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Engaño y traición: su dulce castigo

Capítulo 4 

Palabras:782    |    Actualizado en: 09/07/2025

nte en el jardín de su casa, con docenas de invitados, un servicio de catering y música en vivo. Lo presentó como un gesto de a

isa cansada, permitiendo que Lucía la ayudara a elegir un vestido y la ma

cular esta noche. Es una

en los ojos de Lucía que

das, y los invitados, en su mayoría socios de negocios de Ricardo y figuras de la al

, se sentía como una pieza de exposición. La gente se ace

avillosa! La adversidad real

hombres se quedarían al lado de s

carcelero, sonriendo para la multitud. Lucía revoloteaba por la fiesta, siempre cerca de Ricardo, actuando como la anfitrio

ndo Ricardo subió a un pequeño escenario

ndo en los altavoces. "Sofía es mi inspiración, mi roca. Su fuerza me asombra cada día. Y es

u lado, con una mano sobre su vientre apena

ntó su copa.

", corearon

uno de los camareros. El camarero se acercó a u

capítulo...", dijo Ricardo

las mesas, tropezó y se estrelló contra la silla de ruedas de Sofía. El impacto fue brutal.

o en su prisa y confusión, la pisotearon. Un tacón afilado se clavó en su piern

allete. La tela se deslizó, revelando lo que había debajo. No era un retrato de Sofía,

y Lucía por la llega

s pasaron de la pancarta a Ricardo y Lucía, que estaban cong

fía. El dolor físico de su pierna no era nada comparado con la agonía de esa revelaci

do, no corriendo hacia ella, no preocupado por su caída, sino mirando

o Ricardo, recuperando la compostura, la tomaba de la mano y levantaba

ia silenciosa, una petición de felicidad para su n

todo se vo

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Engaño y traición: su dulce castigo
Engaño y traición: su dulce castigo
“Mi dedo se deslizó sobre la tablet, diseñando un vestido de noche, pero mi mente estaba lejos. Sentía una mirada fría, invisible, persiguiéndome. Ricardo, mi prometido, lo llamaba paranoia, secuelas del accidente que me dejó en silla de ruedas. Pero mi instinto me gritaba que algo andaba muy mal. En su estudio, buscando un boceto, mi mano tropezó. Debajo de una estantería, pegada con cinta negra, había una cámara diminuta. Mi respiración se cortó. No hubo grito. Solo un silencio más profundo, helado. Encontré doce en mi propia casa: ojos electrónicos que me desnudaban día y noche. La ira me invadió, congelando mi sangre. Esa noche le sonreí a Ricardo, una máscara frágil. "Mi amor, mañana pasaré el fin de semana con mi tía. Necesito un cambio de aires." Me besó la frente. Mi piel se erizó de repulsión. Pero yo no fui a casa de mi tía. Desde la ventana de un hotelucho enfrente, usé mi teléfono para monitorear sus propias cámaras. No tardó. El auto de Ricardo volvió. Una mujer alta y esbelta bajó: Lucía, una de sus modelos, la misma de sus campañas. Entró en mi casa, descalza, se dejó caer en mi sofá. El audio era nítido. "¿Estás seguro de que no volverá antes?", preguntó Lucía, su voz melosa. "Tranquila", respondió Ricardo. "La tonta se cree todo. Su paseo de inválida siempre es el mismo. Tenemos tiempo." Lucía soltó una carcajada fea. "Por favor, Ricardo, ¡una inválida como ella tardaría horas en dar una vuelta a la manzana! Apenas puede mover los brazos." "No hables así de ella, Lucía. Sofía es mi línea roja." Lucía puso los ojos en blanco. "Esa línea roja te está costando una fortuna. ¿Cuándo le vas a decir la verdad?" Ricardo se apartó, mirando la ventana. Lo que no sabía es que yo, Sofía, no era ninguna inválida. Mis piernas estaban fuertes, recuperando el poder que él me había negado, un secreto celosamente guardado. "El bebé nacerá en seis meses", susurró Ricardo. "Cuando nazca, Sofía lo adoptará. Creerá que es un acto de amor. Ella lo criará como suyo." Lucía esperaba su dinero. Mi mundo se derrumbó: no era infidelidad, era un plan macabro para robarme la vida. Yo era un instrumento, una incubadora emocional. El dolor se convirtió en rabia helada. Lo vi besar el vientre de Lucía. Busqué un número. "Bonjour, Maison Dubois." "Habla Sofía Romero", dije, mi voz firme. "Llamo para aceptar su oferta. ¿Cuándo puedo empezar?"”
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