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Su Cruel Obsesión, Su Agonía

Capítulo 4 

Palabras:775    |    Actualizado en: 22/08/2025

nte ella, su rostro un

harías algo tan vil? Pens

con una tristeza fingida

biando, volviéndose duro y frío-. Necesitas ap

esto a lo

óte

espalda. Sofía se mordió el labio para no gritar

acable de dolor. Su piel se abrió, sus músculos gritaron,

ina de agonía, lo es

voz un murmullo distante-. Estoy

usurro déb

o lo

alabra, dejándola con l

pequeño rasguño en su brazo y se había enfurecido, amenazando con destruir a la persona respons

lor, un extraño frío y cruel con e

o. Lágrimas de rabia y desesperación corrían por su rostro. Nunca

ó, él estaba allí, sentado en un tabure

us labios. Cada centímetro de su cuerpo

a violencia, luego el arrepentimiento-. Sé que esto es difícil. Una vez qu

orporó. Metió la mano en el bolsillo de s

u voz un susurro cr

comiso, que le otorgaba una parte significati

ías en mí, Damián -dijo-. Que to

estaban fijos en ella, llenos de una necesidad deses

voz espesa por la emoció

tud en sus ojos. Su calma, su plá

a un abrazo gentil, c

, acariciando su cabello-.

pasivo, su mente a un millón de kil

ideicomiso. Era un acuerdo de divorcio irrevocable y una tra

sus risas y gemidos resonando por la mansión. La llevó a los restaurantes favoritos de Sofía,

s. Necesitaba despedirse. Mientras estaba de pie ante sus lápidas, una ll

detrás de ella

ella, una sonrisa cruel en su rostro-. ¿O

oliendo con una pena demasiad

un siseo rencoroso-. Me dijo que solo está contigo

igo -dijo Sofía, su voz plana-. Que

con fuerza. Sofía tropezó, sus pies resbalando en la hierba mojada. Cayó hacia atr

se volv

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Su Cruel Obsesión, Su Agonía
Su Cruel Obsesión, Su Agonía
“Mi hermano menor, Ernesto, estaba atado a una silla de metal, convulsionando, con el rostro de un espantoso color azul. Yo estaba de rodillas, suplicándole a Damián Ferrer, el hombre que alguna vez amé, que se detuviera. Él me miró desde arriba, su hermoso rostro era una máscara de fría indiferencia, y me ofreció una opción: cien latigazos para mí, o que Ernesto tomara mi lugar. Dijo que Isabella, la mujer que se parecía a mí y con la que ahora estaba obsesionado, necesitaba ser apaciguada. La llamaba su "terapia", afirmando que mi desobediencia la alteraba. Le recordé que Ernesto tenía fibrosis quística, que su cuerpo ya era tan débil, pero Damián se burló, diciendo que su dolor era mucho mayor. Ernesto, apenas consciente, susurró: -No... no lo hagas por mí. Pero acepté el látigo, solo por su medicamento. La expresión de Damián se suavizó, atrayéndome a una cruel ilusión de seguridad. Entonces, su sonrisa se desvaneció. -Te equivocaste -susurró, con un brillo en los ojos-. No eliges quién recibe el castigo. Solo aceptas que se aplique. Señaló a Ernesto. -Él recibirá los latigazos por ti. Grité, luchando por proteger a mi hermano, pero Damián me sujetó con fuerza, hundiendo mi cara en su pecho. No podía ver, pero oí todo: el chasquido seco del látigo, el golpe nauseabundo, el gemido ahogado de Ernesto. Una y otra vez. El hombre que amaba era un monstruo que encontraba placer en mi dolor.”
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