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Ecos de un amor traicionado

Capítulo 2 

Palabras:861    |    Actualizado en: 01/07/2025

lida y confundida por mi reacción, y mi hermana y su esposo se sentaban en la sala f

casco. Todo lo que necesitaba para su misión. Sin hacer ruido, la arrastré fuera de la habitación y la escondí en el fondo de mi armario, debajo de sábanas viejas. Luego busqué las

anquila. Era un plan fr

ra. El celular de Camila sonó

contrario, me ahorran el viaje. ¡Per

onrisa forzada, tratando de

a mandar un coche de la compañía por mí maña

stino, o lo que fuera que estaba moviendo los hil

o desde la sala, se levantó co

a. Oye, por cierto, ¿no ibas a revisar tu

uscar po

má, con los nervios, lo guardó en ot

paralizada, viéndola ir directamente a mi armario.

ue tu mamá la pondrí

evolviendo su futuro. Mi hija me miró con una mezcla de pena y decepció

tó un poco, pero no lo suficiente.

n coche de la compañía... Sí, un sedán blanco, m

vo, pero esta vez Javier estaba preparado. Me i

en paz! ¡

il. Camila lloraba en silen

r, para! ¡Me est

sedán blanco. La informa

rta principal, decidida a bloquearle el paso a Camila con mi propio cuerpo

ir a nin

esto. Por favor, no

ndes! ¡Te

in control, crudas y terribles. Ca

que este lugar te trae malos recuerdos,

se detuvo frente a la

y a dej

brazo. Ella i

á, su

que perdí el equilibrio y caí de rodillas sobre el escalón de la entrada. Mis rodillas golpearon el concret

e, Camila! -le

tia mientras me veía en el suelo. Pero la insistencia de J

má. Te llamaré

caminó hacia el coc

dad que me heló los huesos. Me arrodillé en el suelo, derrotada, con

e arriba, co

o bien, Sofía. Y

o cómo el coche blanco se llevaba a mi hija hacia su muerte por segunda vez.

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Ecos de un amor traicionado
Ecos de un amor traicionado
“El eco de una llamada vieja resonaba en mi cocina, una voz llena de orgullo: -Mamá, ¡me dieron el proyecto de la mina de San Lorenzo! La misma donde papá... Pero esa voz, la de mi Camila, se cortó, y yo completé en mi mente: "Donde lo secuestraron y lo dieron por muerto." La última vez, sonreí, la abracé. Esa misma noche, el cártel la silenció para siempre. Hoy, mi café seguía caliente, el sol entraba por la misma ventana, el calendario marcaba la misma fecha. No era un recuerdo. Estaba sucediendo otra vez. El horror me paralizó. Mi hija entró a la cocina, radiante con el mismo vestido amarillo. -¡Mamá, tengo noticias increíbles! ¡El proyecto de la mina de San Lorenzo es mío! Ahí estaba. El principio del fin. Intenté advertirle: -No vayas, Camila. Es peligroso. Pero entró mi hermana Elena y su esposo Javier, siempre sin tocar. -¡Felicidades, sobrina! -exclamó Elena, con un destello de triunfo en sus ojos al verme. Sacó su celular. -Deberíamos organizar una cena para celebrar antes de que Cami se vaya a San Lorenzo la próxima semana. Estaban filtrando la información. A propósito. Me lancé, intentando arrebatarle el teléfono. -¿Qué haces? ¿A quién le estás diciendo? Elena me empujó. Javier se interpuso, agarrándome. -Ya cálmate, Sofía. Estás haciendo una escena. Estás asustando a tu hija. Su agarre era doloroso, su mirada fría. Me empujó. Caí. Mi familia, quienes debían protegerla, la estaban entregando. Y yo era la única que lo sabía. El ciclo había comenzado.”
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