tanto para asegurar un futuro lleno de lujos. Mi ira me dio la fuerza para susurrar: "Sube al coche, Leo. Hablaremos en casa." Pero la humillación no terminó ahí. Esa noche, Fernanda se presentó en mi habitación con el niño, quien usaba mi relicario, mi símbolo de amor, que Leo juró llevar por siempre. Ella sonrió: "Leo me lo dio hace más de dos años, cuando le dije que estaba embarazada de Leíto. Dijo que era un símbolo de su compromiso con nosotros, con su nueva familia." Leo, mi prometido, el hombre que me engañó, estaba criando un hijo con su amante, ¡y yo había sido la ciega que pagaba por su doble vida! Con una furia fría, decidí que esto no quedaría así. No huiría, contraatacaría. Marqué un número, el de Ricardo Alcántara, el magnate misterioso que una vez me propuso matrimonio. "Acepto", dije. "Diles que Sofía Romero está lista para su propuesta."
El Despertar de Elvira

El Despertar de Elvira

No te engañes Elvira, me decía mi mejor amiga Sofía. Raúl, mi prometido, el hombre con el que había compartido quince años de mi vida, me había dejado plantada en nuestro aniversario de compromiso. No era la primera vez. Su asistente me llamó para decirme que tenía una "cena importante de inversionistas" , pero yo sabía que era la misma excusa de siempre para irse con su nueva socia, Isabel. Esa noche, tiré el estofado de res que le encantaba y el pastel de chocolate que horneé con tanto esmero. Cuando Raúl llegó, lleno de condescendencia, creyó que me vería llorar o enfurecerme. Pero no hubo lágrimas, solo una calma helada cuando me dijo que todo había terminado. Creí que la humillación en casa era el límite, pero Isabel, la amante de Raúl, se encargó de llevarla al siguiente nivel. Me tendió una trampa en la oficina, haciéndome parecer celosa y desquiciada, delante de todos. Raúl, sin dudarlo, me despidió de la empresa que yo misma construí. Me arrastraron fuera de la oficina como a una delincuente, con la sonrisa triunfal de Isabel grabada en mi retina. Pero en medio de esa humillación, algo en mí se encendió. No era tristeza, ni rabia… era una determinación fría y afilada. Decidí que no me quedaría así. Que Raúl no sabía a quién acababa de desatar. Y en ese instante, Elvira, la mujer humillada y abandonada, murió. Nació otra Elvira, una que planeó su propia desaparición con una precisión letal. Una que se desharía de sus fantasmas, uno a uno, empezando por aquellos que la habían despreciado.