El caso de Luis Galiano
ENTREGÓ SU
ERT
as ideologías de ciertas personas. No pretendo ofender credos. Mucho menos, cambiar las creencias del
ol. Está presente en cada rincón, desde donde gobierna al mundo entre las sombras, invisible a la percepción humana. El mal se infesta donde hay debilidad o la atracción inoce
iquiátrico. Su arquitectura conservaba un estilo gótico tan marcado que, junto a las intimidantes gárgolas repartidas en las alturas y sumado a la niebla espesa en los jardines, hacían de la estructura el último destino
l inicio de un viaje sin retorno, donde la única escapatoria era la muerte. Por suerte para la paciente «666», identifi
cil; apretaba como soga al cuello y comprimía sus músculos y huesos. A pesar de que llevaba unos cuantos meses de encierro, trató fugarse de tod
Marbas, aumentaba el dolor en las terapias. Intentaba quebran
a
tregaría
esidente; ella esperaba por el rey. Y de no ser por las voces susurran
abía de dónde venían, pero emergían con la noche, entre las sombras, hipnóticos, irresistibles. Las voces aumentaron en volumen de forma gradual, hasta que fueron tan retumbantes como un tambor. A ella
legó», escuch
da y derecha, adelante y atrás. No había nadie en el umbral. Entonces regresó la vista al frente, pero el mismo sentir lo embargó, erizándole los vellos de pies a cabeza. Intrigado, llevó la mano al cinturón, d
interna, dio un salto hacia atrás. La interna 666 lo veía directo, con sus ojos color noche, estáticos como piedra. No mostró expresividad. No hubo locura. No hubo ira. No hubo nada. Y si existía un sentimiento más mortal, era ese. La
ta demente? -refutó, aún exaltado. No obtuvo respuest
lla. Le apuntó con la linterna, esa vez desde abajo. Como consec
cijo de mi señor -musitó a
cortó el cuello en un movimiento horizontal. No hubo gritos. No hubo alarma. Mientras el cuerpo caía, la sangre brotó en medio de murmull
l cuerpo ensangrentado del vigilante-. No hay mucho tiempo. El
ratadas de los demás internos, el hombre de uniforme azul os
vuelta
fuerza. La mujer dejó escapar un ligero ¡ahhh!, aliviada de ataduras. Tronó el cue
la primera reja gracias al manojo de llaves, los esperó un pasillo extenso, tan largo que no parecía tener fin. Sin tiempo que perder, huyeron entre los goteos de las tuberías y el caminar de las ratas antes de que fuera tarde. Ya sentían las paredes juntarse, hasta el punto de c
n al pasadizo con rapidez; los esperaba un ducto. Bastó un movimiento de cabeza para que la interna 666 entendiera que debía ser la primera. No lo dudó, subió de inmediato. Un día más en ese lug
s luces de seguridad de los faros también dormían. Solo con las gárgolas como únicos testigos, escaparon por un hueco hecho con anterioridad entre las rejas oxidadas del A
ctor, al tiempo en que le ent
retera principal. Se perdió entre la niebla. Huyó lejos del terrorífico mani
-
red. Se acercó a examinar de quién se trataba, pero entonces, las luces del vehículo se apagaron. Solo predominó la oscuridad, una con el ambiente. El
a lluvia, era demasiado sosp
, sin poder reconocer
ó a preguntar. Tam
uería identificarlos, tendría que acercarse. Por ello, abrió la reja y caminó a la puerta del conductor.
