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La Jaula de Oro y el Veneno Silencioso

Capítulo 4 

Palabras:612    |    Actualizado en: 20/06/2025

periódico a Ricardo

aban, suplicando una

crueldad, la

enas miró

tu pasado, I

condescendie

a algo así. El

ndola, siempre c

sesperación: "¿No confí

ra un grito

eyera en ella, aunqu

Ricardo era una

una carcajad

e la jaula? Eres más astuta de lo

eran crueles,

na alimaña, no

abolengo. Tiene una reputació

vienes del lodo

humillante, una b

sería su condena

ió una amarg

otaron, calient

e importa de dónde vienes,

Todo había s

encogió de dol

pas a Sofía,"

quizás olvide

al, una prueba más

humillara, que nega

con la cabeza

rta lo que piensen. No me

bitación, dejando a Ricardo

na extraña liberac

portaba su

ó con s

una pequeña d

para Sofía, pa

ta era su úni

ña calma

humillació

í, pero no se ave

os, de los que disfruta

erviviente, marc

rior crecía co

umpleaños

una fiesta ostent

tados, música,

fachada, un

ue algo terribl

s cuchicheab

callada." "Dicen

n una mezcla de

a como un animal

a, vuln

pasados, cuando R

e, cualquier mirada despecti

posa. Res

o existía. O qui

cardo la

invitación abierta para

disfrutando d

ntía desnuda,

lía más que cu

s, amiga de Sofía,

o," dijo, con una sonrisa v

ia directa a las

calculada, diseñ

apretó l

estaba cerca,

con sus amigos

a una daga en el c

su abandono e

en medio de

las luces

gigante desce

imágenes. Ri

adamente, en la c

s, exp

deó. El escánd

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La Jaula de Oro y el Veneno Silencioso
La Jaula de Oro y el Veneno Silencioso
“Isabela Vargas, una joven muda de un pueblo costero de Oaxaca, vivía en una jaula de oro. Casada con el poderoso Ricardo Montenegro, su vida era un lujo vacío, una prisión sin barrotes. Pero un día, el velo de la opulencia se rasgó con un acto de crueldad inimaginable. Ricardo, enloquecido por la desaparición de su amante Sofía, ató a mis padres en la playa, con el agua subiendo peligrosamente. Exigió que revelara el paradero de Sofía, o ellos pagarían el precio. Mi mudez, una tortura adicional, se convirtió en la mordaza de mi angustia más profunda. Observé, inmovilizada por el terror, cómo sus hombres empujaban las cabezas de mis padres bajo el agua. Un grito ahogado murió en mi garganta, mientras el mundo entero de desvanecía. Mis padres. Muertos. Por mi culpa, resonaba en mi mente. El dolor era tan inconmensurable que me consumía, un fuego invisible que mi silencio amplificaba sin piedad. ¿Cómo podía el hombre que juró amarme ser mi carcelero, mi torturador, culpándome de una tragedia que él mismo orquestó? De ese abismo helado y esa agonía silenciosa, nació una nueva Isabela. Con un único y sombrío propósito: venganza. Busqué a Elena Cruz, mi amiga química, y en un cuaderno escribí una nota firme: "Necesito un veneno. Indetectable. Para él. Y para mí."”
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