ACUERDOS DE PLACER
rradura, sus manos temblorosas por la risa contenida. Alejandro, detrás de ella, no ayudaba precisamente
fallando por tercera vez en su intento de
as delatoras. Victoria miró nerviosa hacia el apartamento de la señora Martín
ando a Victoria dentro mientras hacía malabares con las bolsas restantes. Una vez dentro, se queda
-preguntó Victoria, pegada
ados exclusivamente a espiar compras de lenc
un manotazo jugu
iero a... ya sab
Carla estaba en clase de Derecho Mercantil a esa hora. Victoria sacó uno
do la prenda en alto-. "Mamá, ¿desde cuándo usas ropa inter
ma, hundiendo la cara en una al
eatro benéfica -sugirió, levantando la cabez
dose caer junto a él en la cama. Las bolsas cruji
ia, incorporándose-. Aunque, pensándolo bien, ¿dónde se supone que voy a esconder todo e
de un salto, adoptand
en mi armario? Nadie sospecharía jamás que el restaurantero má
rodando los ojos mientras doblaba cuidadosamente un conjunto de seda
ad llenó la habitación, mezclándose con el frufrú de la seda y el encaje, mientras guardaban su pequeño te
puertas del armario-. Que todo esto empezó como una locura temporal, y a
rcó y le dio un
ondió, guiñándole un ojo-. Además, ¿quién dice que la
o se congelaron en medio de la habitación, ella con un liguero de encaje colgando precariamente de un d
urró Alejandro, moviéndose en cír
platos de postre. Durante un segundo eterno, ambos ejecutaron una especie de danza caótica, chocando
nk,
el ritmo familiar: introducción de llave (siempre en el segundo intento, porque Carla invariablemente probaba primero con la l
HUM
a que Carla había perfeccionado a lo largo de años de batalla contra la ce
sin sonido, como si estuviera
erada-. ¿Y qué te dio la pista? ¿El golpe de cadera ma
ana y del suspiro de "el profesor no ha subido las notas") se coló por debajo de la puerta,
ida. Él todavía tenía la media colgando de la oreja, un detalle que en cualquier otro momento habría provocado
pletamente ajena al caos que había provocado su llegada-. ¡La cla
en una operación de alto riesgo, mientras él intentaba, sin éxito, parecer un adu
. En un último acto de desesperación, Victoria empujó a Alejandro hacia el armario, junto con la evide
casual apoyada contra el armario como si fuera su postura habitual de descanso-. ¿Por qu
amplia-. ¡Estaba practicando yoga! Ya sabes, respi
echosamente parecido a una risa ahogada se me