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Familia Rota: El Reencuentro de Almas

Capítulo 3 

Palabras:1055    |    Actualizado en: 08/07/2025

Los guardias vigilaban la puerta principal y la trasera. Las ventanas tenían r

s probaba bocado y respondía con monosílabos. Ella no entendía. Para ella, yo era la prometida caprichosa que es

ía real, mi única esperanza. Me recordaba que no estaba sola, que mi gente caminaba por mí. Imaginaba su

ca me despertó. No era una radio. Era música en v

por un segundo. Él no

ventana de mi habitación, la que daba a

l mismo que usó en nuestra boda pasada. Pero no estaba solo. A

da. Aquí. En la casa que

os cuantos invitados, familiares cercanos supongo, aplaudían

pasionado, que no dejaba lugar a dudas. Esto no era un sacrif

ba, sus ojos se encontraron con los míos a través de la ven

nstante,

mbién r

ba salvando. Era una jugadora en esta p

uria blanca, caliente, que quemaba todo a su paso. Ya no era la pri

entrada del jardín, distraídos por la celebración. No me vieron

na ventana pequeña, sobre el fregadero. Sin pensarlo dos veces, subí al mostr

nto, el aire libre me supo a gloria. Empecé a correr, sin rumbo fij

egué

principal, su rostro de

ochi

a mí a grandes zancadas, su traje de c

me agarró del brazo, su ma

ando contra él. "¡Eres un

ento olía a tequila. "¡Son solo siete días

i cómo la mirabas! ¡Vi cómo te son

undo, vi al monstruo de mi vida pasa

dome de vuelta a la casa. "

a calmar! ¡

rostros una mezcla de curiosidad y escándalo. Su nueva esposa

pasa? ¿La seño

la voz al hablarle a ella. "Solo está un poc

a mi habitación. Me arrojó adentro

dijo, su pecho subiendo y bajando por la ag

as, y por primera vez en esta

, una ris

s después de que me case co

sonido de la llave girando

o. La fiesta continuaba. Él había vuelto al lado de su esposa, le sonreía, le susurra

go dentro de mí se rompió. La última pizca

ces, lo

vibr

cabeza. E

terremoto lejano. El vaso de agua en la mesita de no

latiendo desbocado. Me acerqué

Solo los coches pasando, l

nces, apa

a gente de la ciudad. Llevaban los pantalones de manta y los huaraches de mi pueblo. Sus pieles eran

de todos,

uht

en mi sien para saber que eran

ate est

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Familia Rota: El Reencuentro de Almas
Familia Rota: El Reencuentro de Almas
“El papel del acta de matrimonio se rasgó, un sonido seco que partió mi nueva vida antes de empezar. Lo miré, a él, el mariachi por quien lo dejé todo, sosteniendo los pedazos de nuestro futuro. "Primero me casaré con mi prima," dijo, su voz ya sin la música que me enamoró, solo excusas. Un frío glacial me invadió, un recuerdo escalofriante de otra vida, de un pozo seco. Allí, él me encerró después de matarnos a nuestros tres hijos, uno a uno, sofocándolos. Me condenó a esa oscuridad, alimentándome lo justo para prolongar mi tormento, culpándome por la muerte de su prima. Ella se quitó la vida, deshonrada por él, y en su retorcida mente, la culpa era mía, por casarme con él, por no salvarla. Morí en ese pozo, loca de dolor por mis hijos perdidos, y allí, renací. Volvimos a este registro civil, una segunda oportunidad que él quiso usar para enmendar sus pecados. "Después de siete días, me divorciaré y me casaré contigo," me propuso, como si fuera un trato razonable. Siete días. Era el tiempo que tardaría mi gente en encontrarme, el tiempo de mi martirio pasado lejos de mi comunidad y de mi "Mal de Ojo" . Lo miré fijamente, sin lágrimas, con una sonrisa vacía. "Está bien," le dije, mi voz extrañamente tranquila. Se fue, dejándome sola con los pedazos de papel. Solté el dolor punzante en mi sien, la señal más potente que jamás emití, una promesa de libertad. Sabía que en tres días, máximo, mi gente llegaría por mí, mi Cuauhtémoc, mi destino. Pero él, subestimándome, me secuestró, me encarceló en la casa de mis peores recuerdos. Entonces, los vi. La fiesta. Su boda en el jardín. Ella, su prima, vestida de blanco, me sonrió con malicia a través de la ventana. Ella también recordaba. No era una víctima; era mi enemiga. La rabia me consumió, y escapé de esa jaula. Él me arrastró de vuelta, su traje de charro convertido en un disfraz ridículo. "¿No puedes aguantar siete malditos días?" siseó. "¡No voy a esperar nada de ti! ¡Ustedes dos me engañaron!" le grité. Me arrojó a la habitación, encerrándome. Mi humillación era absoluta. Y entonces, sentí la vibración. No en mi cabeza. En el suelo. Los vi. Al final de la calle. Cuauhtémoc y los hombres de mi pueblo, silenciosos, imponentes. Mi gente había llegado. Mi rescate estaba aquí.”
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