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La traición del amor: La hija invisible

Capítulo 5 

Palabras:796    |    Actualizado en: 10/09/2025

so después de que terminó la llamada con Carla. Se volv

tamos lidiando con esto -gesticuló vagamente hacia la puerta de la

ro -dijo mi madre, aunque s

uina la conferencia de prensa sobre la oferta de beca de J

na amenaza vacía,

familiar de hace dos años. Yo estaba de pie, ligeramente apartada de los demás, mi sonrisa forzada. Javier tenía su brazo

lamada. Se fue al buzó

ausado suficiente estrés a esta familia. Me llamarás de vuelta en menos de una hora, o no te gustarán

uego colgó con un

que esté -murmuró mi madre, gua

ldición, eran una profecía. Me estaba

guido desde la escena del crimen, los mi

levantar un reporte de persona de

re se

cando a mi hija que solo está escondida en casa de una amiga

o años. Me alejé de una feria en la calle. Les tomó siete años encontr

cial me dijo que mis padres me habían encontrado. Imagi

ad fue...

Tenía doce años, era flacucha, con el pelo enredado y un

madre era tensa,

tan...

o sonrió e

trabajadora social, como si

tenía diez años, se sentó entre ellos. Había sido adoptado dos años después de

onrió con s

tú eres e

de un pasado que habían intentado superar. Habían construido una nueva y perfecta fa

leto a Javier. Él era el hijo del que estaban orgullosos. Yo era la

te, un detective entró

ntes de personas desaparecidas. Ninguno c

rvino otro oficial-. O a su familia no le importa l

lo suficiente como para reportarme como desaparecida. Porque ya habían deci

ndo genuinamente cansado.

tima por ellos -

én? -preg

consciente piedad-. Quienesquiera que sean. Descubrir que así es

an viviendo. Simplemente n

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La traición del amor: La hija invisible
La traición del amor: La hija invisible
“Como un fantasma, vi a mis padres llegar a la escena de mi crimen. Mi madre, una reconocida cirujana, y mi padre, el Fiscal General de la Ciudad de México, estaban ahí para supervisar el brutal asesinato de una joven no identificada. Esa joven era yo. Pero ellos no lo sabían. Para ellos, yo solo era una desconocida, un caso complicado y un titular inconveniente en los periódicos. Mi madre examinó mi cuerpo destrozado con una frialdad escalofriante, su análisis de las heridas de tortura era puramente clínico. Mi padre llegó, quejándose amargamente de las consecuencias políticas y la mala prensa. De pie, a solo unos metros de mi cadáver, hablaban de su hija "desaparecida": yo. -Está haciendo su berrinche de siempre -se burló mi padre-. Seguro se largó con cualquier vago para fastidiarnos. Estaban más preocupados por mi hermano adoptivo, el niño de oro, Javier, y su próximo juego de campeonato. Fui el problema de la familia en vida, y parecía que era un problema aún mayor en la muerte. La ironía era tan cruel que casi podía sentir su peso. Hablaban de mí, su hija perdida, mientras mi cuerpo yacía descomponiéndose a sus pies. Estaban ciegos, envueltos en sus vidas perfectas y en su amor por el hijo que orquestó mi final. Pero lo descubrirían. El asesino cometió un error. Me obligó a tragar un diminuto microchip para mascotas, una pista registrada a mi nombre. Una pieza de evidencia que no solo me devolvería mi identidad, sino que expondría al monstruo que llamaban hijo y reduciría su mundo perfecto a cenizas.”
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