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El Precio de la Humillación

Capítulo 2 

Palabras:408    |    Actualizado en: 30/06/2025

la del cajero, incapaz de

, la voz de Sylvia

surré. "El di

lo cogió, lo leyó dos veces

entido. Vamos a

temblaban tanto que casi s

o el vestido de tus sueños?", su

no está en la cuenta

otro lado. Un sile

o vi a mi madre hacer la transferencia. Debe

mo. Lo he comprobado.

Lo hablaré con mi madre

nó en mi cabeza, pero me sentía de todo menos tranquila. Me sentía hu

imo me recibió con su sonrisa ambigua de siempre. Máxi

dijo su madre, sirviéndose una copa de vino. "El dinero

edé h

emana sin que ni siquiera te hayas dado cuenta?

iene sus gastos. Quizás te emocionaste un poco

as compras online, reservaste algo para la luna de

mando ladrona o, en el mejor de los casos, una manirrota descontrolada. Un

ese dinero", dije,

e de Máximo dejó su copa. "Bueno, si tú lo

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El Precio de la Humillación
El Precio de la Humillación
“El aire de la Feria de Abril aún olía a azahar cuando Máximo me pidió matrimonio. Yo le di el "sí" más dulce, creyendo en un futuro perfecto junto al hombre de mis sueños. Una semana después, en la cena familiar oficial, su madre, dueña de media Sevilla, me entregó una tarjeta de débito con una "ayudita" de 20.000 euros para el ajuar. Parecía un cuento de hadas. Pero el sueño se desmoronó brutalmente en la tienda de novias más exclusiva. La dependienta, con voz discreta, anunció: "Fondos insuficientes." De 20.000 euros, solo quedaban 500; los 19.500 euros restantes habían desaparecido. Cuando intenté aclarar lo sucedido, Máximo y su madre, con sonrisas falsas y palabras melladas, me acusaron sutilmente de derrochadora. "¿Usado? ¿Cómo iba a gastar 19.500 euros en una semana sin que nadie lo notara?", grité, pero ellos insistieron, haciéndome dudar de mi propia cordura. Incluso mis padres, deslumbrados por el apellido Castillo, me pidieron que reflexionara y me disculpara, dejándome sola y humillada. ¿Cómo iba a aceptar ser acusada de algo que no hice? ¿Cómo pudieron mis propios padres dudar de mí? La rabia me quemaba por dentro. No podía ser. Alguien me estaba tendiendo una trampa. No iba a permitir que me pisotearan así. Con la ayuda de mi amiga Sylvia, decidí tenderles una trampa a ellos. Si querían jugar, íbamos a jugar. Y yo sería la ganadora.”
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