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Mi Bebé, Mi Venganza

Capítulo 3 

Palabras:687    |    Actualizado en: 08/07/2025

toque, era cálido y firme en mi

ópez, era una voz joven, pero llena de una calma y una

, cerca de mi oído. "Tu bebé te necesita, tien

día de tormenta, una promesa

cho, una, dos veces, mi cuerpo se arq

Débil, pero está a

lvió a hablar, ahor

sladarla, vamos a proce

rdenes rápidas y precisas, sentí una presión en mi ab

ahí," susurró la voz. "T

do más hermoso y desgarrador que jamás había escuchado

ahora con un matiz de alivi

casi me devuelve a la conciencia plena, una mezcl

o esta

la voz, ahora más seria. "Necesita ir a la unidad

jo, quería agradecer a esa voz que nos ha

ó la atmósfera de la habitación, una de las enfermeras conte

de la señora Romero... está.

la voz de la enfermera s

tor Vargas? Ah.

susurró a otra colega, pero en el silencio de la habitación

mos a Sofía que no se preocupara por él, que Isabella había tenido un parto maravill

a fue como

hi

hijo", sin

profundidades de mi ser que me quemó por dentro

jactaba de su felicidad con otra mujer, con el hijo de otra mujer, mie

no sabía que pose

cente me cegó

e mí, con ojos amables y preocupa

o, tranquila,

articular, mi garg

luchador, como su madre," dij

, la rabia era un veneno

s un gruñido animal, me arranqu

nchando las sábanas

la tr

o supe después, reaccionó de inmediato, pres

de nuevo, una sola palabra se formó en mis l

gan

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Mi Bebé, Mi Venganza
Mi Bebé, Mi Venganza
“El chirrido de los neumáticos fue el último sonido coherente antes de que el mundo se desgarrara, y el impacto lanzó mi cuerpo de ocho meses de embarazo contra el cinturón, con el instinto de proteger a mi bebé como mi primera y única verdad. El olor a metal quemado y a gasolina llenaba el aire mientras las sirenas se acercaban, y yo me aferraba a la vida, sintiendo cómo se me escapaba la presión y la calidez entre mis piernas, un terror puro que ahogaba el dolor físico. "Mi bebé", susurré con los labios secos, "salven a mi bebé", mientras me arrastraban del coche hacia el torbellino de batas blancas que me llevaría a la sala de urgencias, a los pies de mi esposo, el Dr. Alejandro Vargas, el cirujano más respetado, mi única esperanza. Pero justo cuando creí que su presencia traería alivio, su teléfono sonó, y la mención de Isabella, mi prima también embarazada, borró de su rostro toda preocupación por mí y por nuestro hijo. Cuando el ginecólogo advirtió sobre un desprendimiento de placenta y sufrimiento fetal, la vida de nuestro bebé pendiendo de un hilo, Alejandro, con una arrogancia que nunca le había visto, lo ignoró, ordenando que el anestesiólogo fuera a ver a Isabella porque "Sofía es una mujer fuerte, puede soportar un parto natural." "Deja de ser dramática, Sofía", susurró cruelmente mientras me abandonaba a mi suerte, "Isabella me necesita más." La oscuridad me envolvió al escuchar el monitor cardíaco sonar plano, la voz del Dr. Morales, un joven médico, rompiendo el silencio: "La perdimos." Pero mi hijo vivió, su débil llanto resonó en la habitación mientras escuchaba a las enfermeras hablar de Alejandro alardeando de su "hijo, sano y fuerte, el bebé más hermoso", que resultó ser el de Isabella. Una ira volcánica me quemó por dentro, eclipsando el dolor físico, no por miedo, sino por una furia fría y calculadora, arrancándome las vías con un grito ahogado. "Venganza", susurré, una promesa silenciosa para mí misma, forjada en la traición que nunca perdonaría: destruir a Alejandro Vargas, el hombre que me había dejado morir.”
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