Tendré que llamar a la policía. -Dio
y se relajaron en él. Se sobresaltó por ello. Quiso girarse, pero entonces, el
es puertas. Dos de los rostros le eran desconocidos por completo, pero el tercero... el tercero deseaba no haberlo visto. La mujer le provocaba pesadillas en las no
uelo, desde donde los observó, amenazantes-. Estás encerrada en el Asilo B'alam desde hace meses. ¡Te interna
una voz que le provocó un frío desgarrador. Era tan real como él; una
ió a chocar con las rejas de seguridad. El golpe había sido más fuer
Desde aquí me encargo yo
ro señor -hablaron al unísono, y se ace
la envolvía. Se mostraba tan complacida que tendió los brazos a cada lado, hasta que su atuendo se
-
deslumbrantes. Eran más amenazadores los truenos, que furiosos, sobresaltaban a un hombre sumido en el letargo y hacían que la cobija perdiera lugar sobre su cuerpo en una habitación de la casa 7-18 de la 16B. A pesar de vivir en
ba por segundos el cuadro gigantesco que se alzaba sobre la cama de cabecera rústica, que tenía una apariencia antigua a causa del desgaste de la madera. En él, se podía observar
-kaaa
el rostro. De repente, un sentir siniestro lo comenzó a despertar, una mirada profunda sin origen. Sus párpados se abrieron poco a poco. Por suerte, el espacio sobrante en la cama matrimonial seguía desocupado. No sabía la razón, pero temblaba como
emerger de un susurro al
stremeció con temblores. Sentía el corazón a punto de salírsele del pecho. En lo profundo de sus pensamientos s
ió con mayor volumen. N
le hacía ver el mejor lado de las personas; le hacía creer que todos merecían otra oportunidad. Ese sentimiento al que llamaba humanidad y que en él abundaba; era tan grande, que se extendía a todos sus c
él de repente, con voz quebrada, sin apartar la c
ebató toda palabra de su lengua; la mujer le había inyectado un líquido desconocido en la pierna. Pronto, todo se tornó nubos
media vuelta y giró el picaporte de la puerta. Cuando salió, lo primero que encontró fue una pequeña mesa con portarretra
í si
o, confirmó que tampoco le interesaba. En cambio, detrás de la fotografía encontró lo que tanto buscaba. Se trataba de una imagen escalofriante. De solo verla provocaba terror. Todos en ella posaban con un semblante serio, en un lugar tétrico, donde resaltaba al fondo, un pentagrama invertido con símbolos arcanos que hallaban su sig
fica se reflejó en un espejo negro con bordes de serpientes. Con sus ojeras marcadas, la piel muerta, la cabellera larga y despelucada, podría aterrar con faci
argo, se alcanzaba a observar que convergían en un símbolo: un sello pagano al que había jurado ser fiel en esta vida y en cualquier otra. Era lo único de lo que se sentía orgullosa en realidad. Pero
uten
a convenció por el tamaño-. Marín. -El
atroces en el nombre de La Serpiente. Había sido el pincel con el que trazó en su propio brazo lo que consideraba una obra de arte. Le comprobó el filo con un corte ligero en la
Dos.
la oscuridad que go
-
jante, hipnótica, cautivadora. A Luis le elevó el alma con el t
Allí el dolor no existía; era gozo exaltado. En ese lugar, la promesa de una vida eterna
an que habría más. Solo así se levantó de la cama, mas esa vez no veía como lo hacía en su cotidianidad. Sumido en un estado de inconsciencia, comenzó a caminar, s
junto siempre aparecía a tiempo para salvarlo. En esta nueva aventura nocturna, una vez hipnotizado por completo, la legión de voces intérpretes de la melodía seductora lo tentaron a caminar justo como la canción indicaba: «al lugar donde la noche era reina y el frío señor». Debía seguir para obtener más, y solo la conseguiría en una parte específica de la casa. Con pasos seguros, llegó al fondo del patio de paredes blancas al descubierto, donde se hallaba un pequ
que se colaban por las rejillas no parecían afectarla, a pesar de estar descalza y empapada. Gracias al control mental, el hombre continuó su camino hacia su compañera de vida, la mujer que más había amado, a quien le fue fiel desde qu
corearon las voces que l
on su humedad. Mientras tanto, ella decidida y sin mostrar ningún rastro de arrepentimient
