Mi ex me dejo, su hermano me reclamo

Mi ex me dejo, su hermano me reclamo

Mar Jhonson

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Capítulo

Isabella Donovan siempre se sintió "demasiado" para un mundo que exige poco. Demasiadas curvas, demasiada entrega, y al final, demasiado dolor cuando Diego, su ahora exnovio, la abandona con una excusa tan cruel como superficial: su cuerpo no es suficiente. Rota y convencida de que el placer es un territorio que nunca podrá conquistar, Isabella busca refugio en el alcohol, solo para terminar confesando sus inseguridades más profundas al hombre menos indicado. Gabriel Blackwood no solo es el hermano mayor de Diego; es un respetado profesor de filosofía, un hombre de una disciplina férrea y el mejor amigo de Berto, el padre de Isabella. Pero tras la fachada de frialdad académica, Gabriel esconde un instinto protector -y posesivo- que se despierta al ver la vulnerabilidad de la joven. Ante la confesión de Isabella sobre su incapacidad para sentir placer, Gabriel le propone un trato tan lógico como peligroso: él será su maestro. Bajo un estricto código de confidencialidad, las lecciones comienzan. Lo que empieza con el reconocimiento de la propia piel y pequeños despertares sensoriales, pronto se transforma en un incendio que consume las reglas de la ética y la lealtad familiar. En bibliotecas polvorientas, despachos cerrados y rincones donde el peligro de ser descubiertos por Berto acecha, Gabriel e Isabella descubren que el deseo no entiende de parentescos ni de tallas. Pero el caos estalla cuando el pasado reclama su lugar: Diego regresa, arrepentido y con un anillo de compromiso en la mano, mientras la ex prometida de Gabriel reaparece dispuesta a recuperar su posición. Ahora, Gabriel e Isabella deberán decidir si lo que aprendieron entre las sombras fue solo una lección de anatomía o el descubrimiento de un amor por el que vale la pena quemar todos sus puentes.

Mi ex me dejo, su hermano me reclamo Capítulo 1 CENIZAS EN EL EGEO

El cristal de la ventana del departamento de Diego estaba empañado por la lluvia persistente de Londres, creando una barrera borrosa entre el mundo exterior y el caos que acababa de estallar en el interior. Isabella Donovan se quedó de pie en el centro de la sala, sintiendo que el aire se volvía denso, casi sólido, dificultándole la tarea de respirar. A sus pies, una maleta medio abierta revelaba lencería de encaje rojo que había comprado esa misma tarde, un intento desesperado y, ahora lo sabía, patético, de reavivar una llama que él ya había extinguido en secreto.

-No me mires así, Isabella -dijo Diego, pasándose una mano por el cabello rubio, el mismo que ella solía acariciar hasta quedarse dormida-. No es que no te quiera. Es que... simplemente ya no funciona.

-¿"Ya no funciona"? -La voz de Isabella salió como un susurro roto-. Estuvimos planeando nuestras vacaciones hace apenas dos días, Diego. Me dijiste que me amabas.

Diego soltó un suspiro de frustración, ese sonido que Isabella había aprendido a temer porque siempre precedía a una crítica disfrazada de consejo. Él se acercó a la mesa, evitando encontrarse con los ojos castaños de ella, que ahora brillaban por las lágrimas contenidas.

-Mira, seré honesto porque te mereces la verdad -soltó él, y el veneno en sus palabras fue más letal que cualquier grito-. Te has descuidado, Bella. Mucho. Intento sentir ese deseo de antes, pero cuando te veo... cuando veo cómo llenas la ropa, cómo te mueves... me cuesta. Me siento asfixiado. Necesito a alguien que se cuide, alguien que sea más... ligera.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Isabella sintió como si le hubieran propinado un golpe físico en el estómago. "Ligera". Una palabra tan pequeña para cargar con tanto odio. Ella siempre había sido una mujer de curvas generosas, de caderas anchas y busto firme, algo que Diego solía jurar que adoraba. Pero ahora, bajo la luz fría de la sala, esas mismas curvas se sentían como una condena.

