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Libros de Romance para Mujeres

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Una muñeca de porcelana fundida en acero.

Una muñeca de porcelana fundida en acero.

-No sabía como abordar el tema, pero tú me lo has facilitado todo. Hace unas horas, Seong-Jin y yo te vimos en el salón de las Dojagis, cuando estabas con... con la señorita Richmond. -Padre, yo... yo no sé a que te refieres. -dijo Lexter sumamente nervioso. -Claro que sabes de qué estoy hablando, Lexter. Sólo dime que lo que pasó entre ustedes, fue un impulso del momento, que tal vez quisiste darle a una Dojagi de palacio, la oportunidad de recibir su primer beso y ser querida sólo por un momento, dime que todo lo que le dijiste y las promesas que le hiciste, fueron producto de las emociones y del calor del momento, o que esto sólo es un capricho pasajero. -le dijo el Rey con tono serio. -Quisiera poder decirte eso, de verdad me gustaría decirte que lo que vieron, fue motivado por el calor del momento, o por algo pasajero. Sin embargo, me temo que lo que siento por Alondra Richmond, no es ni pasajero ni temporal. -le dijo Lexter con voz firme. -¿Eso quiere decir que te enamoraste de Alondra, hermano? -le preguntó el Príncipe Seong-Jin al Príncipe Lexter. -Si hermano. Estoy profundamente enamorado de la Nannyshi de Kitty y ya no pienso ocultarlo más, porque lo que siento por ella es tan profundo, que se ha fusionado con mi propia existencia. -le respondió Lexter a su hermano. -¿Acaso perdiste el juicio Lexter Salvatore? Tu trabajo es velar por el bienestar de las Dojagis de palacio, no involucrarte sentimentalmente con una de ellas. Ellas tienen prohibido desarrollar sentimientos románticos hacia cualquier hombre; y tú lo sabes, por lo que ahora no puedes venir a decirme que estás enamorado de una de ellas, la cual es para completar, la Nannyshi de tu hermana menor. -le respondió el Rey muy furioso. -Pues, lamento profundamente si mis sentimientos no son de tu agrado padre, porque yo no deseo causarte ningún tipo de disgusto, pero, lo que yo siento por la señorita Richmond, es lo más verdadero que he tenido en mi vida; y aunque todo el mundo se ponga en contra, yo pretendo luchar por mi felicidad a su lado. Padre, mis intenciones con Alondra van más allá de tener un romance pasajero, porque lo que yo deseo no es convertirla en mi amante oficial o en mi esposa secundaria, yo lo que realmente deseo es tener una relación amorosa con ella de manera formal y oficial, que todo el mundo la reconozca como mi novia, como mi prometida y como la futura Reina de la nación. Repito, no quiero que Alondra sea ni mi amante oficial ni una esposa secundaria, yo lo que realmente deseo es convertirla en mi esposa principal. -le respondió Lexter a su su padre. -¿Acaso perdiste la cabeza? ¿Cómo se te ocurre que una Dojagi de palacio se convertirá en la futura Reina de la nación? Si el simple hecho de que quieras tener una relación formal con ella, ya es una locura, ¡Imaginate el que pretendas convertirla en tu esposa principal y en la próxima Reina! -replicó el Rey.
El día que desaparecí

El día que desaparecí

Las palabras del doctor sellaron el destino de Amelia Reyes: cáncer de ovario agresivo, etapa cuatro. Consumida por una culpa abrumadora por la trágica muerte de su mejor amiga, Livia, años atrás, Amy aceptó el diagnóstico con una apatía total, como si fuera el final que merecía. Rechazó el tratamiento y firmó los papeles para donar sus órganos. Pero su penitencia no había terminado. El hermano de Livia, Ethan Calderón, consumido por el dolor y quien la culpaba salvajemente por la muerte de su hermana, todavía controlaba cada uno de sus movimientos. Él orquestaba meticulosamente su humillación pública, forzándola a realizar trabajos agotadores y a soportar los juegos sádicos de su cruel prometida, viéndola debilitarse día a día. Cada gramo de su sufrimiento era un sombrío recordatorio de la ausencia de Livia. Amy aceptaba cada acto degradante, cada dolor físico, soportándolo todo como un intento desesperado por expiar la culpa incesante de haber sobrevivido. Sin embargo, incluso mientras su cuerpo fallaba, una pregunta la carcomía: ¿su autodestrucción era realmente un sacrificio por Livia, o simplemente un tormento teatral y prolongado, orquestado por Ethan para su propio y retorcido cierre? Finalmente, rota y desesperada, Amy buscó la liberación definitiva. Llamó al 911 desde lo alto del Puente Matute Remus, con el último deseo de donar sus órganos para dar vida mientras la suya se extinguía. Pero un aliado secreto la rescató del abismo, permitiéndole fingir su propia muerte y forjar una nueva identidad. No sabía que su "muerte" llevaría a Ethan, consumido por su propia culpa y dolor, al borde de la locura, preparando el escenario para una reunión explosiva e imprevista años después que desafiaría todo lo que creían sobre el amor, el odio y el perdón.
Las cicatrices innegables de una esposa

Las cicatrices innegables de una esposa

Después de siete años de matrimonio y un aborto espontáneo que me rompió el corazón, las dos líneas rosas en la prueba de embarazo se sentían como un milagro. No podía esperar para decírselo a mi esposo, Damián, el hombre que me había sostenido durante cada doloroso tratamiento de fertilidad. De camino a buscarlo, lo vi en un parque con una mujer y un niño pequeño. El niño, que era idéntico a él, corrió hacia Damián y le gritó: "¡Papi!". La mujer era Ximena, la acosadora loca que me había empujado "accidentalmente" por las escaleras hacía cinco años, provocando mi primer aborto. El niño tenía cuatro años. Mi matrimonio entero, todas las noches que me abrazó mientras yo lloraba por nuestro hijo perdido... todo era una mentira. Tenía una familia secreta con la misma mujer que nos causó tanto dolor. No podía entenderlo. ¿Por qué hacerme pasar por un infierno de siete años intentando tener un bebé que él ya tenía? Me llamó "estúpidamente enamorada", una tonta a la que podía engañar fácilmente mientras vivía su doble vida. Pero la verdad era mucho peor. Cuando su amante fingió su propio secuestro y me culpó, él ordenó que me secuestraran y golpearan, pensando que yo era una extraña. Mientras yacía atada en el suelo de una bodega, me pateó en el estómago, matando a nuestro hijo no nacido. No tenía ni la menor idea de que era yo.