do agobiante que evidenció el dolor. Con rapidez, llevó las manos a la herida para tratar de retener la sangre, mas no lograba concentrar
y la decepción que sintió en ese momento. Solo así se convenció de que no había es
os e ideologías satánicas era suficiente para descifrar los motivos que la llevaron a tomar esa decisión, seguía sin comprender por qué el amor desinteresado, leal y s
En señal de ello, más sangre emergió de lo profund
e ni la mismísima lluvia pudo borrar. Cada segundo que transcurría era insoportable, deseaba terminar con tanto dolor lo más rápido posible. Y en sus adentros rogaba a Dio
o en las baldosas. Cuando llegaron a la sala de muebles viejos, biblioteca de pocos libros y televisor antiguo, soltó el cuerpo y se det
mpensa anhelada. Prosiguió a remojar las manos en la sangre de la herida,
e indicaban, mientras trazaba más líneas con la sangre de su exmarido-; levantarás tu trono; y en el monte del te
ido relacionada con la magia, lo pagano y el satanismo. El último toque fueron dos serpientes alrededor. Un símbolo muy distante al que
bre cada punta, tal como lo indicaba el ritual que preparaba desde hacía meses, mucho a
ra la ceremonia, pero esc
te del
ría hacerlo. Su mente no paraba de replicar que ya estaba muerto de todas fo
descabelladas que imagines, y entonces serás llamada gr
os. Se dirigió a la cocina y sacó dos bolsas de aseo gigantescas. La primera, la introdujo por los pies del cadáver; la segunda, por la cabeza; en el medio realizó nudos con ambas bolsas negras. Luego lo reforzó con otro apretón como garantía. Bajo los efectos de
el cadáver y lo llevó a la parte trasera del Chevette color azul oscuro que estaba estacionado en el porche. Ahí abrió el baúl y usó toda su fuerza para arrojarlo adentro. El agite la llevó a respirar hondo. Lo necesitaba
tía. El pobre hombre siempre tenía que lidiar con sus actos hostiles; tan repudiados que le enseñaron al vigilante a temerle. Cada vez que decidía salir, lo obligaba en medio de insultos a dejar a un lado sus actividades en la cabina para concederle acceso a la calle.
rarezas -solía es
por una desolada avenida, eran pocos los autos que circulaban por allí a esa hora. A pesar del cese de
ron dentro del carro, envolviéndola con su frío extremo. Ella no mostró ninguna sensación. Era familiar, ligero, relajante. Hacía tiempo que el frío y ella compartían grados bajo cero. Pronto, las edificaciones quedaron atrás y solo fueron visibles numerosas hectáreas de bosque. Detuvo el auto cuando sintió que era conveniente. Abrió la puerta del Chevette azul y sus pies descalzos tocaron la carretera gélida y encharcada. Caminó al baúl mientras generaba ondas de
o; el tiempo de usar una máscara y aparentar ser alguien que se preocupaba por él ya había pasado, ahora solo tenía en mente cumplir el objetivo que se planteó muchos años atrás. Procedió a arrastrarlo hacia el monte con todas sus energías, donde, al amanecer, de seguro las aves salv
junto, donde ingresó sin obstáculos a su camino. Aun le sorprendía que nadie hubiera notado la ausenc
encio fue absoluto, uno con la nada y la soledad. El único sonido fue producido por el ingreso frenético del viento a través de las rejillas del patio. Las corrientes de aire hel
e ofrecían las velas. Era de las pocas vece
-. Vos dabo mea anima et relinquit illud allis -repitió más fuerte, y las llama
ento era todo lo contrario. Era muerte. Era engaño. Era mentira. Era la muestra por excelencia de que el mal se ocultaba en todas partes; que corrompía los sistemas y se m
rrió cada poro de la piel; fluyó por sus venas. Los susurros también cobraban mayor potencia en su cabeza; se tornaron retumba
illo con el que asesinó a su esposo, y, sin si quiera temblar, se cortó el cuello en un movimiento horizontal. La sangre no tardó en brot
o celebraro
Lucía carismático, encantador, elegante; apariencia que no duró mucho. La espalda se le encorvó para liberar un par alas enormes, como las de un murciélago; su contextura se ensanchó, ah
cir con voz tronante. Entonces, él ter
on. La nada y el silencio se unificaron de nuevo bajo