-¿Me estás dejando porque estoy gorda? -preguntó ella, con una claridad que la sorprendió incluso a sí misma.

Diego no respondió de inmediato, lo cual fue la respuesta más dolorosa de todas.

-He empezado a ver a alguien, Isabella. Alguien del gimnasio. Ella es... diferente. Me hace sentir que no tengo que esforzarme tanto por encontrar la chispa.

Isabella no escuchó el resto. No necesitaba hacerlo. El zumbido en sus oídos ahogó las excusas baratas de Diego mientras ella recogía mecánicamente su bolso. No cerró la maleta; simplemente dejó atrás la lencería roja y los sueños de un futuro que nunca existió. Salió del departamento sin mirar atrás, con el eco de la palabra "ligera" rebotando en las paredes de su cráneo como un mantra de tortura.

Caminó durante lo que parecieron horas bajo la lluvia fina. Su abrigo de lana se sentía pesado, empapado, pero no tanto como el peso que cargaba en el pecho. Isabella siempre se había considerado una mujer fuerte, orgullosa de su cuerpo a pesar de los estándares impuestos, pero el rechazo de la persona que debía amarla incondicionalmente había perforado su armadura.

"Nadie te desea", susurró una voz cruel en su mente. "Si el hombre que dormía contigo no podía encontrarte atractiva, ¿quién lo hará?".

Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la fachada de madera oscura y luces tenues de "The Obsidian", un bar de estilo clásico, frecuentado por académicos y gente que buscaba discreción. Era el lugar favorito de su tío menor y de su padre, Berto, cuando querían escapar del bullicio. Pero esa noche, Isabella solo buscaba un lugar donde el alcohol pudiera anestesiar el ardor de su insuficiencia.

Entró y el calor del local la golpeó de inmediato, junto con el aroma a roble y tabaco caro. Se dirigió directamente a la barra, ignorando las miradas de algunos clientes que notaron su aspecto desaliñado y su cabello oscuro pegado a las mejillas por el agua.

-Un whisky doble. Sin hielo -le dijo al barman con voz ronca.

Bebió el primero de un trago, sintiendo cómo el líquido quemaba su garganta y encendía un fuego artificial en su estómago. Pidió el segundo. Y el tercero. Con cada vaso, la imagen de Diego y su nueva "amiga ligera" se volvía más borrosa, pero el dolor subyacente seguía ahí, transformándose en una mezcla peligrosa de autocompasión y furia.

-No deberías beber tan rápido, Isabella. El whisky es para paladearlo, no para usarlo como combustible de incendio.

Esa voz. Era profunda, aterciopelada y poseía una autoridad natural que hizo que los vellos de la nuca de Isabella se erizaran. No necesitaba girarse para saber quién era. Solo había un hombre en su círculo cercano que hablaba con esa cadencia pausada, como si cada palabra fuera una lección de vida.

Gabriel Blackwood.

El hermano mayor de Diego. El hombre que su padre consideraba un hermano. El profesor de filosofía que siempre parecía observar el mundo desde un pedestal de conocimiento y autocontrol.

Isabella giró lentamente en el taburete, sintiendo que el mundo daba un pequeño vuelco debido al alcohol. Allí estaba él, impecable en un traje gris marengo, con la corbata ligeramente aflojada y esos ojos azules gélidos que parecían ver a través de todas sus capas. Gabriel no se veía sorprendido de verla allí, pero había una tensión en su mandíbula que sugería que no estaba precisamente encantado con el estado en el que se encontraba la hija de su mejor amigo.

-Gabriel -arrastró ella las palabras, esbozando una sonrisa amarga-. Qué sorpresa. ¿Vienes a darme una clase de ética sobre el consumo de alcohol en solitario?

Gabriel se sentó en el taburete contiguo, manteniendo una distancia respetuosa pero cargada de una presencia abrumadora. Hizo una seña al barman para que no le sirviera más a ella y pidió un agua mineral para él.

