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Corazón Indomable

Capítulo 3 

Palabras:629    |    Actualizado en: 09/07/2025

ma. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas cerradas. Escuchaba murmu

o un remanso de orden bajo mi

o y me había dado analgésicos. El dolor en mi vientre se había cal

alma en medio de la desolación. La calm

Sabía quién era sin necesidad de mirar. Su perf

. El padre del hijo q

oz falsamente suave.

odía soportar ver la h

la cama. Sentí el colchó

o espontáneo. Fue por el estrés, supo

aban. Una forma limpia y convenie

ara del clima. "Es solo un chico, Sofía. A veces hace bromas pesadas. No

alabra resonó en e

mechón de cabello húmedo por el sudor. El

rimera vez, escuché un atisbo de su verdadera

idamente, como si

te recuperes, podemos irnos de viaje. A Europa, como siempre qu

fección sin pedir nada a cambio. La mujer cuyo rostro se parecía al de la madre de Alejandro, una

e mi vida pasaron frente a mis ojos

tomó la mano. "Sofía, prométeme que cuidarás de la empresa. Y de Al

cioso socio de mi padre, estaba a mi lado. Me dijo que me ayudaría. Unos años después, me propuso matri

le

icial de la empresa. Ricardo era la cara pública, el preside

z a

ada, sangrando en mi propia cama, escuchando mentiras de un hombre que me veía co

convirtió en una rabia f

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Corazón Indomable
Corazón Indomable
“El dolor me partió el abdomen en dos. Era mi cumpleaños, y Alejandro, a quien había criado con el amor de una madre por diez años, me sonreía. Acababa de regalarme un licuado de fresa, una bebida que ahora quemaba mis entrañas. Pero el ardor no era solo físico; era la amarga verdad que susurró: "Siempre te he odiado, Sofía. Te odio porque cada vez que te veo, veo la cara de mi madre." Luego, la mancha carmesí en mi vestido blanco: mi bebé, el hijo de Ricardo, mi prometido. Mi prometido, que llegó para consolarme, para decirme que era un "aborto espontáneo" y que Alejandro "solo bromeaba". Luego me miró con asco y dijo: "Estás hecha un desastre. Hueles a enfermedad". En mi lecho de dolor, vi la película silenciosa de mi vida: diez años entregados a la promesa hecha a mi padre. Diez años cuidando de una familia que no era mía, de una empresa que yo manejaba mientras ellos ponían el nombre. Incluso mi propia madre, al enterarse de mi compromiso, solo llamó para asegurar su pensión, susurrándome que no fuera "egoísta". ¿Egoísta yo? La que había sacrificado su juventud por todos. Mi cuerpo dolía, mi corazón estaba roto, pero una rabia fría y dura como el acero me inundó. "¿Qué quieres, Sofía?", me preguntó Ricardo el hipócrita. "¿Dinero? ¿Joyas? ¿O quieres que formalicemos el matrimonio? Puedo llamar al juez mañana mismo." ¡El matrimonio era el premio de consolación por mi sumisión! Con una calma aterradora, tomé un trozo de cristal de un jarrón roto. Debía romper el lazo, destruir el símbolo que me ataba a su odio. "¡Sofía, no!" , gritó Ricardo, pero era demasiado tarde. Con un movimiento rápido, arrastré el cristal por mi mejilla izquierda. El dolor era liberador. Ya no era la Sofía que conocían, la que odiaban, la que usaban. Y en medio del horror en sus rostros, me eché a reír. Esa risa, que estalló como dinamita, me liberó de una cárcel de diez años. Y así, ensangrentada, pero con el alma libre, crucé la puerta, dejando atrás el veneno y el dolor. No había vuelta atrás.”
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