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Justicia en El Infierno

Capítulo 1 

Palabras:710    |    Actualizado en: 09/07/2025

omero, y esta es la

so, el gran árbol sagrado en el centro del reino, cuyas hojas susurraban profec

espuestas en los cie

de la sequía, de la invasión bár

os, mi propio hermano, el Príncipe Carlos, y

aba con

recida, para calmar el miedo que

l de mis músculos, escuché los gritos de

la Lámpara de las Almas, un objeto que su

s de invocación, creyendo que mi sufrim

pondieron, y San Migue

el inframundo, un l

que fue, es arrastrada an

aquí también, miles de ella

terno para l

imos nuestros hogare

da para s

más dolorosos, provienen de

odio que apaga cualqui

lamarte así, nos traicionaste a todos,

, ni siquiera me mira, pero

l pesa sobre tu conciencia, Sofí

te sentada en un trono de obsidiana, golpe

como el eco en una cueva profunda, "veremos los actos

a se materializa frente a todos,

espejo se ondula y

angrentada, no es

e San Miguel, h

damente al gran salón, soy yo, el día que me encontraron y me traj

orre hacia mí, es

zos, sus ojos llenos

dice, su voz temblando de emoción, "nunca más

niña asustada, le devuelvo el abrazo, sintié

n amor perdido, que un silencio incómo

arlos, a

lido, sus ojos fi

parta la vista, como si no pudiera soportar ver al

más para sí mismo que para los de

sma convicción, la primera gr

pueblo murmur

amor, la

a mí, un alma d

la duda, por primera vez, comienza a f

ra mostrar más, y yo espero, porque

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Justicia en El Infierno
Justicia en El Infierno
“Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de mi muerte. El día que San Miguel cayó, el cielo no lloró, se rompió en un aullido silencioso. Mi pueblo no buscó respuestas en los cielos, me buscaron a mí. Me culparon de todo: la plaga, la sequía, la invasión bárbara que nos destruyó. En la plaza pública, ante los ojos de todos, mi propio hermano, el Príncipe Carlos, y mi prometido, Diego Mendoza, me sentenciaron. No bastó con matarme. Para apaciguar a la multitud, me desollaron viva. Sentí el frío del acero separando la piel de mis músculos, escuché los gritos, una mezcla de horror y alivio. Con mis huesos, construyeron la Lámpara de las Almas; con mi piel, faroles. Ahora estoy aquí, en el inframundo, un lugar gris y sin fin. Mi alma, un retazo, es arrastrada ante el Juez. Las almas de mi pueblo susurran y me señalan. "¡Castigo eterno para la traidora!" "¡Que arda para siempre!" Los gritos más fuertes vienen de Carlos y Diego. "Hermana, si es que alguna vez puedo llamarte así, nos traicionaste a todos," me dice Carlos, su rostro lleno de odio. "Cada vida perdida pesa sobre tu conciencia, Sofía," añade Diego, "tu castigo apenas comienza." Pero el Juez del Inframundo golpea su mazo. "El Espejo del Pasado revelará la verdad," su voz retumba. Un espejo de plata líquida aparece. Muestra el palacio de San Miguel, hace muchos años. Una niña flaca, yo, volviendo a casa con mi hermano. "Sofía, mi pequeña hermana, te encontré," dice Carlos, abrazándome, "Nunca más dejaré que nada te pase, te protegeré siempre." ¿Protección? ¡Qué fácil es hablar de protección cuando eres el verdugo! En la siguiente imagen, una trampa de la supuesta "dulce" Aurora Vargas, a quien Diego defendió, me obliga a humillarme ante el Príncipe Bárbaro. ¿Valió la paz lograda con tanta humillación? La verdad es un veneno que todos temen. Pero yo no, yo la mostraré.”
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