El Regreso del Ingenuo Millonario

El Regreso del Ingenuo Millonario

Jia Zhong De Lao Shu

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Capítulo

Sentí el frío metal en mi espalda, un dolor agudo que me robó el aliento. Caí sobre el pavimento mojado de un callejón oscuro, la lluvia lavaba la sangre de mi abdomen. Vi la silueta de Sebastián, el chico que consideré mi hermano, sosteniendo el cuchillo que goteaba con mi vida. "¿Por qué?", susurré, la voz rota. Sebastián se rio, una risa cruel: "Porque eres un millonario ingenuo, Joaquín. Me diste todo, pero quería ser tú, no tu sombra." Se agachó, sus ojos brillaban con odio. "Ahora, todo lo tuyo será mío. Tus padres me verán como el hijo que perdieron. Nadie te recordará." El veneno de sus palabras se filtró en mis últimos momentos, más doloroso que las puñaladas físicas. El mundo se oscureció, y su risa victoriosa resonó mientras me hundía en la negrura infinita. Creí que era el final, que mi alma flotaría en la nada, llevada por el eco de esa traición inolvidable. De repente, una luz cegadora me golpeó. Parpadeé. El dolor se había ido. Estaba de pie, mi cuerpo intacto, en el auditorio de mi universidad, un lugar que sentía extrañamente familiar. En el escenario, bajo un cartel de "Donación para el Futuro", vi a la directora sonriendo, y a su lado, con un traje impecable y una sonrisa de santo, estaba Sebastián. El mismo Sebastián que me había asesinado. "Damos la bienvenida al joven Sebastián Rodríguez", decía la directora, "nuestro más generoso benefactor." Los aplausos resonaron. Lo miraban con admiración, como a un héroe. Vi a Elena, la chica más popular, sus ojos brillaban de adoración por Sebastián, la misma Elena que me humilló llamándome ladrón. Sebastián tomó el micrófono, su voz llena de falsa humildad. "Gracias, directora, solo quiero devolver un poco de lo mucho que la vida me ha dado." Una oleada de ira fría y pura me dejó sin aliento. No era un sueño, no era el más allá. Había renacido. Había vuelto al momento exacto en que la farsa de Sebastián alcanzaba su punto más alto, el momento antes de que firmara el acuerdo de donación. ¡Con mi dinero! La ingenuidad había muerto en ese callejón oscuro. Lo que quedaba era un hombre con un propósito. Mientras Sebastián disfrutaba los aplausos, saqué mi celular. Mis manos no temblaban. Marqué el número del banco privado de mi familia. "Buenos días, necesito un favor urgente," dije, mi voz con un filo de acero. "Quiero cancelar inmediatamente la tarjeta adicional con terminación 4822, a nombre de Sebastián Rodríguez." "¿Puedo preguntar el motivo?" "Actividad fraudulenta. Cancélala ahora." "Entendido, señor. Bloqueada y cancelada permanentemente." Colgué justo cuando Sebastián se sentaba en la mesa de firmas, pluma en mano. Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. El juego acababa de empezar, y esta vez, yo conocía todas las reglas.

Introducción

Sentí el frío metal en mi espalda, un dolor agudo que me robó el aliento.

Caí sobre el pavimento mojado de un callejón oscuro, la lluvia lavaba la sangre de mi abdomen.

Vi la silueta de Sebastián, el chico que consideré mi hermano, sosteniendo el cuchillo que goteaba con mi vida.

"¿Por qué?", susurré, la voz rota.

Sebastián se rio, una risa cruel: "Porque eres un millonario ingenuo, Joaquín. Me diste todo, pero quería ser tú, no tu sombra."

Se agachó, sus ojos brillaban con odio. "Ahora, todo lo tuyo será mío. Tus padres me verán como el hijo que perdieron. Nadie te recordará."

El veneno de sus palabras se filtró en mis últimos momentos, más doloroso que las puñaladas físicas.

El mundo se oscureció, y su risa victoriosa resonó mientras me hundía en la negrura infinita.

Creí que era el final, que mi alma flotaría en la nada, llevada por el eco de esa traición inolvidable.

De repente, una luz cegadora me golpeó.

Parpadeé. El dolor se había ido.

Estaba de pie, mi cuerpo intacto, en el auditorio de mi universidad, un lugar que sentía extrañamente familiar.

En el escenario, bajo un cartel de "Donación para el Futuro", vi a la directora sonriendo, y a su lado, con un traje impecable y una sonrisa de santo, estaba Sebastián.

El mismo Sebastián que me había asesinado.

"Damos la bienvenida al joven Sebastián Rodríguez", decía la directora, "nuestro más generoso benefactor."

Los aplausos resonaron. Lo miraban con admiración, como a un héroe.

Vi a Elena, la chica más popular, sus ojos brillaban de adoración por Sebastián, la misma Elena que me humilló llamándome ladrón.

Sebastián tomó el micrófono, su voz llena de falsa humildad. "Gracias, directora, solo quiero devolver un poco de lo mucho que la vida me ha dado."

Una oleada de ira fría y pura me dejó sin aliento. No era un sueño, no era el más allá. Había renacido.

Había vuelto al momento exacto en que la farsa de Sebastián alcanzaba su punto más alto, el momento antes de que firmara el acuerdo de donación. ¡Con mi dinero!

La ingenuidad había muerto en ese callejón oscuro. Lo que quedaba era un hombre con un propósito.

Mientras Sebastián disfrutaba los aplausos, saqué mi celular. Mis manos no temblaban.

Marqué el número del banco privado de mi familia.

"Buenos días, necesito un favor urgente," dije, mi voz con un filo de acero. "Quiero cancelar inmediatamente la tarjeta adicional con terminación 4822, a nombre de Sebastián Rodríguez."

"¿Puedo preguntar el motivo?"

"Actividad fraudulenta. Cancélala ahora."

"Entendido, señor. Bloqueada y cancelada permanentemente."

Colgué justo cuando Sebastián se sentaba en la mesa de firmas, pluma en mano.

Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. El juego acababa de empezar, y esta vez, yo conocía todas las reglas.

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