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Jaula de Oro, Alma Rota

Capítulo 1 

Palabras:841    |    Actualizado en: 09/07/2025

sistencia, una lección de humillación. Su esposo, Alejandro Vargas, un hombre de la alta sociedad mexicana, l

favoritas de Alejandro era obligarla a arrodillarse sobre sal gruesa durante horas por cual

n una voz fría y distante, sin mirar

r paciente. Él le había dicho que tenía una condición, una enfermedad extraña que le provocaba un rechazo físico ha

ezó con la alfombra y, para no caer, se agarró instintivam

. Se apartó de ella como si lo hubiera quemado, s

torsionado por la repulsión. "¡Estás

ió, con el cor

lejandro, fue

s," siseó él. "Quiero q

tableta que Alejandro le permitía usar. Era un enlace a un sitio web exclu

oya Oculta de los Vargas", estaba su propia fotografía, una que le habían tomado para un evento de caridad h

ón, garantizada intacta después de cinco años de matrimonio. Pureza certificad

n era tan abrumadora que apenas podía respir

que escuchó al otro lado era inconfundible. Era Regina Castro, la amante de Ale

no dulce. "¿Ya viste la subasta? Es una idea genial de Alejandro,

o podía

te creíste esa estupidez de su 'enfermedad'? Alejandro simplemente no te soporta. Le das

a que había debajo. El dolor en sus rodillas, que había comenzado a palpitar de nuevo, era nada

enciosos. La humillación pública, la traición de su esposo, la

n arreglada por las familias para fusionar sus imperios empresariales. La abuela de A

. Los matrimonios de negocios son complicados. Alejandro puede ser... difícil. Pero te doy mi palabra. Si este muchacho te hac

Elena habían parecido una formalida

a de Regina y buscó el número que Doña Elena le había dado hacía cinco a

ono sonó una, d

oña Elena era tan fi

rota por el llanto. "Soy yo, Sof

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Jaula de Oro, Alma Rota
Jaula de Oro, Alma Rota
“Por cinco años, la mansión Vargas fue mi jaula de oro, y Alejandro, mi cruel carcelero. Me sometía a humillaciones diarias, excusándose en una supuesta "aversión" física hacia mí. La última tortura: arrodillarme sobre sal gruesa por una mota de polvo, mientras él murmuraba que la disciplina purificaba mi alma. Aceptaba su mentira, creyendo que su rechazo era una extraña enfermedad y que mi paciencia lo curaría. Pero una noche, un contacto accidental con su brazo desató su furia y sus gritos: "¡Estás sucia! ¡No me toques!" Horas después, en la soledad de mi habitación, la tablet reveló la verdad: "La Joya Oculta de los Vargas" era yo, subastada. "Se subasta: La primera noche con Sofía Romero de Vargas. Pureza certificada." Mi mundo se desmoronó, la humillación insoportable. Luego sonó mi teléfono, era Regina Castro, la amante de Alejandro, confirmando el engaño con una voz venenosa: "¿De verdad creíste lo de su 'enfermedad'? Tu virginidad es solo un trofeo." Los cinco años de mentira se hicieron añicos, dejándome vacía y rota. Caí al suelo, sollozando, con el dolor físico superado por la traición. En mi desesperación, recordé las palabras de Doña Elena, la abuela de Alejandro, el día de mi boda: "Si este muchacho te hace daño, llámame. Yo arreglé esto y yo puedo deshacerlo." Con manos temblorosas, marqué el número que guardé por si acaso, una última esperanza. "Abuela", susurré, mi voz rota, "Soy yo, Sofía. Necesito su ayuda. Por favor."”
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