El Precio de Amabilidad

El Precio de Amabilidad

Xia Luo Yi

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Capítulo

Mi corazón se encogió al ver el envoltorio de magdalena en la mochila de Máximo, mi hijo de ocho años. Era una pequeña transgresión, pero para mí, la oportunidad perfecta para reafirmar la honestidad. Usando el dinero de la ofrenda de la iglesia, lo llevé a la panadería, convencida de que hacíamos lo correcto, buscando redención. No tenía ni idea de que ese camino nos llevaría directos al infierno. En lugar de disculpas, el dueño, el Sr. Castillo, golpeó brutalmente a mi hijo, destrozando su labio y su inocencia. Luego, me acusaron a gritos de que Máximo llevaba meses robándoles miles de euros, una mentira monstruosa. El terror me invadió cuando arrastraron a mi hijo a la entrada de la tienda, forzándolo a arrodillarse con un cartel que decía "SOY UN LADRÓN", a la vista de todos, forzándolo a confesar una mentira. Mi fe, mi moralidad, mis valores... todo se desmoronó al ver la humillación de mi hijo, la verdad retorcida, la maldad campando a sus anchas. La desesperación se transmutó en una rabia helada y absoluta. El mundo, pensé, no entendía el lenguaje de la bondad. En ese instante, la Lina devota de Dios murió. Y una nueva Lina, una madre dispuesta a todo para proteger a su cría, nació de las cenizas.

Introducción

Mi corazón se encogió al ver el envoltorio de magdalena en la mochila de Máximo, mi hijo de ocho años. Era una pequeña transgresión, pero para mí, la oportunidad perfecta para reafirmar la honestidad. Usando el dinero de la ofrenda de la iglesia, lo llevé a la panadería, convencida de que hacíamos lo correcto, buscando redención. No tenía ni idea de que ese camino nos llevaría directos al infierno.

En lugar de disculpas, el dueño, el Sr. Castillo, golpeó brutalmente a mi hijo, destrozando su labio y su inocencia. Luego, me acusaron a gritos de que Máximo llevaba meses robándoles miles de euros, una mentira monstruosa. El terror me invadió cuando arrastraron a mi hijo a la entrada de la tienda, forzándolo a arrodillarse con un cartel que decía "SOY UN LADRÓN", a la vista de todos, forzándolo a confesar una mentira.

Mi fe, mi moralidad, mis valores... todo se desmoronó al ver la humillación de mi hijo, la verdad retorcida, la maldad campando a sus anchas. La desesperación se transmutó en una rabia helada y absoluta. El mundo, pensé, no entendía el lenguaje de la bondad.

En ese instante, la Lina devota de Dios murió. Y una nueva Lina, una madre dispuesta a todo para proteger a su cría, nació de las cenizas.

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El eco de una llamada vieja resonaba en mi cocina, una voz llena de orgullo: -Mamá, ¡me dieron el proyecto de la mina de San Lorenzo! La misma donde papá… Pero esa voz, la de mi Camila, se cortó, y yo completé en mi mente: "Donde lo secuestraron y lo dieron por muerto." La última vez, sonreí, la abracé. Esa misma noche, el cártel la silenció para siempre. Hoy, mi café seguía caliente, el sol entraba por la misma ventana, el calendario marcaba la misma fecha. No era un recuerdo. Estaba sucediendo otra vez. El horror me paralizó. Mi hija entró a la cocina, radiante con el mismo vestido amarillo. -¡Mamá, tengo noticias increíbles! ¡El proyecto de la mina de San Lorenzo es mío! Ahí estaba. El principio del fin. Intenté advertirle: -No vayas, Camila. Es peligroso. Pero entró mi hermana Elena y su esposo Javier, siempre sin tocar. -¡Felicidades, sobrina! -exclamó Elena, con un destello de triunfo en sus ojos al verme. Sacó su celular. -Deberíamos organizar una cena para celebrar antes de que Cami se vaya a San Lorenzo la próxima semana. Estaban filtrando la información. A propósito. Me lancé, intentando arrebatarle el teléfono. -¿Qué haces? ¿A quién le estás diciendo? Elena me empujó. Javier se interpuso, agarrándome. -Ya cálmate, Sofía. Estás haciendo una escena. Estás asustando a tu hija. Su agarre era doloroso, su mirada fría. Me empujó. Caí. Mi familia, quienes debían protegerla, la estaban entregando. Y yo era la única que lo sabía. El ciclo había comenzado.

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