El Engaño de un Amor Pasado

El Engaño de un Amor Pasado

Gabbi Galt

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Capítulo

El aire denso y cálido de la Ciudad de México de los 90 se pegaba a mi piel, una sensación extraña incluso después de un año. Me había despertado de vuelta en mi cuerpo de dieciocho, pero con todos los recuerdos de una vida de treinta y cinco, una carrera como ingeniera de software y una muerte prematura. La esperanza se encendió cuando descubrí que Ricardo, mi prometido de toda la vida, el hombre al que moriría amando, también había renacido, mostrando una brillantez antinatural que no tenía en el pasado. Creí que esta vez, finalmente podríamos hacerlo bien, evitar los errores y construir el futuro que perdimos. Pero la realidad golpeó como un mazazo cuando, en un escenario público, Ricardo, el hombre que me prometió amor eterno en su lecho de muerte, se arrodilló frente a otra mujer que apenas conocía, María, la "Reina de Belleza" de la fábrica, y le propuso matrimonio, ignorándome por completo. Su voz resonó con una adoración que nunca me había mostrado: "María, desde que te vi, supe que eras la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Me has hecho un hombre mejor. ¿Quieres casarte conmigo?" El mundo se hizo añicos. Me di cuenta de que su renacimiento no era para mí; era para conseguir a la mujer que siempre quiso y nunca pudo tener. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, pero en mis ojos devastados, una nueva determinación nació. Esta vez, la historia iba a cambiar.

Introducción

El aire denso y cálido de la Ciudad de México de los 90 se pegaba a mi piel, una sensación extraña incluso después de un año. Me había despertado de vuelta en mi cuerpo de dieciocho, pero con todos los recuerdos de una vida de treinta y cinco, una carrera como ingeniera de software y una muerte prematura.

La esperanza se encendió cuando descubrí que Ricardo, mi prometido de toda la vida, el hombre al que moriría amando, también había renacido, mostrando una brillantez antinatural que no tenía en el pasado.

Creí que esta vez, finalmente podríamos hacerlo bien, evitar los errores y construir el futuro que perdimos.

Pero la realidad golpeó como un mazazo cuando, en un escenario público, Ricardo, el hombre que me prometió amor eterno en su lecho de muerte, se arrodilló frente a otra mujer que apenas conocía, María, la "Reina de Belleza" de la fábrica, y le propuso matrimonio, ignorándome por completo.

Su voz resonó con una adoración que nunca me había mostrado: "María, desde que te vi, supe que eras la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Me has hecho un hombre mejor. ¿Quieres casarte conmigo?"

El mundo se hizo añicos. Me di cuenta de que su renacimiento no era para mí; era para conseguir a la mujer que siempre quiso y nunca pudo tener.

Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, pero en mis ojos devastados, una nueva determinación nació. Esta vez, la historia iba a cambiar.

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El aire del hospital se hizo pesado la noche en que el doctor nos dio la noticia: "La insuficiencia renal de Manuel es terminal. Necesita un trasplante". Mi hijo, de apenas seis años, se debatía entre la vida y la muerte. La única esperanza era mi hermano menor, Eduardo. Pero el alivio duró poco. Nos citó a mi padre y a mí: "Claro que lo haré, es mi sobrino. Pero tenemos que hablar de la compensación. Quiero dos casas a mi nombre. Diez millones de pesos en efectivo. Y el veinte por ciento de las acciones de tu empresa". Ante su descarada extorsión, mi respuesta fue firme: "No". Mi esposa, Laura, me miraba con horror. "Ricardo, ¿escuchaste lo que dijo el doctor? ¡Manuel se está muriendo!" Mi padre, David, me condenó: "¡Avaro! ¡No puedo creer que seas mi hijo! ¡Siempre has sido un egoísta sin corazón!". Mi madrastra, Carmen, añadía leña al fuego con falsa preocupación. La escena era un circo, y yo el monstruo. La presión se intensificó. Laura se arrodilló ante Eduardo, suplicando: "Te serviré como una esclava por el resto de mi vida, pero por favor, no dejes que muera". Mi padre me amenazó con desheredarme. Laura, desesperada, me sacudió: "¡Es dinero! ¡Puedes ganar más dinero! ¡Pero no puedes recuperar a Manuel! ¡Es nuestro hijo!". Todos mis seres queridos se unieron en un coro para forzarme. La enfermera me pidió el pago de la diálisis y un depósito. Ante los ojos de todos, arrugué la factura y la dejé caer. "No". La bofetada de Laura resonó en el pasillo, su voz hueca anunciaba el divorcio. Con frialdad, bloqueé el dinero de Laura y le arrebaté su última tarjeta de débito: "Ni un centavo mío se gastará en esto". La multitud me juzgaba, llamándome monstruo desalmado por negarme a pagar y arruinar a mi esposa. La desesperación de Laura llegó a su clímax. Eduardo soltó su bomba: "¿Será que el niño no es tuyo? ¿Quizás por eso no te importa?". Laura, entre lágrimas, se arrodilló ante mí, suplicando piedad. La gente gritaba y un hombre corpulento me sujetó. Pero en medio del caos, Laura logró tomar su tarjeta, pagó, y yo solté la verdad: "Manuel no es mi hijo. Y tampoco es tuyo". El campo de batalla estaba listo.

