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Libros de Romance para Mujeres

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La Bailaora y el Heredero

La Bailaora y el Heredero

La noche sevillana olía a azahar y a peligro, una realidad que Luciana García, una bailaora de Triana, conocía bien. Pero esa noche, el peligro la encontró cuando un matón obsesionado la drogó, obligándola a lanzarse al Guadalquivir para escapar. Máximo Castillo, un apuesto heredero de viñedos, la rescató del río, solo para despreciarla de inmediato, viéndola como una vulgar cazafortunas que osaba besarlo. Días después, la vida de Luciana dio un giro impensable: fue reclamada como la hija perdida de la rica familia Castillo, solo para ser recibida con desdén y constantes humillaciones por parte de la envidiosa Sabrina, la hija adoptiva, y la maliciosa Tía Teresa. ¿Cómo era posible que el hombre que la había salvado ahora la mirara con asco, o que una familia que debería acogerla la tratara como una sucia intrusa? Máximo, sin saberlo, comenzó una correspondencia secreta con "El Cuervo de la Giralda", una escritora de misterio que lo cautivaba, ignorando que se estaba enamorando de la misma mujer a la que despreciaba. Pero el juego de Sabrina escaló: reveló el oscuro secreto familiar del suicidio de la madre biológica de Luciana, destrozando su mundo y forzándola a huir para reconstruir su propia verdad. Mientras Luciana desenterraba el devastador engaño de su Tía Teresa en Madrid, Máximo se dio cuenta de que la mujer que odiaba y la mujer que amaba eran la misma. Ahora, armada con la verdad y un corazón más fuerte, Luciana regresa a Jerez, no como una víctima, sino con fuego en los ojos para desvelar cada mentira y reclamar su lugar. ¿Podrá, finalmente, el amor y la verdad derribar el peso del prejuicio y la intriga que tanto los ha separado?
El Despertar de la Esposa Ignorada

El Despertar de la Esposa Ignorada

Mi matrimonio de seis años con Mateo era una cárcel helada. Él, siempre de espaldas, yo anhelando un amor que nunca llegó. Para el mundo, éramos la pareja perfecta; para mí, una soledad insoportable. Una noche, esa farsa se desmoronó. Lo encontré en la capilla privada, no rezando, sino besando febrilmente el retrato bizantino de su prima, Isabel. Susurró: "Isabel... mi santa, mi pecado". No me negaba su cuerpo por pureza, sino porque su obsesión era ella. ¡Mi marido era un hipócrita! Pero lo peor estaba por llegar. Isabel, la musa de su locura, no era menos cruel. Humillaciones públicas en la Feria, mi obra maestra artística destrozada a cuchillo. Y él, ¿qué hizo? La protegió. En el hospital, después de que Isabel me agrediera, ¡Mateo autorizó un injerto de mi propia piel para cubrir un rasguño de ella! Y más tarde, al elegir salvarla a ella en una explosión, mi amor, herido desde hace tiempo, finalmente murió. ¿Cómo pude amar a un monstruo así? ¿Qué hice para merecer este desprecio, este abandono total? Me sentía un objeto, despojada de mi dignidad y hasta de mi cuerpo. La rabia, fría y pura, era lo único vivo que quedaba en mí. Basta. Un amor así no me merece. Con el corazón hecho pedazos y la piel marcada, tomé una decisión: lo dejaría, buscaría mi libertad lejos de la jaula dorada y de las mentiras. Encontraría mi propia felicidad, una que no dependiera de la aprobación de nadie. Este infierno, para mí, acababa de terminar.