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Corazón Indomable

Capítulo 4 

Palabras:492    |    Actualizado en: 09/07/2025

se con la madre de Alejandro. Yo tenía dieciséis años. Me trajeron a esta m

se volvió a casar y su nuevo esposo no quería cargar con la hija de otro hombre. Me enviaron con mi padre co

Y la promesa que le hice a mi padre en su lecho de

viera a cargo de la empresa familiar, ellos recibirían una generosa

z a

50

n el altar del deber familiar

me estás e

me sacó de mi tran

e parecía atractivo y seguro, ahora se veía superficial y cruel

voz ronca. "No te

íbula s

ses. Te pondrás bien

aje, Ricardo," dije, con

Qué

te vayas de m

. Su expresión cambió de la fal

bas de pasar por algo traumático. E

nte en la cama. El movimiento me causó una punzada de dolor, pero la

arme así? Después de todo lo que he hecho por ti. Te d

manejé la empresa que heredé de mi padre. Yo crié al hijo que adoptaste. ¿Qué hiciste tú por m

se enrojec

iciosa, igual que ella. Siempre queriendo más. ¡Per

uerta, su mano te

sidad. Así que más te vale empezar a mostrar algo d

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Corazón Indomable
Corazón Indomable
“El dolor me partió el abdomen en dos. Era mi cumpleaños, y Alejandro, a quien había criado con el amor de una madre por diez años, me sonreía. Acababa de regalarme un licuado de fresa, una bebida que ahora quemaba mis entrañas. Pero el ardor no era solo físico; era la amarga verdad que susurró: "Siempre te he odiado, Sofía. Te odio porque cada vez que te veo, veo la cara de mi madre." Luego, la mancha carmesí en mi vestido blanco: mi bebé, el hijo de Ricardo, mi prometido. Mi prometido, que llegó para consolarme, para decirme que era un "aborto espontáneo" y que Alejandro "solo bromeaba". Luego me miró con asco y dijo: "Estás hecha un desastre. Hueles a enfermedad". En mi lecho de dolor, vi la película silenciosa de mi vida: diez años entregados a la promesa hecha a mi padre. Diez años cuidando de una familia que no era mía, de una empresa que yo manejaba mientras ellos ponían el nombre. Incluso mi propia madre, al enterarse de mi compromiso, solo llamó para asegurar su pensión, susurrándome que no fuera "egoísta". ¿Egoísta yo? La que había sacrificado su juventud por todos. Mi cuerpo dolía, mi corazón estaba roto, pero una rabia fría y dura como el acero me inundó. "¿Qué quieres, Sofía?", me preguntó Ricardo el hipócrita. "¿Dinero? ¿Joyas? ¿O quieres que formalicemos el matrimonio? Puedo llamar al juez mañana mismo." ¡El matrimonio era el premio de consolación por mi sumisión! Con una calma aterradora, tomé un trozo de cristal de un jarrón roto. Debía romper el lazo, destruir el símbolo que me ataba a su odio. "¡Sofía, no!" , gritó Ricardo, pero era demasiado tarde. Con un movimiento rápido, arrastré el cristal por mi mejilla izquierda. El dolor era liberador. Ya no era la Sofía que conocían, la que odiaban, la que usaban. Y en medio del horror en sus rostros, me eché a reír. Esa risa, que estalló como dinamita, me liberó de una cárcel de diez años. Y así, ensangrentada, pero con el alma libre, crucé la puerta, dejando atrás el veneno y el dolor. No había vuelta atrás.”
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