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Pecados Placenteros: Lascivia

Pecados Placenteros: Lascivia

Eva M

5.0
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Capítulo

Lascivia. Lujuria y Deseo Las vacaciones acabaron y Rachel debe volver a su puesto como teniente en el ejército de la FEMF, encontrándose con que la central de Londres no es lo mismo. Llegó un nuevo coronel, soberbio y con una belleza que no parece humana. Hombre que no tiene ojos sino dagas de acero que la ponen entre la espada y la pared al sentirse tentada por su superior. Ella sabe que no es sano, bueno, ni correcto sencillamente porque quien incita deseos impuros es el mejor amigo de su novio; Bratt Lewis. Christopher Morgan no es solo el coronel, verdugo y dictador del ejército más importante del mundo, tambien es el terror de la mafia italiana y a futuro el arma que dañara al que predica ser su hermano. Él tenía claro a lo que iba, pero Rachel despertó tentaciones sexuales regidas por aquel pecado desconocido llamado lascivia, demostrando que en cuestiones de pasión no hay amigos, alianzas ni compromisos. Él esta casado y ella sueña con lo mismo, pero la tentación desencadenará entre ellos un torbellino de pasiones, lujurias y deseos que solo viven aquellos que se hacen llamar amantes. "Sus actitudes son las de un desalmado sin sentimientos, pero su físico... Joder, su físico me humedece las bragas." Mafias, ejércitos secretos, infieles, adicciones y engaños. ¿Complicado? No, complicado es convivir con la tentación hecha hombre.

Capítulo 1
1

Rachel.

Las últimas vacaciones.

El caluroso sol de Phoenix invade cada poro de mi piel permitiéndome disfrutar una de las cosas que más amo en la vida: Impregnar mi piel con vitamina D. La escena sería perfecta si mis hermanas no estuvieran salpicando agua con su absurda pelea en la piscina.

Cierro los ojos ignorándolas por quinta vez en la mañana, quiero disfrutar los pocos minutos que me quedan bajo el sol.

— ¡Rachel! —grita mi hermana menor— ¡Ven a darte un último chapuzón!

—No, gracias —contesto sin moverme— No quiero someterme a su estúpida pelea.

—¡Aburrida! —bufa agarrando a mi otra hermana por el cuello.

—¡Chicas, el almuerzo está listo! —mamá se asoma por la ventana.

Suspiro colocándome los lentes sobre la cabeza. Mis hermanas la ignoran y continúan batallando en el agua. Intento hacer lo mismo, sin embargo, los ojos acusadores de mi madre me acribillan desde lejos.

—¡Rachel, ven ya o perderás el avión! —vuelve a gritar.

¡Maldito fin de vacaciones! Todo ser humano debería tener al menos cuatro meses al año para descansar. Y más, cuando se tiene un trabajo tan pesado como el mío.

—¡Voy! —grito para que no me regañe.

Siento un punzante dolor en la cabeza cuando me levanto. La resaca de ayer me está pasando factura ya que bebí hasta las cuatro de las mañana con un par de amigos que tenia años sin ver.

Arrastro los pies hacia el comedor, la empleada de mis padres está acomodando la mesa.

—Tome asiento —advierte—. Es tarde, le faltan cosas para empacar y puede perder el avión.

Todo el mundo repite lo mismo desde que me levanté.

—Almuerza rápido —mi madre entra a la cocina— Quedan muchas cosas por hacer y...

—Voy a perder el avión —termino la frase por ella—. Por lo que veo todos quieren que me marche lo antes posible.

—No digas tonterías, sabes que si por mí fuera te mantendría a mi lado los trescientos sesenta y cinco días del año —me da un beso rápido en la coronilla— Antes de empezar avísale a tu padre que el almuerzo está servido.

Mis hermanas entran en medio de empujones. Emma, mi hermana menor, resbala y cae graciosamente sobre la baldosa, no puedo evitar reírme a carcajadas mientras subo las escaleras en busca de mi papá.

Me encuentro con Tom, el labrador de la familia que me sigue al despacho con la lengua afuera.

El frío del aire acondicionado me eriza la piel cuando entro. Le doy una rápida mirada al lugar, todo sigue tal cual. El viejo sofá esquinero de color marrón a juego con la gran biblioteca que ocupa toda una pared, una lámpara traída de Marruecos junto a la ventana mientras que en la pared principal cuelgan las medallas y las condecoraciones de la familia.

Mi padre no permite que se remodele ni se cambie nada, este sitio ha permanecido tal cual durante generaciones.

Aprecio las medallas, toda la pared está llena de ellas, son los tesoros de la familia. Hay un espacio vacío e imagino que es para colgar mi tercera medalla por ascender a teniente.

Toda la familia por parte de mi padre pertenece a la milicia, a un ejército en especial llamado la "FEMF" (Fuerza Especial Militar del FBI) incluso yo. Desde los siete años estudié en una escuela militar especializada. Luego, cursé la secundaria en la escuela privada de la FEMF aquí en Phoenix. Cuando me gradué a los quince años me trasladaron a la academia de preparación de cadetes en Londres.

No puedo decir que ha sido fácil pero amo lo que hago. A mis veintidós años hablo siete idiomas, conozco tácticas de camuflaje y defensa personal. Sé sobre todo tipo de armas, explosivos y sistemas inteligentes. Además, de que he manejado los casos de los grupos más peligrosos del mundo.

He estado en misiones en Indonesia, Pekín, Moscú y París. He realizado misiones de espionaje, de rescate y de ataque. He ascendido por mérito, por ser uno de los mejores soldados de mi equipo.

Básicamente somos una rama secreta del gobierno, nos encargamos de las misiones más importantes del mundo: Misiones y delitos que deben mantenerse en secreto.

Uno de los más grandes comandos de fuerza y preparación está en Londres, llevo siete años viviendo en la elegante ciudad.

Es duro para mí tener a mi familia tan lejos ya que allá solo tengo a Luisa, a Harry, mis mejores amigos, y a Bratt, mi novio desde hace cinco años.

—Hice un nuevo espacio para tu medalla —comenta papá señalando el espacio vacío que ya había visto.

—Lo intuí, ahí quedará perfecta —le dedico una sonrisa, sé lo importante que es para él que su hija mayor siga sus pasos.

—Me encanta que le guste, teniente —sonríe.

Mi ascenso es un gran orgullo para él, me lo recalca todos los días.

—Te echaré mucho de menos —lo abrazo.

—Igual yo mi pequeña —corresponde el abrazo apretándome contra sus costillas.

—¡Rick, Rachel, se enfriará el almuerzo! —grita mi madre desde la escalera.

Bajo con mi padre y almuerzo con prisa «¡Ya se me hizo tarde!» Mi madre me repara con una ceja enarcada e ignoro el "Tenias razón, voy a perder el vuelo"

Soy la primera en acabar, corro hacia mi alcoba y empiezo a empacar lo poco que me queda.

—Adiós a las vacaciones... —comenta Sam (mi hermana de dieciséis años) bajo el umbral de la puerta. Aún tiene el cabello húmedo por la piscina. Se sienta en la esquina de la cama. Se ve preocupada y ambas sabemos que no es precisamente por mi partida.

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