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Ladrona De Mente

Capítulo 4 

Palabras:679    |    Actualizado en: 09/07/2025

omedios. Miguel había insistido en que fuera, "para despejar la mente". Pero al ver a Catalina en el

el corazón martilleándome en el pecho, di un

una pregunta para nuest

o se hizo denso. La señora Morales me miró con ad

a todos, aquí y ahora, cómo es posible que un argumento basado en premisas erróneas sobre la síncopa jarocha pueda ll

na palideció visiblemente. Murm

puesta, Miguel se interpuso entre nosotras.

soportar que alguien más tenga éxito! ¡Deja en paz a

ón se sintió fría y amarga. Él, que conocía mi dedicación, mi amor

para recuperar la compostura. Con lágrimas fi

. Miguel tiene razón, si estás molesta por tus pro

ca. Lo hizo con fluidez, con confianza, como si eso probara su conocimiento. La multitud, impresionada por su apare

arlo más. Las lágrimas de rabia y frustración que había estado conteniendo brotaron sin control. Di me

nca, y todo el dolor, la desesperación de mi vida pasada y la impotencia de esta, salieron en un sollozo desgarrador. Lloré

Se sentó a mi lado, pero su presencia y

ue calmarte. Sé

as con furia. Mi voz era fría, vacía de t

namorado. Veía a un extraño, un hombre que valoraba más el éxito

abó, M

¿De qué

iego, alguien que prefiere defender una mentira brillante a

vuelta

ntil! ¡Estás tirando

aso hacia mi propia liberación. Había perdido a mi mentor, a mis compañeros y ahora a mi novio. Es

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Ladrona De Mente
“El eco de la sirena de la ambulancia aún perfora mis recuerdos. Un listón suelto, según ellos. Mi carrera de bailarina, mis sueños en el Festival Nacional de Danza Folclórica, se hicieron pedazos junto con mi tobillo. Pero la verdadera tragedia fue ver a mi madre, mi única familia, consumirse por el dolor y la injusticia de todo lo que me hicieron. La enfermedad que se la llevó fue un veneno lento, goteando de cada titular que me acusaba de mi propia "negligencia". "La joven promesa, Sofía, descuidó su propio vestuario en un acto de irresponsabilidad imperdonable", repetían, mientras Catalina sonreía, inocente, detrás de su fachada de preocupación. ¿Cómo podían creerles? ¿Cómo podían culparme a mí, la víctima, de mi propia desgracia? La desesperación me llevó al borde, pastillas en mano, una carta de despedida a un mundo que me había traicionado. Pero la oscuridad no fue el final. Un parpadeo. El olor a laca. El murmullo del público. Mi tobillo, perfecto. "¡Sofía! ¡Sales en cinco minutos! ¿Estás lista?" Había vuelto. No era un sueño, ni el más allá. Era la noche del Festival, mi segunda oportunidad. Y esta vez, no caería en la trampa.”
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