Las Joyas de Sangre
ón de una respiración ajena, escalofriante, como si alguien hubiese estado demasiado cerca durante la noche. El miedo, extraño y silencioso, se mezclaba con el sabor de una bebida tibia y espe
de plenitud. En un suave pestañear, un eclipse tomó posesión del cielo, y la claridad fue reemplazada por un rojo profundo e inquietante. Aque
na tina de porcelana ornamentada con oro fino y puro. El agua estaba perfumada con pétalos de rosas y aceites persas; posteriormente, el baño de crema que toda mujer de la realeza debía realizar una vez a la semana fue
mo símbolo de sanidad y virtud. La preparación se extendió durante dos horas completas. A las ocho, ya estaba lista. Levantarse t
archar a la guerra sin temor. Percibió el aroma dulce de su piel y la sonrisa magníf
sonrió-. ¿Quién será e
nclinándose, con la mirada al suelo-
s dispares. Los niños ayudaban a sus padres o jugaban entre ellos sin preocupación alguna. Los observaba con detenimiento y cierta melancolía. Ojalá pudiera ser libre, como en los cuentos que alguna vez escuchó de labios de su nana, donde las sirenas recorrían sin
opuesto al del reino: ramas secas, raíces sobresalientes, un cielo oscurecido y una neblina espesa capaz de alterar los nervios
contacto, aunque intentó disimularlo. Entre risas escandalosas, las mujeres
gar -anunciaron, señalando el vas
olumen territorial. Las paredes verdes de humedad y el firmamento oscuro contrastaban con el azul visible desde el castillo principal. No había soldados custodiando el condado, hecho que despertó
ncas que contrastaban con lo sanguinario de su presencia imponente. Su cabello sedo
to al príncipe, hemos sido testigos de su esgrima. Debo admitir que el poder de su esp
d-. Mis esfuerzos se centran en el bienestar del im
. Se admiraba su tranquilidad entre mujeres carentes de modales refinados. Aun así, dentro d
ago hambriento. No eran excesivamente dulces ni desagr
nde las preparó con cariño
viar a su castillo -añadió Iona-. Por cier
y creo que seremos felices juntos por mucho tiem
e estaba sola. Sin su alteza a su lado, sería alimento para lobos hambrientos. La amabilidad
ro. La emperatriz se había beneficiado del suceso; el poder que ahora manejaba superaba todo límite previo. El duque, hermano del rey, había sido perseguido sin causa justificable y su parcela destruida sin piedad. El príncipe, aún
dorada. Las mujeres preparaban el lecho nupcial con rosas blancas y rojas cuidadosamente dispuestas. Aceites finos y perfumes de lavanda rodeaban el cat
inalizados -anunció su asistente-. La princesa ha
la había encontrado humillada, encerrada entre anfibios y serpientes. Sus lágrimas caían sobre
arrones contrastando con el verde intenso de los árboles. Thomas sintió
a -dijo Catherine al
io -respondió-. Escuchar mi no
una gran dicha
ber la raz
añana -sonrió
aire, latente y expectante. A partir del mañana, uno y