De Familia A Enemigo

De Familia A Enemigo

Xiao Zi Yi

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El frío del mármol me despertó de golpe, pero no era la oscuridad del ataúd que recordaba. Toqué mi vientre, plano aún, sin el dolor desgarrador que me había matado. Luego, los recuerdos me golpearon: la sonrisa falsa de mi hermana Valentina, la indiferencia helada del príncipe Alejandro, mi esposo. Recordé el veneno en mi té, llevándose no solo mi vida, sino la de mi hijo no nacido. La traición, la crueldad, todo se quemó en mi memoria como una herida abierta. Soy Sofía, y la mujer en el espejo es más joven, sin las ojeras de la desesperación, la misma que fui el día en que mi tragedia comenzó. Pero esta vez, cuando la doncella anunció mi embarazo, no sentí alegría ingenua, sino el primer clavo de mi ataúd personal. Mi hijo sería mi razón, mi arma, mi venganza. Recordé el falso encanto de Alejandro, su alegría por un heredero que le aseguraría poder, no por mí. Y recordé a Valentina, mi dulce hermana, quien no tardaría en aparecer para robarme lo poco que tenía. Pero esta vez, el juego había comenzado, y yo no sería la víctima. Yo sería la jugadora, moviendo cada pieza, tejiendo la red de la que ninguno de ellos podría escapar. Por mi hijo y por la mujer que fui, desataría el infierno en este palacio.

Introducción

El frío del mármol me despertó de golpe, pero no era la oscuridad del ataúd que recordaba.

Toqué mi vientre, plano aún, sin el dolor desgarrador que me había matado.

Luego, los recuerdos me golpearon: la sonrisa falsa de mi hermana Valentina, la indiferencia helada del príncipe Alejandro, mi esposo.

Recordé el veneno en mi té, llevándose no solo mi vida, sino la de mi hijo no nacido.

La traición, la crueldad, todo se quemó en mi memoria como una herida abierta.

Soy Sofía, y la mujer en el espejo es más joven, sin las ojeras de la desesperación, la misma que fui el día en que mi tragedia comenzó.

Pero esta vez, cuando la doncella anunció mi embarazo, no sentí alegría ingenua, sino el primer clavo de mi ataúd personal.

Mi hijo sería mi razón, mi arma, mi venganza.

Recordé el falso encanto de Alejandro, su alegría por un heredero que le aseguraría poder, no por mí.

Y recordé a Valentina, mi dulce hermana, quien no tardaría en aparecer para robarme lo poco que tenía.

Pero esta vez, el juego había comenzado, y yo no sería la víctima.

Yo sería la jugadora, moviendo cada pieza, tejiendo la red de la que ninguno de ellos podría escapar.

Por mi hijo y por la mujer que fui, desataría el infierno en este palacio.

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El aire del aeropuerto de la Ciudad de México vibraba con una electricidad que solo yo sentía. Después de tres años esperando a Leonardo, mi prometido y renombrado chef, el hombre que me robó el corazón, la pantalla parpadeó: "Aterrizado". Pero mi alivio se hizo pedazos cuando lo escuché susurrar al teléfono: "Todo va según el plan. Le pediré que nos casemos. Una vez que sea mi esposa, el dinero de los Romero será nuestro. Esto es por nuestro futuro, por el de Leíto. Necesito asegurar este matrimonio, ¿entiendes? Esta vieja fortuna es la clave." Leíto. Un hijo. ¿Su hijo? Mi cuerpo se paralizó al ver a una mujer llamarlo: "¡Leo!", con un niño de unos dos años, una copia de él. Él tartamudeó una excusa patética: "Ella es... Fernanda Díaz. Una colega. Su situación es complicada." Ella sonrió con burla: "¿Colega? Leo, cariño, no creo que esa sea la palabra adecuada." Entonces lo entendí, él había construido una familia a mis espaldas, usándome mientras tanto para asegurar un futuro lleno de lujos. Mi ira me dio la fuerza para susurrar: "Sube al coche, Leo. Hablaremos en casa." Pero la humillación no terminó ahí. Esa noche, Fernanda se presentó en mi habitación con el niño, quien usaba mi relicario, mi símbolo de amor, que Leo juró llevar por siempre. Ella sonrió: "Leo me lo dio hace más de dos años, cuando le dije que estaba embarazada de Leíto. Dijo que era un símbolo de su compromiso con nosotros, con su nueva familia." Leo, mi prometido, el hombre que me engañó, estaba criando un hijo con su amante, ¡y yo había sido la ciega que pagaba por su doble vida! Con una furia fría, decidí que esto no quedaría así. No huiría, contraatacaría. Marqué un número, el de Ricardo Alcántara, el magnate misterioso que una vez me propuso matrimonio. "Acepto", dije. "Diles que Sofía Romero está lista para su propuesta."

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