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Corazón Quebrado, Alma Incendiada

Capítulo 4 

Palabras:878    |    Actualizado en: 08/07/2025

veces es tan clara que duele. El día que mis padres me dej

guido trabajo en una maquiladora en la ciud

jos rojos. Me apretaba la mano tan fuerte que sus dedos estab

o. "Pórtate bien, m'ija. Te m

de mi abuelo, viéndolos alejarse en el vie

é, mi padrino, me pellizcaba la mejilla y me decía que cada día estaba más bonita. Las vecinas me trenzaban

erida. Me se

stúpi

es. Lo recuerdo porque mi abuelo había ido al pueb

io cuando la sombra del

na sonrisa que no le llegó

drino", respondí,

n, quiero mos

vó a la parte de atrás de su tienda, al almacén

la p

osa fría que me re

rminar de barrer. Mi a

dijo, y su sonrisa se hizo más gr

oceder, pero choqué con

iquita. Solo vamos

r. Fue su peso sobre mí, su aliento apestoso en mi cara, sus manos

e ves más bonita",

ndose el cinturón. Me tiró un bill

hicles", di

lo, temblando, rot

lo. Por un segundo, sentí un torrente de alivi

, preguntó mi abuelo,

dió el Tío José, dándole una palmada en e

lo los contó, los guardó en su bolsillo y luego me miró. A mí. Tirad

s ojos. No había pi

con voz dura. "Y límpiate esa

l hombre que debía proteg

léfono de disco para llamar a mis padres. Marqué el númer

abía

ono. El cable que iba a

isando el cable. No dijo nada. Solo me tomó

pretaba la mandíbula con sus dedos callosos, "o si se te ocurre abrir la boca... te voy

garro cayó sobre m

, temb

Tu padrino José es aficionado a la fotografía. Sería una lástima que t

ó. Caí

olvió suave, casi cariñosa, lo

que esto es lo mejor para todos. Tus papás necesitan el di

onder. Solo

ió, su cara a cen

mecánic

de su cigarro barato llenando el aire. La pequeña brasa de su cigarro seguía ardie

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Corazón Quebrado, Alma Incendiada
Corazón Quebrado, Alma Incendiada
“El olor a carnitas y el humo de cigarros llenaban el patio. Era mi fiesta de despedida. Mi mamá y mi papá, orgullosos, presumían mi carta de aceptación a la universidad. "Nuestra Luz se nos va a la capital", decía mi padre con la voz quebrada. "Va a ser alguien grande." El "Tío" José y mi abuelo Don Pedro me miraban con admiración. "Siempre fuiste la más lista", me palmoteaba el Tío José. Mi abuelo me entregó un sobre abultado de dinero. "Para que no te falte nada, mi niña." Todos aplaudían, me llamaban "Luz María", la promesa del barrio. Pero en mi boca, la palabra "gracias" se sintió como ceniza. Mientras todos caían borrachos, entre ronquidos y el zumbido de mosquitos, supe que era el momento. Llené dos cubetas con gasolina. El fuego corrió como una serpiente hambrienta. Las llamas naranjas y rojas devoraban todo. Vi las siluetas arder, escuché los gritos. Contaba a los muertos en mi cabeza. "Uno. Dos. Tres. Catorce." En la sala de interrogatorios, el oficial Sánchez me gritaba. "¡Catorce personas, Luz! ¡Incluyendo a tu propio abuelo! ¿No sientes nada? ¿Eres un monstruo?" Él no entendía. El Comandante Ramírez, con sus ojos cansados, me preguntó. "¿Por qué una chica como tú quemaría a todo su barrio? ¿Qué puede hacer que una luz brille tanto hasta quemarlo todo?" Lo miré, la sonrisa seguía en mi cara. "No soy una luz, Comandante", le dije, mi voz sonando extraña. "Soy el incendio." Pedí ver a mis padres. Ellos entraron, mi madre con el rostro hinchado, mi padre envejecido. "¡Dime que no es verdad, mi vida!", gritó mi mamá. "¡Ellos te dieron todo!" "Yo prendí el fuego", dije en voz baja. "Yo los maté a todos." Mi madre tembló. Mi padre palideció. "¿Por qué?", susurró mi padre. "Porque se lo merecían", respondí, con una sonrisa torcida. Sus ojos se llenaron de terror.”
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