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Mi Bebé, Mi Venganza

Capítulo 2 

Palabras:549    |    Actualizado en: 08/07/2025

n, las manecillas del reloj de la pared parecían moverse con una lentitud c

las rotas, creando una agonía que me hacía querer gritar hasta

onsolarme, limpiándome el sudor

, señora Romero,

mi cuerpo se partía en dos y el hombre que amaba m

e escapaba de mí, manchando las sábanas blancas, el olor a hierro llenaba mi

onstante aunque débil, comenzó a sonar de forma errática, el sonido se volvi

rdiendo el ritmo cardíaco del

orriendo, su rostro era

los suelos, está entrando en shock hipov

dor, su frustrac

el anestesiólogo?! ¡L

ra respondió con

istiera a la señorita Castillo, dijo q

ópez se contrajo en

y su hijo se están muriendo! ¡Vayan a buscarlo

no vendría, para él, la única emergenc

tación, los pitidos de las máquinas, las voces urgentes, todo comenzó

confusos, ya no sentía el dolor, solo u

sas de amor eterno, ¿cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué mo

nca había visto pero que amaba con cada

ima solitaria rodando por mi sien. "M

culos se relajaban y mi respiración se

ré fue el pitido agudo y co

do plan

z, llena de pánico y desesper

digo azul, código azul en la sala de part

me envolvió

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Mi Bebé, Mi Venganza
Mi Bebé, Mi Venganza
“El chirrido de los neumáticos fue el último sonido coherente antes de que el mundo se desgarrara, y el impacto lanzó mi cuerpo de ocho meses de embarazo contra el cinturón, con el instinto de proteger a mi bebé como mi primera y única verdad. El olor a metal quemado y a gasolina llenaba el aire mientras las sirenas se acercaban, y yo me aferraba a la vida, sintiendo cómo se me escapaba la presión y la calidez entre mis piernas, un terror puro que ahogaba el dolor físico. "Mi bebé", susurré con los labios secos, "salven a mi bebé", mientras me arrastraban del coche hacia el torbellino de batas blancas que me llevaría a la sala de urgencias, a los pies de mi esposo, el Dr. Alejandro Vargas, el cirujano más respetado, mi única esperanza. Pero justo cuando creí que su presencia traería alivio, su teléfono sonó, y la mención de Isabella, mi prima también embarazada, borró de su rostro toda preocupación por mí y por nuestro hijo. Cuando el ginecólogo advirtió sobre un desprendimiento de placenta y sufrimiento fetal, la vida de nuestro bebé pendiendo de un hilo, Alejandro, con una arrogancia que nunca le había visto, lo ignoró, ordenando que el anestesiólogo fuera a ver a Isabella porque "Sofía es una mujer fuerte, puede soportar un parto natural." "Deja de ser dramática, Sofía", susurró cruelmente mientras me abandonaba a mi suerte, "Isabella me necesita más." La oscuridad me envolvió al escuchar el monitor cardíaco sonar plano, la voz del Dr. Morales, un joven médico, rompiendo el silencio: "La perdimos." Pero mi hijo vivió, su débil llanto resonó en la habitación mientras escuchaba a las enfermeras hablar de Alejandro alardeando de su "hijo, sano y fuerte, el bebé más hermoso", que resultó ser el de Isabella. Una ira volcánica me quemó por dentro, eclipsando el dolor físico, no por miedo, sino por una furia fría y calculadora, arrancándome las vías con un grito ahogado. "Venganza", susurré, una promesa silenciosa para mí misma, forjada en la traición que nunca perdonaría: destruir a Alejandro Vargas, el hombre que me había dejado morir.”
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