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La música de mariachi era la banda sonora del día más importante de mi vida: el ochenta cumpleaños de mi abuelo, El Santo de Plata, donde me presentarían como el heredero de los Ramírez, con mi prometida, Sofía, a mi lado. Pero el nudo en mi estómago solo crecía, hasta que Sofía se lanzó a los brazos de Pedro, mi entrenador de boxeo, y lo besó frente a todos: mi familia, la sociedad entera. "¡Tengo que ser honesta! ¡No puedo seguir con esta farsa! ¡Amo a Pedro! ¡Lo amo porque es real! ¡Tiene un alma humilde, algo que todo tu dinero nunca podrá comprar!" Sus palabras me llovieron como latigazos, mientras cientos de ojos me devoraban; algunos con lástima, la mayoría con un morbo insaciable. "No es tu culpa, Diego. Simplemente no eres suficiente para mí. Yo necesito pasión, necesito verdad. No necesito una vida de lujos vacíos. Pedro me ha liberado." La humillación ardía, pero su cinismo me hirvió la sangre. ¿"Alma humilde"? ¿"Amor verdadero"? ¡Qué descaro! Mi abuelo, mi heroico abuelo, rugió como un depredador: "¡Desgraciados! ¡En mi casa! ¡Vienen a deshonrar a mi nieto!" Fue como una sentencia: "¡Te voy a enseñar lo que es un alma humilde cuando te la arranque del cuerpo, pedazo de mierda!" Ellos huyeron, dejándome ahogado en el silencio de los juicios. El jardín se vació, mi abuelo me miró con una frialdad aterradora; no había ira, solo una promesa silenciosa. "No te preocupes, mijo. Esto no se queda así." Y susurró su verdad: "A esa familia le vamos a poner una maldición. El Santo de Plata jura venganza." Y así, en las cenizas de mi orgullo destrozado, nació una sed de retribución que ni el tequila más fuerte podría calmar.

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Yacía en aquella cama de hospital de lujo en la Ciudad de México, mi cuerpo apenas sostenido por tubos, cada aliento una batalla. Frente a mí, los dos hombres por los que lo di todo: Ricardo, mi esposo, el magnate inmobiliario que ayudé a construir desde cero, y Jorge, mi hijo, la luz de mi vida. Pero sus miradas no eran para mí, sino para un fajo de papeles que Ricardo me empujó: un documento para cederlo todo a Camila, la joven ambiciosa que él llamaba su nueva "socia". "Elena, tienes que firmar", dijo Ricardo, su voz helada. Jorge, mi propio hijo, añadió: "Mamá, por favor, solo firma. Camila es una visionaria. Tú… solo fuiste una socia operativa". ¿Socia operativa? Después de sacrificar mi legado, mi sueño, mi vida, para que ellos tuvieran todo. Una risa amarga escapó de mis labios. El monitor cardíaco se volvió loco. Ricardo finalmente me miró, con una brutal sinceridad reservada solo para los moribundos. "Nunca te amé, Elena. Mi matrimonio contigo fue un negocio. A quien siempre amé fue a Camila. Tú solo fuiste el medio para conseguir el fin". El pitido del monitor se hizo continuo. Mi mano cayó inerte. Morí con el corazón destrozado, traicionada hasta el último aliento. Oscuridad. Y luego, un rayo de sol cálido. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi antiguo apartamento de soltera. Mis manos eran jóvenes, firmes. ¡Estaba viva y tenía veinticinco años! De repente, un golpe en la puerta. Abrí y mi corazón se detuvo: era Ricardo, joven y radiante, con un ramo de mis flores favoritas. Y detrás de él, Camila, con su sonrisa tímida y llena de ambición. Recordé la fecha: el día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila entró a nuestras vidas. Mi infierno. "Elena, mi amor", dijo Ricardo, arrodillándose, con la voz llena de miel. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos". En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí. Pero esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios. "No", dije, claro y firme. "No me voy a casar contigo". Ricardo parpadeó, confundido. "Pero", continué, mi voz un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti". Los dejé atónitos en el pasillo, escuchando sus susurros a través de la puerta. "Es sólo un capricho", dijo Camila. "Ella es sólo un escalón... el dinero de su familia es lo que necesitamos". Escalón. No esta vez. Esta vez, yo no sería el escalón. Yo sería el precipicio.

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