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Renacer de salto de puente

Capítulo 3 

Palabras:691    |    Actualizado en: 20/06/2025

an sin control. Mis manos estaban entumecidas, arañadas por piedras y ramas. Cada músculo de mi cuerpo gritaba de dolor. Pero seguí buscand

e Isabella estaban desayunando en la

collar, mis mano

desdén y luego, con una sonrisa c

gustaba tanto. Ade

sonrisa en sus labios. Mi sacrificio no había significad

mi palidez. Trabajé todo el día, organizando la agenda de Mateo, respondiendo correos, sirviendo café. Cada

abella apareció

ijo con una dulzura empalagosa. "Mateo quie

e sirvieron. Mateo dedicó toda su atención a Isabella, riendo con sus comentarios, ignorándome por completo. Recordé los ti

. Pero extrañamente, el dolor físico traía una especie de alivio emocional. Cada punzada era un recordatorio de

lor en mi cuerpo era constante,

steles específicos de una paste

ento bien," supliqué, mi

cómo te sientas

aminar bajo el sol. Mi cuerpo protestaba con cada movimiento. Compré los dichosos pa

eo. Isabella tomó la caja,

los de crema de avellan

ecía chocolate," ta

os correctos." Mateo, que había obser

ería los de frutas del bosque. Y luego otra vez, porque el glaseado no era el adecuado.

a caja voló por los aires, los pasteles esparciéndose por el asfalto. Caí pesadamente. Un dolor agudo me recorrió el cuerpo. Sent

do me ingresaron. Lo vi a través de una nebl

¡Dios mío

lrededor. "Hemorragia interna masiva..." "F

n nombre escapaba de mi

... Ma

o, sus lágrimas ca

iste. Voy a llamar a Mateo. Tie

, marcando con d

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Renacer de salto de puente
“Mi médico suspiró, confirmando lo inevitable: mi leucemia estaba en etapa terminal, y yo solo anhelaba la paz de la muerte. Para mí, morir no era una pena, sino la única liberación de una culpa que nadie, excepto él, entendía. Luego, mi teléfono sonó, y la voz fría de Mateo Ferrari, mi jefe y antiguo amor, me arrastró de nuevo a un purgatorio autoimpuesto. Cinco años atrás, en los viñedos de Mendoza, su hermana y mi mejor amiga, Valeria, me empujó por la ventana para salvarme de unos asaltantes. Su grito y el sonidFmao de un disparo resonaron mientras huía, y cuando la policía me encontró, Mateo me sentenció con un odio helado: "Tú la dejaste morir. Es tu culpa." Desde entonces, cada día ha sido una expiación, una condena silenciosa bajo la crueldad de Mateo. Él me humillaba, me obligaba a beber hasta que mi cuerpo dolía, disfrutando mi sufrimiento como parte de esa penitencia interminable. Mi existencia se consumía bajo su sombra, una lenta autodestrucción en busca del final. La leucemia era solo el último acto de esta tragedia personal, la forma final de un pago que creía deber. ¿Por qué yo había sobrevivido para cargar con esta culpa insoportable y el odio de quienes una vez amé? Solo ansiaba el final, la paz que la vida me había negado, el perdón de Valeria. Una noche, tras una humillación brutal, una hemorragia masiva me llevó al borde de la muerte. Sin embargo, el rostro angustiado de mi amigo Andrés, y la inocencia de una niña que lo acompañaba, Luna, me abrieron una grieta de luz inesperada. ¿Podría haber una promesa más allá de la muerte, una oportunidad para el perdón y una nueva vida que no fuera de expiación?”
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