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No Se Juega con el Agente Especial

Capítulo 2 

Palabras:485    |    Actualizado en: 25/06/2025

los, pero Ricky extendi

ie se va de mi fies

antiago perman

ta, Ricky. Y n

ste club de campo es de mi padre. Así

un sonido agud

el dueño de todo. Deber

os, un cansancio profundo

problemas. Simpl

ía enfurecer a

uí eres tú. Pero, ¿sabes qué? Estoy de

ruesa y sacó un fajo de bi

z mil pesos son tuyos. Probablemente e

cia ellos, con e

basta. Déja

partó de u

Esto es entre 'ganad

ago, su perfume caro inva

i? ¿El gato te c

iba abajo, su expre

gustabas un poco. Eras i

La chica que recordaba se había desvanecido,

a. "Un fracasado. Yo tomé la deci

de Ricky, presumién

y cruel, "¿por qué no le damos un trabajo? Siempre ne

abajo servil, sino que implicaba que él ni siquiera er

estalló en

a en su interior. No era ira, sin

ara sí mismo.

que permitiría que estas personas insignificantes l

as risas se apagaba,

circo", dijo, su voz tranqui

pasar

puño, haciendo que las copas de champ

guri

negros y audífonos se materializaro

ñó Ricky, su rostro e

a San

a ninguna parte ha

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No Se Juega con el Agente Especial
No Se Juega con el Agente Especial
“Santiago Vargas odiaba las reuniones de exalumnos. Por insistencia de su amigo Javier, allí estaba, en un exclusivo club de campo de la Ciudad de México, su discreto Mastretta MXT, su "vehículo de servicio", desentonando entre Porsches y Mercedes. Apenas entró al salón, las miradas de juicio lo envolvieron. Ricardo "Ricky" Garza, el autoproclamado rey, lo abordó con desprecio: "¿Esa chatarra de ahí afuera es tuya, Vargas?" Y Valeria, su amor platónico de antaño, ahora una caricatura materialista, se burló: "¿Un burócrata de bajo nivel? ¿Cuánto te pagan?" La humillación no tardó en escalar. Ricky ofreció diez mil pesos por lamer sus zapatos, y Valeria, con una sonrisa cruel, sugirió que Santiago fuera su chófer. Cuando intentó irse, Ricky lo golpeó, su arrogancia inquebrantable. "¡Nadie se va de mi fiesta sin permiso!", gritó, y ordenó a sus amigos destrozar su coche. Una ira gélida y una resolución inquebrantable se apoderaron de Santiago. Mientras la multitud vitoreaba, él observaba con una calma peligrosa que los arrogantes no podían comprender, ignorantes de la verdad que yacía bajo el "coche barato". ¿Creían realmente que podían humillarlo así? Con una sonrisa casi imperceptible, Santiago susurró: "Hazlo, pues". Afuera, los palos de golf de titanio rebotaron inútilmente del Mastretta. En ese instante, y con los guardaespaldas sujetándolo, Santiago discretamente hizo una llamada telefónica, activando una secuencia de eventos que cambiarían la noche para siempre.”
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