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Infierno de Amor Perdido

Capítulo 3 

Palabras:815    |    Actualizado en: 09/07/2025

mesa del comedor. Comía en la cocina, con el resto del servicio, pero incluso ellos mantenían la dist

ortantes. Martha, la jefa de servicio, me ordenó que sirvi

an tu nuevo puesto", dijo Mar

aban con descaro, algunos con lástima, otros con lascivia. Damián disfrutaba

inó, Damián me llam

anteniendo la

erminado. Recoge s

Y tienes hambre, ¿verdad? No has comido. Puedes terminarte l

a humillación era un fuego que me quemaba las mejillas. Miré los platos, la com

r" , resonó la voz de Damián en mi cabeza. Pero esta vez, debajo de la crueldad, percibí

tiqué lentamente, sin saborear nada, sintiendo las miradas de todos clavadas en mí. No iba a

al. Trajo a una mujer. Era hermosa, elegante, y la forma en que miraba a Dam

ordenó Damián, rodeando

almente" movió el pie, haciéndome tropezar. E

nque sus ojos brillaban de satisfacción. "Lo sien

rita Isabella", me orde

illándome para limpiar el

"Un vestido así cuesta más de lo que ganarás en toda tu

a, pero él solo observaba, su rostro inescrutable

ó el abdomen. Un espasmo tan fuerte que me robó el aliento. Me l

ngir que te mueres para no dis

"Me disculpo, señorita. Si me

abía que mi cuerpo se estaba rindiendo más rápido de lo que esperaba. Fui al baño y me miré en el espejo. Mi rostro era el de una extr

te. Era Damián. Su rostro m

permiso para

respondí, mi voz

ido, y creí ver una chispa de preocupación. Extendió la mano, como si fuera a tocar mi frente

ariño, ¿dó

uevo. Retiró la mano bruscamen

Y no quiero oír una sola queja",

a vacilación resonando en la habitación. Era una tortura. Esa pequeña, casi imperceptible muestra

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Infierno de Amor Perdido
Infierno de Amor Perdido
“La mansión Alcocer, ahora un mausoleo de deudas, asfixiaba a mi familia con su aire pesado. Mi padre, que antes caminaba con altivez, ahora estaba encorvado, consumido por la inminente bancarrota. La única salida, según él, era un pacto con el diablo: Damián Montenegro. Su precio no era dinero. Él me quería a mí, Elena Alcocer, la hija de su archienemigo, como un trofeo para humillar y destruir. Acepté, con una sola condición: el estudio de mi difunta madre, su legado, debía permanecer intocable, un santuario en medio de la tormenta. La boda fue una farsa grotesca, un circo de miradas curiosas y sonrisas burlonas. Vestida de blanco, me sentía como un cordero en el matadero. Damián, cruelmente guapo, se inclinó, su aliento venenoso en mi oído: "Bienvenida al infierno, Elena Alcocer. Cada día desearás estar muerta". Luego, en mi mente, una voz helada que no era suya: "Esto es solo el comienzo. Pagarás por cada lágrima que mi madre derramó. Tu padre te usó para salvarse, y yo te usaré para destruirlo" . La pesadilla comenzó: me degradó a sirvienta, limpiando baños, comiendo sobras, todo para romperme. Mi propio cuerpo, sin que ellos lo supieran, ya se rendía a una leucemia avanzada, y ni mi padre ni mi hermano Leo mostraron la compasión que tanto anhelaba. Un dolor inmenso, la traición de la familia, y la enfermedad que me consumía parecían sellar mi destino. Pero no moriría en vano.”
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