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El caso de Luis Galiano

Capítulo 3 II LOS NUEVOS INQUILINOS

Palabras:3443    |    Actualizado en: 06/02/2023

ara cualquier matrimonio juvenil: estrés y felicidad. Dos emociones que, combi

s cómodo, hizo que llegaran a empacar todo de forma apresurada. Ambos eran conscientes de que una mudanza no era una tarea fácil, y mucho menos de un día para otro, pero con tal de salir l

siedad, incluso cuando los a

a subida de los objetos al camión. De vez en cuando, se escuchaba un «cuidado con esto» po

uales con el pago y nunca dieron motivos para molestar a los vecinos; pese a ello entendía la situación, no le

n tiempo récord. En un momento, se despedían del apartamento que los vio organizarse por primera ve

uerte apretón. El momento cada vez estaba más cerca. Se la

conjunto estaban pintadas de un blanco uniforme que, junto a los jardines, emanaban un air

en el sector; pero más allá de ello, su verdadera popularidad se tejía con las historias de terror que especulaban los habitantes. El calificativo de casa embrujada resonaba entre los

uspiraron antes de

quí estamo

dió ella, co

luz la resaltaban, para los ojos de la pareja era una seña

nidad al verde. El color parecería insignificante para cualquiera, pero no para ella. Significaba abundancia, riqueza. El horóscopo decía q

Dilma los vio con una expresión amigable; en su mano se hallaba un

r! -exclamó, sonriente, con l

saludó la pare

listo? -pr

arpeta-. Firmen aquí

lo siguió. Dilma revisó por un momento que todo estuviera en orden

mó David, con una sonrisa q

puerta abre cada una -añadió con un guiño-. Ahora, si me disculpan, debo irme. Tengo otros compromisos por atender y una cita con un amigo abogado a la que no puedo faltar. Pondré una tutela porque

e. Suerte en tu cita. Igual ya nos mostraste

iones para ustedes -habló mientras se apresuraba en subir al auto-

ó Gabriela, esboz

la pareja que se despedía con ademanes cordial

te va

ma arrancó con toda la potencia que el auto le permi

aña mientras meneaba la mano par

rodeó con uno de sus brazos-. Y nosotros también deberíamo

-indicó uno de los do

eden comenzar a

ue al intentarlo en la puerta principal de la casa falló dos veces antes de abrirla. Eran muchísimas l

os dos trabajadores cargaron lo más pesado, como la nevera, la estufa, el escaparate, la lavadora y un largo etcétera de muebles que la pareja

o de la noche, que los hombres de la mudanza indicaron que su labor terminó. David les entregó el dinero acordado por el servicio, y los

asas del conjunto; les brindaba un atardecer sublime, difícil de olvid

, de inmediato, sus cabezas

ia el planchón de la cocina, comenzaría a ordenar. Gabriela, por su parte, abrió una de tantas y encontró un retrato de ellos que revivió uno de los recuerdos que guardaba en su mente y en su corazón como un tesoro. Evocaba memorias inolvidables, cargadas de sentimiento. Se trataba de un

ella, representaba un momento digno de un altar. Gabriela dio media vuelta para seguir abriendo más cajas, pero entonces, el televisor plasma se encendió solo y produjo un ruido ensordecedor al no estar co

cuchó a David d

amar a los del cable. El televis

l terminar

-

significaba que la vivienda estaba a punto de quedar amoblada por completo. Fue un día agotador para la pa

e la cocina, si hubiera estudiado para ser chef, sin duda, tendría uno de los restaurantes más

tonando el nombre

-dijo por el celular-. Muchas gracias por

-volvió

uchó gritar a

ño. -Alzó la voz para ase

unos s

la comida, era exquisita. Con una sonrisa, llevó la cena hasta el comedor. Esperaba que David quedara tan satisfecho como siempre. En el patio, el joven castaño terminó de acomodar algunas herramientas y út

amientas había

r? -gritó Gabriela

ó, subiendo la voz-. La ord

ego regresó la caja a su lugar en el estante. El aire en el pa

é muy a la orilla

la pared. Empezó como algo suave, minúsculo, casi imperceptible, pero el carmesí de su tinta cobró realismo a los segundos. Brillaba, era un resplan

mentó-. ¿O eres tú l

risa leve al sentir el tacto de su esposo. Cuando Gabriela alzó la vista para verlo directo a esos ojos amelados, ambas miradas se conectaron; sus rostros

s de los seis meses -pidió ella, con pucheros

pido que selló el acuerdo-. Ahora

uro que

-

los minutos pasaron, la

s al caldo-. Tuve que mandarle una foto hace un rato para confirmárselo. ¿Puedes creerlo?

a Marina es de las que

r cierto, mamá amó la casa. Dijo que ahora sí se

ó Gabriela con sorpresa-.

, por eso no viene mucho...

ue me dediqué a embalar todo en el apartamento

cia la sala. Su reacción fue cruzar miradas cargadas de confusión. Por el ruido insop

untó David, un tanto nervios

os. -Gabriela se apartó del comedor y caminó hasta la sala, donde desconectó el pla

mientras recogía los platos-. Por cierto, estaba d

ela se dibujó una son

y los enjabonó uno a uno, mientras que su es

-

luego las secó con una toalla pequeña que colgaba en la pared. El castaño dio media vuelta para marcharse, pero un

aro» -

hó las ideas paranormale

sten, esos son cuento

ste se apagó. Después dio unos pasos más hacia la puerta c

mostró su frenesí con un sonrojo leve en los cachetes. Gabriela se hallaba sobre la cama, en ropa interior, cubierta por un bab

David, acompañado por una sonrisa pícara-. P

respondió, juguetona, y le dio palmadas

es allá

El joven se acercó a ella en un gateo suave. Solo se detuvo al encontrar sabor en sus labios. Lo siguiente fue cariño y pasión desbordados. Calurosa y rítmica pasión. Eran dos amantes explorándo

-

de la cama, bajo la lámpara de la me

, lograron deslizar la gran puerta corrediza. El viento divagó por la casa hasta llegar a la sala y encender el televisor, lo que generó una

noche de pasión había servido de anestesia para aliviar las tensiones de la mudanza, pero, pese a ello, Gabriel

ojos pesados. Cuando sintió un ardor quemarle la garganta, su boca deseó refrescarse con un vaso de agua, y, al

ora; luego se l

itación con delicadeza, no deseaba d

sor plasma encendido, con miles de puntos en su pantalla, entre negros, grises y blancos, los cau

había descone

yó más conveniente desconectarlo, no fuera que volviera a

de la despensa, abrió la nevera y se sirvió el agua. Mientras la bebía, notó que la puerta corrediza est

e recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Se tensó de inmediato. Si bien era cierto que Perla Norte era una ciudad calurosa, las noches

ada, emprendió camino de regreso a la habitación, sin embargo, tras la puerta de vidrio que daba hacia al pa

espiro que le regresó la calma. No había nada allí, solo notó oscuridad. No deseaba terminar paranoica, era una casa nueva, le parecía natural sobresaltarse por cualquier situación anormal. Con

izaba con detalle a sus víctimas en busca de un portal para infe

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