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Las Joyas de Sangre

Capítulo 3 III

Palabras:1379    |    Actualizado en: 31/01/2026

ón de una respiración ajena, escalofriante, como si alguien hubiese estado demasiado cerca durante la noche. El miedo, extraño y silencioso, se mezclaba con el sabor de una bebida tibia y espe

de plenitud. En un suave pestañear, un eclipse tomó posesión del cielo, y la claridad fue reemplazada por un rojo profundo e inquietante. Aque

na tina de porcelana ornamentada con oro fino y puro. El agua estaba perfumada con pétalos de rosas y aceites persas; posteriormente, el baño de crema que toda mujer de la realeza debía realizar una vez a la semana fue

mo símbolo de sanidad y virtud. La preparación se extendió durante dos horas completas. A las ocho, ya estaba lista. Levantarse t

archar a la guerra sin temor. Percibió el aroma dulce de su piel y la sonrisa magníf

sonrió-. ¿Quién será e

nclinándose, con la mirada al suelo-

s dispares. Los niños ayudaban a sus padres o jugaban entre ellos sin preocupación alguna. Los observaba con detenimiento y cierta melancolía. Ojalá pudiera ser libre, como en los cuentos que alguna vez escuchó de labios de su nana, donde las sirenas recorrían sin

opuesto al del reino: ramas secas, raíces sobresalientes, un cielo oscurecido y una neblina espesa capaz de alterar los nervios

contacto, aunque intentó disimularlo. Entre risas escandalosas, las mujeres

gar -anunciaron, señalando el vas

olumen territorial. Las paredes verdes de humedad y el firmamento oscuro contrastaban con el azul visible desde el castillo principal. No había soldados custodiando el condado, hecho que despertó

ncas que contrastaban con lo sanguinario de su presencia imponente. Su cabello sedo

to al príncipe, hemos sido testigos de su esgrima. Debo admitir que el poder de su esp

d-. Mis esfuerzos se centran en el bienestar del im

. Se admiraba su tranquilidad entre mujeres carentes de modales refinados. Aun así, dentro d

ago hambriento. No eran excesivamente dulces ni desagr

nde las preparó con cariño

viar a su castillo -añadió Iona-. Por cier

y creo que seremos felices juntos por mucho tiem

e estaba sola. Sin su alteza a su lado, sería alimento para lobos hambrientos. La amabilidad

ro. La emperatriz se había beneficiado del suceso; el poder que ahora manejaba superaba todo límite previo. El duque, hermano del rey, había sido perseguido sin causa justificable y su parcela destruida sin piedad. El príncipe, aún

dorada. Las mujeres preparaban el lecho nupcial con rosas blancas y rojas cuidadosamente dispuestas. Aceites finos y perfumes de lavanda rodeaban el cat

inalizados -anunció su asistente-. La princesa ha

la había encontrado humillada, encerrada entre anfibios y serpientes. Sus lágrimas caían sobre

arrones contrastando con el verde intenso de los árboles. Thomas sintió

a -dijo Catherine al

io -respondió-. Escuchar mi no

una gran dicha

ber la raz

añana -sonrió

aire, latente y expectante. A partir del mañana, uno y

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