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Infierno de Amor Perdido

Capítulo 2 

Palabras:735    |    Actualizado en: 09/07/2025

ejado sobre una silla, una falda gris y una blusa blanca, sencillas y ásperas. Era el uniforme de las sirvientas. Me sentía despoja

a mezcla de curiosidad y desprecio. La jefa de servicio, una mujer mayor ll

"No tendrás privilegios. Tu primer trabajo es limpiar los bañ

s, de mármol y con grifos dorados. Cada uno era más grande que mi dormitorio. Me arrodillé en el suelo frío, el olor de los químicos me revolvía el

aba vestido con un traje impecable, listo para ir a su oficina. Me miró desde arr

ar natural, después de todo. De rodill

reció enfurecerlo más. Se acercó y deliberadamente derramó el

", dijo con falsa i

gachó, su rostro a centímetros del mío. Pude oler su loci

ó en voz baja y let

se sentía física, un golpe en el estómago. Levanté la vista y lo miré a los ojo

i cabeza, su voz mental. "Hazlo. Rómpete de una vez. Muést

, una corriente de dolor tan profunda que casi me ahoga. Era c

daría la satisfacción de verme rota. Lentamente, me incliné. El olor a café amargo llenó mis fosas nasale

a. "No quiero que manches mi suelo con t

en mi cuero cabelludo era agudo, pero el dolor en mi alma era insoportable. Me abracé a mí misma, el cuerpo sacudido por

aba por el pasillo, me pregunté si estaba volviéndome loca. Esas voces, esos pensamientos de Damián que parecían invadir mi

propósito era destruirme. Y yo tenía que sobrevivir, no por mí, sino por la promesa que le hice a mi m

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Infierno de Amor Perdido
Infierno de Amor Perdido
“La mansión Alcocer, ahora un mausoleo de deudas, asfixiaba a mi familia con su aire pesado. Mi padre, que antes caminaba con altivez, ahora estaba encorvado, consumido por la inminente bancarrota. La única salida, según él, era un pacto con el diablo: Damián Montenegro. Su precio no era dinero. Él me quería a mí, Elena Alcocer, la hija de su archienemigo, como un trofeo para humillar y destruir. Acepté, con una sola condición: el estudio de mi difunta madre, su legado, debía permanecer intocable, un santuario en medio de la tormenta. La boda fue una farsa grotesca, un circo de miradas curiosas y sonrisas burlonas. Vestida de blanco, me sentía como un cordero en el matadero. Damián, cruelmente guapo, se inclinó, su aliento venenoso en mi oído: "Bienvenida al infierno, Elena Alcocer. Cada día desearás estar muerta". Luego, en mi mente, una voz helada que no era suya: "Esto es solo el comienzo. Pagarás por cada lágrima que mi madre derramó. Tu padre te usó para salvarse, y yo te usaré para destruirlo" . La pesadilla comenzó: me degradó a sirvienta, limpiando baños, comiendo sobras, todo para romperme. Mi propio cuerpo, sin que ellos lo supieran, ya se rendía a una leucemia avanzada, y ni mi padre ni mi hermano Leo mostraron la compasión que tanto anhelaba. Un dolor inmenso, la traición de la familia, y la enfermedad que me consumía parecían sellar mi destino. Pero no moriría en vano.”
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