-Vengo de ver a mi hermano -dijo Gabriel en voz baja, y sus ojos se suavizaron apenas un milímetro al notar el rastro de rímel corrido en las mejillas de Isabella-. Me encontré con él saliendo del edificio. Me contó... su versión.

Isabella soltó una carcajada seca que sonó más como un sollozo.

-¿Su versión? ¿Te dijo que soy demasiado grande para su cama? ¿Que prefiere a alguien que no tenga que esforzarse por mirar? Porque eso fue lo que dijo. Me dejó por gorda, Gabriel. Por no ser "ligera".

Gabriel apretó el vaso de agua con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. La rabia que sintió hacia su hermano menor fue repentina y visceral, algo que no encajaba con su naturaleza analítica. Había observado a Isabella crecer desde que era una adolescente, siempre admirando en secreto la calidez que desprendía y la confianza con la que llevaba su cuerpo. Escuchar que Diego había destrozado esa confianza de una manera tan vil le provocó un rechazo profundo.

-Diego es un idiota, Isabella. Siempre lo ha sido -sentenció Gabriel-. Pero tú no deberías estar aquí destruyéndote por las palabras de un hombre que no tiene la capacidad intelectual ni emocional de apreciar lo que tiene enfrente.

Isabella se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal. El aroma de Gabriel, una mezcla de sándalo y lluvia, la envolvió, nublando aún más su juicio.

-No es solo eso, Gabriel -confesó ella, y su voz se quebró, revelando la herida más profunda-. Él tiene razón en algo. No sé cómo ser deseada. Me dijo que nadie querría estar con alguien como yo. Y lo peor... lo peor es que tiene razón. Ni siquiera sé cómo funciona mi propio cuerpo. Nunca he tenido un orgasmo, Gabriel. Ni uno solo. He fingido cada vez para que él no se sintiera mal, y al final, el problema soy yo. Soy un desierto donde nada crece.

Gabriel se quedó petrificado. La confesión era demasiado íntima, demasiado cruda para el entorno en el que se encontraban. Pero mientras miraba los labios temblorosos de Isabella y la desesperación en sus ojos, algo cambió en la estructura de su pensamiento. El profesor, el amigo, el hombre... todos esos roles chocaron entre sí.

-No eres un desierto, Isabella -dijo él, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente íntima-. Eres un libro que nadie se ha tomado el tiempo de leer correctamente.

Isabella lo miró fijamente, desafiándolo con la mirada empañada por el alcohol.

-Entonces enséñame, profesor. Si eres tan sabio y tan buen amigo de mi padre, enséñame lo que Diego no pudo. Enséñame a no odiar mi cuerpo. Enséñame a sentir algo que no sea este vacío.

Gabriel sabía que debía levantarse, llevarla a casa de su padre y olvidarse de esa conversación. Pero la imagen de Isabella, con sus curvas bajo la ropa húmeda y esa mirada de súplica herida, encendió algo en él que la filosofía no podía explicar.

-¿Eres consciente de lo que estás pidiendo? -preguntó Gabriel, su voz era ahora un susurro cargado de una advertencia que ella, en su estado, decidió ignorar.

-Pido una lección -respondió ella-. Y tú siempre dices que el conocimiento es poder.

Gabriel cerró los ojos por un segundo, sabiendo que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. El mejor amigo de Berto, el hermano de su ex... todas esas etiquetas se desvanecieron ante la posibilidad de ser él quien reclamara el territorio que su hermano había despreciado.

-Está bien, Isabella -dijo él, volviéndose hacia ella con una determinación gélida-. Te enseñaré. Pero bajo mis reglas. Nadie puede saberlo. Ni Diego, ni mucho menos tu padre. Serás mi alumna en el sentido más estricto y carnal de la palabra. Paso a paso. Centímetro a centímetro.

Isabella sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío exterior. El trato estaba sellado en la penumbra del bar, y con él, el inicio de una caída hacia un placer prohibido que ninguno de los dos estaba preparado para gestionar.

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