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Entre Celos y Psicosis: Ella

Capítulo 3 

Palabras:854    |    Actualizado en: 09/07/2025

empre me había tratado con amabilidad, se at

la hermana del señor Miguel..

lla tan rápido que la mu

da. "Recuerda quién te paga el sueldo. Recuerda que tienes una familia

La pequeña chispa de esperanza que se había encendido en

escritorio volcado. Era una foto. Una foto de Miguel y yo cuando éramos ni

pó de su garganta. S

al apretar el marco. "Siempre metida en m

cristal se hizo añicos. Luego, como si eso no fuera suficiente, se a

aliento. Me acurruqué en el suelo,

arita de buena, tu ai

estómago. Me doblé, tosien

a carpeta específica entre el mar de papeles. Era de un colo

busos terribles y que, después de meses de terapia intensiva, por fin empezaba a sonreír de nu

ogió. Lo abrió

"Seguro otro pobre diablo al qu

abella, a

un ruego

nces, lentamente, empezó a romper las hojas. Una por una. Los dibujos de Mateo, sus p

ando el corazón del pecho. Ese expediente no era papel. Era la vida de u

r, el miedo, la impotencia... todo s

por primera vez, no vio mi

resonando en el silencio que siguió a la destrucción. "Juro por mi

ón" pareció

n me va a mandar a

o su rostro

s." Miró a la puerta.

bía visto antes en la casa, entraron en la habitación. Eran los gu

dijo uno de ello

bella con una facilidad pasmosa. "Está loc

í. Ya no tenía fuerzas. Me levantaron del suelo

ro contorsionado por una ex

r qué tan profesio

ió a los

nle la

alizó. Miré a los hombres. Sus rostros eran impasibl

susurré,

que Miguel vea la clase de víbora que metió en su casa. Para que todos tus paci

adrenalina. Empecé a luchar, a

a, no hagas est

ica para sus oídos. S

Sofía. Sí

el cuello de mi blusa. El sonido de la tela rasgándose f

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Entre Celos y Psicosis: Ella
Entre Celos y Psicosis: Ella
“Soy Sofía Durán, psicóloga. Dejé mi vida y mi exitoso consultorio en la Ciudad de México para cuidar de mi cuñada Isabella, que sufría de depresión posparto. Pero en lugar de agradecimiento, Isabella, consumida por celos y delirios, irrumpió en mi consultorio improvisado con una furia desatada. Me abofeteó, gritando acusaciones retorcidas sobre una supuesta infidelidad con mi propio hermano, Miguel. Ante los ojos aterrorizados de las empleadas y la sonriente complicidad de su amiga, Patricia, Isabella y sus secuaces destrozaron mi consultorio, tirando libros al suelo y rompiendo mi laptop. Luego, con una crueldad calculadora, se ensañó con mis archivos confidenciales de pacientes, rompiendo hoja por hoja el expediente de un niño traumatizado, Mateo, mi caso más delicado. El dolor y la humillación eran insoportables. Pero el verdadero terror comenzó cuando, no satisfecha con la destrucción física, ordenó a sus guardias de seguridad que me desnudaran para fotografiarme, con la intención de destruir mi reputación para siempre. Incapaz de hablar, con el corazón gritando, cerré los ojos, preparándome para lo inevitable. Pero justo entonces, la voz de Miguel, furiosa y atronadora, resonó en la habitación, deteniendo el horror. Aliviada, me aferré a él, llorando incontrolablemente. En los días siguientes, en mi mente, orquesté una fría venganza, replicando su crueldad en un sótano oscuro. Sin embargo, en el instante decisivo, la realidad me golpeó: la violencia y la confesión eran solo una alucinación. Isabella no era un monstruo, sino una paciente más, hundida en una psicosis posparto. La justicia que buscaba no era la violencia, sino la ayuda profesional. Aunque esto significara irme y dejar atrás las hirientes dudas de mi propio hermano, ahora debía reconstruir mi vida.”
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